miércoles, 28 de abril de 2010

LA MESA DE CAMILLA









LA MESA DE CAMILLA
    


        Capital de provincia de la baja Andalucía. Plaza Principal: una reja que llega hasta el suelo de la calle, ventana con postigos de madera y visillos de hilo bordados con calados “Richelieu” y puntillas de ganchillo. Tres mujeres que se sientan en una mesa de camilla que está junto a la ventana y ven la calle a través de los encajes; ninguna cumplirá ya los cincuenta pero no pierden la esperanza, nunca fueron guapas aunque ya no importa, la edad redime a los feos, además son muy finas y saben comportarse en sociedad a las mil maravillas, harían feliz a cualquier marido amante del hogar. Educadas para servir al hombre, tuvieron ocasión de practicar cuidando de su padre que murió a los noventa años, cuando ellas ya eran casi viejas, hasta el final estuvo vigilando para que no se descarriara ninguna de las tres y pasaron su vida mirando por esa reja y pidiendo permiso hasta para comprarse unas medias.

        Solo una de las tres salió de casa para trabajar: el padre creyó que alguna debía hacerse cargo de los gastos cuando él faltara y a la que era más fea la colocó en una oficina cuando ya había cumplido los treinta y gracias a su inteligencia y a su eficacia había conseguido el puesto de secretaria del Secretario Provincial, que era como decir la persona que más influencia tenía sobre toda la oficina, porque en su despacho se administraban las vacaciones, los permisos, los traslados, las adscripciones a los distintos puestos y cualquier reparto que hubiera. Se llamaba Tere, Terita para sus compañeros, y era una referencia imprescindible para la convivencia del personal de la oficina.

        El mantel blanquísimo, la vajilla preciosa, el bizcocho de nata casero exquisito. Las jóvenes compañeras de la hermana trabajadora habían sido invitadas a merendar para que conocieran a su familia. Procedían de otras provincias y había que darles hospitalidad y calor de hogar, así de generosa es aquella gente. Y allí estaban las dos muchachas un poco cohibidas porque  imponían las hermanas de la compañera, con su aspecto de monjas teresianas sentadas en aquella habitación que podía ser de aquel siglo o del anterior, un cuarto de estar en el que se podía haber representado el “Sí de las niñas” perfectamente sin desmarcarse en el tiempo ninguno de los elementos decorativos.

        El tema de conversación que sirvió de detonante para la relajación del ambiente, fue el propio Secretario Provincial: las mayores, haciendo gala de un conocimiento exhaustivo del tema, se sintieron en la obligación de informar a las jóvenes de la trayectoria vital de aquel hombre, contaron que tenía una doble vida, que, además de trabajar en la oficina, era un hombre de la radio, que tenía un programa por la tarde especializado en música de jazz y flamenco, que contaba con  una larga lista de novias por toda la ciudad, que sus aventuras eran conocidas en toda la provincia e incluso en la provincia vecina y su capital. Las jóvenes asentían diciendo que ya les parecía a ellas que tenía mucho desparpajo, que había tenido que ser muy guapo cuando joven (para ellas era mayor porque rondaba los cuarenta). Y así fue transcurriendo la velada alrededor de la mesa de camilla, esmerándose en poner a las jóvenes en antecedentes de la vida y milagros de aquel hombre alto, atractivo y simpático, como si le estuvieran haciendo propaganda. Las muchachas insistían en  que era muy mayor para su punto de vista. Hasta que en un momento determinado, la mayor de las tres hermanas suspiró y, haciendo un gesto con la mano como si se sujetara la barbilla mientras bajaba la cara, que se le caía un poco hacia un lado, exclamó:

        -¡Sí, sí, vosotras lo veréis muy mayor, pero tiene que tener un "pedazo-de-boniato" que para nosotras lo quisiéramos!

        Las carcajadas de las jóvenes dieron pie a las hermanas para soltar un repertorio completo de barbaridades, cada cosa que se les ocurría era más borde que la anterior: las muchachas no paraban de reír con los disparates que decían las tres mayores, y eso parecía jalearlas porque de sus bocas salían todas las sinvergonzonerías habidas y por haber. Su padre debía de estar dando saltos en su tumba viendo el resultado de la estricta educación que él creía haberles dado. ¡Lo que habían aprendido detrás de aquellos visillos mientras el hombre creía que estaban rezando el rosario y qué tontos los hombres, que no habían sabido ver la simpatía y la magia de aquellas mujeres detrás de su aspecto de solteronas! Ellos se lo perdieron.
       

        Alguna de las que entonces era joven puede decir que pasó una de las tardes mas divertidas de su vida, y que por mucho tiempo que pase nunca las olvidará , ni a ellas  ni a su mesa de camilla.

   

viernes, 9 de abril de 2010

FELICIDADES



A todos los hombres decentes que siempre me han rodeado.



Y a mi hermana Julia que tiró a Miguelin a la piscina vestido de soldado de aviación por tontear más de la cuenta.




FELICIDADES



Con la primera raya pasó auténtico miedo, le temblaba la mano y apenas si la hizo en condiciones. Pero estaba harta de que le faltaran el respeto simplemente porque era casi una niña y les resultaba atractiva, estaba segura de que a partir de esa primera raya se sentiría mejor. Después vino la segunda y esa fue más fácil, y todavía mejor la tercera y las siguientes, que fueron muchas, y que se sucedieron sin ningún remordimiento y con mucha soltura. Y empezó a sentirse cada vez mejor disfrutando con las rayitas.


Desde hacía tiempo no soportaba que los hombres le dijeran cosas groseras por la calle, algunos se pasaban con las niñas que empezaban a hacer uso de las libertades que los nuevos tiempos traían. Poco a poco los aires de aquel mes de mayo del país vecino estaban llegando a las tierras del sur y sin que nadie se diera cuenta se iban colando en las casas camuflados entre los rayos de un sol de primavera que entraba por las ventanas y balcones, abiertos de par en par, después de muchos inviernos oscuros y tristes.


Aunque no fue de repente, conforme dejaba atrás la niñez empezó a atropellarla la modernidad, coincidieron en el tiempo ella y los cambios más significativos de la historia de las mujeres. Le tocó romper muchos moldes en la vida, cosas superfluas pensamos ahora, pero cosas que a una niña pueden marcarla para progresar o para regresar, y ella optó por lo primero porque tuvo suerte, tenía un padre al que le encantaban esos avances y un hermano mayor que la convencía de que ella tenía la sartén por el mango, y que, no dependiendo de nadie, podría pisar fuerte en la vida y contrarrestaría la reacción, reacción que después de cuarenta años no ha sido erradicada del país para según qué cosas ¡Peor para ellos! Y también supo, pero mucho más tarde, que de su inteligencia sacó mucha gente más provecho que ella misma y que le abrieron más puertas la melena rubia, los ojos azules y la talla de sujetador, que la propia inteligencia, que más bien le sirvió para tomarse la vida con humor y reírse mucho siempre, incluso otras puertas más difíciles de abrir, se las abrió la sonrisa.


Junto a sus amigas tuvo que soportar con apenas trece años, que la gente le tirara piedras por llevar pantalones en una aldea marinera, cuyo nombre nadie quiere mencionar, porque los otros pueblos lo consideran gafe. Si quieren averigüen, yo no la nombro por si acaso.


Luego fueron aquellas favorecedoras minifaldas y las viejas de la calle que le decían: “Niña que se te ve el culo ¡so sinvergüenza!”. O que el padre de su mejor amiga no la dejara salir con ella porque llevaba esa falda tan corta, la vida demostró que el chungo era él. Y los cigarros que tampoco estaban bien vistos y había quien se creía en la obligación de decirle marrana por fumar, después se comprobó que eso era malo para la salud, pero ellos no iban por ahí precisamente.


Y empezó a hartarse, pero lo mismo que sobrellevaba con cierta condescendencia lo que le decían las mujeres mayores: “¡Pobrecilla, habrá que ver la vida que ha llevado o como la manipula el párroco!”, le daba una rabia tremenda lo que le decían los hombres, los normales no: los guarros, ella, que los consideraba inferiores por tontos y salidos, tenía que pasar vergüenza por las barbaridades con que trataban de piropearla, eso era superior a sus fuerzas aguantadoras. Sabía que no podía contestar en los mismos términos sin que el tío la dejara en ridículo insultándola en público, un hombre no podía permitir que una mujer le faltara el respeto. Tampoco podía agredirlos físicamente, que es lo que le apetecía, porque saldría perdiendo. (No olvidemos que para la gente la culpa la tenía ella por ir tan provocativa). Y no era cuestión de ponerse a la altura de los imbéciles. Por eso desarrolló una habilidad especial para inventar sobre la marcha pequeñas venganzas que la dejaban un poco más tranquila.


Un día que había comprado huevos y los llevaba en un cartucho de papel en la mano, la seguía un pobre soldado que le iba diciendo todas las ordinarieces que sabía ¿de verdad se pensaría que podía ligar así?, fue andando muy deprisa y cuando llegó a la puerta de su casa, sabiendo que estaba a salvo en el portal, le estrelló el paquete de huevos en el uniforme manchándolo a base de bien, ya le daría el cabo su merecido cuando llegara al cuartel. Aunque a ella también le echó una buena regañera su madre por echar a perder una docena de huevos, ese día aprendió que había que hilar más fino, que así no valía.


Como aquella vez que fue a sacar su coche de la cochera y había un hermoso todoterreno aparcado en la puerta, como no podía salir fue a la cafetería que había enfrente y pidió al camarero que preguntara de quien era aquel coche, al momento de un grupo de impresentables salió una voz que dijo: “Es mío para que lo quite vas a tener que ch….”, coreado por las risotadas de sus compañeros. Salió del bar roja como un tomate de vergüenza y de impotencia, se fue a su casa y canceló lo que tenía que hacer aquella tarde. Al rato cogió a su perro y lo sacó a pasear con su correa por el parque cercano, con alegría vio que el coche seguía allí en la puerta de la cochera tapando el paso. Con su bolsa en la mano instaba al perrito a que hiciera lo que tenía que hacer, que para eso había salido. Cuando el perro soltó el subproducto, ella con mucho cuidado lo recogió con su bolsa de plástico y fue al coche la abrió y con mucho empeño impregnó bien con el contenido las manivelas de las puertas, la del conductor y la otra, así como la cerradura, y se subió para su casa. Solo con el sueño de la noche cesó la risa.


Por eso aquella mañana que había entrado en la Caja de Ahorros, tan arreglada y tan guapa, se le cayó el mundo al suelo cuando un hombre vino y se puso delante de ella en la cola y ante la educada reclamación que hizo el tío contestó dando grandes voces mientras la insultaba, que él estaba antes, pero que estaba hablando en la puerta y que eso era lo que había, esta vez el público le dio la razón a ella, pero les dijo que no importaba que el señor tendría prisa, que no pasaba nada. Metió la mano en su bolso y sacó un rotulador negro y gordo que llevaba, con mucho disimulo y cuidado, usando la cazadora de ante que llevaba el hombre de pizarra comenzó a pintar rayas como si fuera un gran código de barras: "Con la primera pasó miedo, la segunda fue más fácil y todavía mejor la tercera y las siguientes, que fueron muchas, y que se sucedieron sin ningún remordimiento y con mucha soltura". Y empezó a sentirse cada vez mejor disfrutando con las rayitas, pensando en las voces que le iba a dar su mujer a él cuando viera el impacto de las pinturas en la chaqueta, se pasó riendo todo el día, tanto que por un momento temió hacerse adicta a las rayas de rotulador.


jueves, 25 de febrero de 2010

LA JUBILACION





El revuelo que se ha formado con la propuesta del Gobierno en materia de jubilación ha sido mayor que el que se formó cuando se aprobó el Estatuto Marco del personal sanitario de los Servicios Públicos de Salud. En ambos casos ha habido una amplía contestación en contra por parte de los futuros afectados, esto a pesar de que las propuestas de cada uno de ellos son totalmente opuestas: si en el primer caso se propone el retraso de la edad de jubilación hasta los 67 años, en el segundo se decretó la obligatoriedad de jubilarse a los 65 años una vez alcanzados los 35 años de cotización. Ni en un caso ni en el otro el personal ha quedado contento, ni unos quieren esperar dos años más, ni la mayoría de los otros quieren irse tan pronto, lo que lleva a la comprensión de que se trata de una materia tan compleja que es necesario hacer un auténtico ejercicio de reflexión para acometer cualquier cambio en la normativa que nos ocupa, sobre todo si se quiere seguir con la línea de perfeccionamiento que siempre ha tenido la legislación española en materia de prestaciones laborales y sociales desde su nacimiento. Y esa, y no otra, es la línea que se debe seguir para no dar ni un solo paso atrás, lo que sería incomprensible e imperdonable a estas alturas.

Del análisis de los dos extremos expuestos en el párrafo anterior, se puede sacar la conclusión de que cada colectivo tiene expectativas distintas, si un profesional de la medicina a los 65 años se encuentra en la cima de su carrera y le quedan aún varios años para desarrollar su trabajo en óptimas condiciones, lo cual beneficia más a la sociedad que a él mismo, y si es lo que él quiere lo lógico es que siga trabajando cuanto menos hasta los 70 años, y de paso hace un doble servicio a la sociedad porque aporta mayores cotizaciones a la Seguridad Social y por más tiempo, mientras sus pacientes se benefician de su experiencia y de su sabiduría. Eso sin contar con la labor docente que puede hacer con sus compañeros más jóvenes. ¿Por qué obligarlos a jubilarse a los 65 años entonces? Esta fue una medida que, sin duda, se tomó por razones presupuestarias y no de verdadero sentido de servicio público. Y que por tanto habría que reconsiderar.

Estos mismos planteamientos se pueden aplicar a otras profesiones en las que precisamente la experiencia es un valor en si misma, como los profesionales de cualquier ciencia que se dediquen a la investigación o a la docencia, especialistas financieros, economistas o funcionarios pertenecientes a colectivos cuyos estatutos o convenios no contemplan la obligatoriedad de la jubilación a una edad determinada, o establecen como tope los 70 años, dejando a la libre voluntad del trabajador el fin de su vida laboral.

El único obstáculo que suele cruzarse en este camino es el propio cansancio que la edad presenta, por lo que una de las mejores opciones sería la jubilación gradual y flexible entre los 65 y los 70 años, pudiendo así adaptarse el trabajador al nuevo estado compartiendo trabajo y pensión en los porcentajes proporcionales de tiempo y cuantía que se establecieran.

Otra opción posible sería aquella en la que una vez alcanzados los 35 años de cotización y cumplidos los 60 años de edad se pudiese jubilar parcialmente el trabajador accediendo a la jubilación plena obligatoriamente a los 70 años o voluntariamente a partir de los 65 años.

De las dos formas expuestas se conseguiría alargar la vida laboral activa, con la reducción elegida, y se compensaría el gasto de la pensión con la obtención de más cotizaciones, a la vez que se ofrecería la posibilidad de descansar a aquellas personas que han contribuido sobradamente al mantenimiento de un sistema de Seguridad Social muy bien pensado y que ha aportado gracias a empresarios y trabajadores una confianza en el futuro y un bienestar social que en la historia de este país nunca se había conocido.

No sería difícil llegar a los acuerdos necesarios con las fuerzas sociales y en el marco indispensable de Pacto de Toledo para modificar algunos aspectos de la Ley 35/2002, de 12 de julio, de Medidas Para la Consecución de un Sistema de Jubilación Gradual y Flexible, como puede ser suprimir la exoneración del pago de cuotas de los trabajadores que continúen trabajando después de los 65 años, eliminando este precepto se podría compensar parte del gasto como ha quedado expuesto anteriormente.

En el ámbito de la mencionada ley 35/2002, se podrían desarrollar nuevas formulas, que contemplando la compensación de gastos y partiendo de la exigencia de los 35 años de cotización se planteara la posibilidad de alargar la vida activa en los colectivos apropiados y para los trabajadores que voluntariamente lo decidieran.

Por el contrario se debería de rebajar la edad de jubilación para aquellos sectores cuyos trabajos son de naturaleza penosa con altos índices de siniestralidad laboral, en los que las condiciones de trabajo para el desarrollo de la actividad requieren un estado físico óptimo, que lógicamente una persona de más de 60 años no tiene. Por supuesto tratando de encontrar fuentes añadidas de financiación. Pero este tema merece un capitulo aparte y lo debemos dejar para que otros aporten ideas, de forma que entre unos y otros consigamos mantener un sistema justo de previsión social, en el que tengan cabida tantas peculiaridades como la misma sociedad tiene.

Continuaremos analizando posibilidades porque el asunto requiere un esfuerzo.

jueves, 11 de febrero de 2010

LOS SIMBOLOS




A mi hermano Juan.








A los que alguna vez los vieron pasar por las calles del centro, en los alrededores del mercado de San Agustín, no les costará mucho recordarlos aunque hayan pasado más de treinta años, será suficiente con que yo les facilite un detalle de su indumentaria y por muy mala memoria que tengan se acordaran de ellos. Pero vamos a ir despacio; ellos hubieran merecido que un buen pintor los inmortalizara colocándoles en el centro de su obra maestra. Como no hay constancia de que eso sucediera y antes de que la memoria se canse de traer sucesos y personajes de otro tiempo, quiero reproducir su imagen para ilustrar de la mejor forma posible esta historia que, aunque aderezada con elementos peligrosos, nunca pasó de ser una sucesión de anécdotas divertidas.
Como ya no eran jóvenes andaban despacio, él siempre iba unos pasos por delante y en la mano llevaba un bastón que no necesitaba para andar: era un símbolo. Ella llevaba un cesto colgado de su brazo que llenaba de hortalizas y frutas que adornaban su figura como si fueran flores, también su cesto era un símbolo. El hombre todavía conservaba los rasgos que le adornaron en la juventud, piel morena, nariz aguileña pero fina, cejas definidas en triangulo, la barbilla partida y los labios bien dibujados y delgados; aún tenia el pelo negro, excepto el de las patillas que lo tenía gris y rizado, conservaba una figura elegante, la belleza de su raza se había conjugado en su persona. Ella no era guapa, tuvo que ser atractiva en sus años jóvenes, pero no conservaba ningún rasgo destacable, ellas con su pelo rizado y sus ojos negros y grandes suelen ser vistosas en la juventud pero la vejez no las trata bien, pronto se destrozan pariendo niños y llevándolos de un lado para otro en brazos. Aunque el hábito no hace al monje si sirve para definirlo, eso es lo que ocurría  con el atuendo de esta pareja: los definía.
Llevaba el protagonista de nuestra historia un pantalón de pana de color pana, chaqueta de paño negro igual que el chaleco, de cuyo primer ojal salía una  cadena de oro que sujetaba un reloj que guardaba en un bolsillo pequeño, en el mismo en que solía meter dos dedos de la mano izquierda cuando caminaba como si colgara la mano para descansar, calzaba botas con tacón cubano y un sombrero cordobés de ala ancha también de color negro con una cinta marrón que sujetaba una enorme pluma de gallo de tonos vistosos, sin duda la pluma de la cola del gallo más bonito  de los que cantaban al amanecer en los alrededores. Aquella pluma le otorgaba una singularidad que no hubiera conseguido por mucho que llevara bastón, tacón y reloj de oro de bolsillo, y es el elemento fundamental que lo sitúa en la memoria de los que alguna vez se cruzaron en su camino.
No estaría completo el retrato sin ella, y con toda seguridad podemos decir que él no estaba completo sin ella, daban la impresión de ser una pareja de verdad, lo que no tenía el uno lo tenía el otro, si él derrochaba autoridad y presencia, ella humildad y prudencia; si él miraba con seriedad, ella sonreía a todo el mundo, si él llevaba en la cabeza sombrero y pluma, ella llevaba un clavel tieso pinchado en el moño y una peineta clavada en el pelo tirante. Porque esto no es una competición de señas de identidad, pero si lo fuera ella podía ganar en tipismo, aunque él se llevaría el premio a la originalidad por lo de la pluma. A la mujer no le faltaba ni un solo detalle: Falda de volantes, delantal, cesta, pendientes largos, moño, mantón, clavel y peineta. Y andaba siempre unos pasos por detrás de él, eso que no se nos olvide.
Pero a pesar de todo lo explicado cabe una duda: ¿Quién mandaba? a todas luces se veía que él era el patriarca, el que velaba por el cumplimiento de las normas ancestrales, a quién tenían que rendir cuentas todos los miembros del grupo y el que impartía justicia. Pero en su casa: ¿Sabemos a ciencia cierta quien mandaba en su casa? Pues no. No lo sabemos y vamos a tener que analizar algunos hechos que ocurrieron       para averiguarlo.
Aunque casi todos los habíamos visto por la calle nunca hubiéramos imaginado tenerlos allí en la oficina, por eso cuando entraron aquella mañana las miradas de los que allí nos encontrábamos no pudieron apartarse de ellos ni un momento, no les hacía falta un nombre ni un carnet de identidad, eran únicos, ya estaban totalmente definidos, calificados e identificados. Venían a solicitar el subsidio por invalidez provisional para el hombre, los atendió la compañera que llevaba esa prestación y cuando salieron por la puerta todos nos arremolinamos a su alrededor y  nos informó cumplidamente saciando nuestra curiosidad: El hombre era tratante de ganado y había sufrido un infarto, había terminado el tiempo previsto para la baja y los médicos le aconsejaban no trabajar más y venía a ver que tenía que hacer, ella le había rellenado la solicitud y había iniciado el trámite, lo único que le había resultado extraño es que cuando le preguntó a él que por donde quería cobrar, la que había contestado había sido ella: “Por la Caja de Ahorros”, había dicho la señora.
El expediente se resolvió sin incidencias y se ordenó el pago en pocos días. Pasados un par de meses se presentó un día el hombre solo, nos resultó raro verlo sin la compañía de su mujer, se dirigió a la funcionaria que lo atendió la otra vez y muy respetuoso le dijo que no quería cobrar más por la Caja de Ahorros que si se lo podían cambiar a la Caja Rural, ella le facilitó un impreso de cambio de entidad pagadora que él firmó y se fue tan contento. Se cambió la orden n nnn ,   y a fin de mes ya estaba el pago donde él quería.
En los primeros días del mes siguiente aparecieron los dos por la oficina, nos extrañó verlos otra vez, pero allí estaban: ella con las acelgas saliendo del cesto por un lado y él con sus dos dedos en el bolsillo del chaleco, ¿A que venia tanta visita? ¿Se habría convertido en costumbre, o es que creían que era obligatorio venir para poder cobrar?, la compañera inocentemente les dijo que no hacía falta que vinieran, que la paga iba a ir todos los meses sin problemas. Esta vez fue la mujer la que se adelantó diciendo: “Señorita como no vamos a venir si no nos quieren pagar en la Caja de Ahorros”. Al oír eso el hombre se puso muy serio, debió de recordar que había sido él mismo el que lo había cambiado y se le había olvidado completamente. Con la punta del bastón le dio un golpecito en el hombro a la mujer y sin hablar, con un simple movimiento de cabeza, le indicó la salida, mientras se dirigía hacia la puerta. Él no quería seguir allí, sin duda no deseaba que la mujer supiera porqué se había producido el cambio, pero la funcionaria diligente se apresuró a explicarle: “Es que vino su marido y nos dijo que quería cobrar en la Caja Rural”. La señora lo comprendió todo y aprovechando que él no la oía dijo muy bajo: “Para ir a cobrar solo y no darme nada para la casa, para eso lo hizo, pero como estaría borracho cuando vino, se le ha olvidado”. No contenta con la explicación, conforme se iba, volvía la cara mirando al tendido y hacía un gesto con la cabeza levantando las cejas mientras se señalaba la boca con el dedo pulgar moviendo la mano de atrás hacia adelante con mucho ritmo, simulando beber de una bota.
Y no se acabó la historia, aún habría más visitas. Pasó aquel mes y en los primeros días del siguiente volvió el hombre solo, más serio, si cabe, que las veces anteriores, se acercó a la funcionaria y le dijo: “Quiero que me pongan la paga en la Caja Postal”. Ella cansada ya de tanto cambio le dijo que no podía ser, que ya se le habían hecho dos cambios y que no se podía estar todos los meses cambiando de un banco a otro. No le gustó al hombre nada aquello y echando el cuerpo hacia atrás y balanceándose de un lado a otro se abrió la chaqueta para mostrarnos lo que llevaba enganchado en el cinturón, que no era otra cosa que una pistola negra y grande que nos dejó a todos estupefactos, a la vez que comprendimos que el lenguaje de las armas es realmente eficaz; como nos demostró la compañera que, después de respirar hondo sacó los impresos,los rellenó, le pidió que los firmara y se despidió de él amablemente mientras le decía que al mes siguiente cobraría en la Caja Postal o donde él quisiera ¡faltaría más!
La visita siguiente le tocaba venir con la mujer y así lo hizo, tenían que enterarse donde estaba el dinero, pero esta fue la última vez, de alguna manera aquella señora le hizo entrar en razón, o quizás él comprendió que era inútil tratar de despistarla porque al final, como se le olvidaba lo que hacía, se veía obligado a ir a cobrar con ella y con todo su golpe de autoridad rodando por los suelos.

jueves, 28 de enero de 2010

El Fantasma de la Orden









EL FANTASMA DE LA ORDEN





        Yo tuve la suerte de vivir tres años en Huelva. Fue mi primer destino laboral. Llegué muy joven y sin conocer a nadie, lo que no fue un problema porque aquella gente me acogió con su generosidad y su simpatía como si me conocieran de toda la vida y muy pronto pasé a ser "choquera" por adopción. Aprendí muchas cosas allí que han influido en mi trayectoria; incluso ahora, que han pasado tantos años, observo que hay características de mi forma de ser que no las traigo desde mi nacimiento, ni tampoco las vi en mi familia, son facetas de mi conducta asumidas como propias y que en realidad fueron copiadas de aquellas buenas personas. Tengo una deuda de gratitud con el destino que me llevó a esa tierra que nunca podré olvidar por la influencia que ese tiempo tuvo en mí y porque los buenos amigos que dejé se encargan de que eso no ocurra, manteniendo intactos el afecto y la amistad, y eso que hace más de treinta años que los dejé.  Su extraordinario sentido de la hospitalidad me ha marcado para siempre.

        Fue un gran comienzo de vida laboral, aterricé en mi futuro con buen pie: en aquella oficina conocí lo que significa el compañerismo, el buen ambiente de trabajo, la tolerancia, la generosidad y las risas, supe mucho de risas. Raro era el día que en el trabajo o en la calle no pasaba algo digno de mención, y raro era el día que a alguien no se le ocurría una frase o una broma que se quedaba en mi memoria y me servía para divertir a mi gente cuando volvía a casa a pasar un fin de semana cada quince días. Tuve la oportunidad de ver de cerca el milagro de un pueblo que convierte acontecimientos cotidianos en sucesos divertidos dignos del mejor de los sainetes. 

        Para honrar a esas gentes que tanto me dieron voy a contar algunas historias que viví o conocí en el tiempo que estuve entre ellas. Y ninguna mejor para empezar la serie que la de aquel fantasma que una noche de invierno hizo su aparición en forma de extraños ruidos que asustaron al vecindario y dispararon los resortes de la imaginación popular.

        Al noroeste de la ciudad de Huelva, separado del centro por el Cabezo del Conquero, está el barrio de La Orden, un barrio planificado en los años sesenta para expansión de la ciudad, que dio cobijo a numerosos trabajadores que llegaron a la capital para ocupar los puestos de trabajo creados por las grandes fábricas de industrias químicas que, con motivo de la implantación del polo de desarrollo, se instalaron en la periferia. Esta afluencia dio lugar al mayor crecimiento que la ciudad ha conocido, contribuyendo a su transformación en la capital de la provincia próspera y emprendedora que es actualmente.

        En este barrio, hacia 1975, en un edifico de nueva construcción, una torre de diez plantas con cuatro pisos por planta, recién ocupadas las viviendas por las cuarenta familias correspondientes, ocurrieron unos hechos que conmocionaron la vida ciudadana, aunque la verdad de lo ocurrido solo la supieron los protagonistas, voy a contar lo que quedó en la memoria de la gente después de refundir las distintas versiones que corrieron por las calles.

        Sobre las tres de la madrugada de una húmeda y fría noche de invierno, unos sonidos extraños despertaron al vecindario, unos golpes acompasados que parecían seguir un código raro, con pretensiones de mensaje en alfabeto Morse o algo así: uno, uno dos, uno, uno dos… Sin parar durante un buen rato.

         Hubo reacciones de toda índole: el marido que le dijo a su mujer que cómo se le podía ocurrir a la gente colgar los cuadros a esas horas, o aquel que se quejaba de la clase de vecinos tan maleducados con los que tenía que convivir en adelante, o la señora que con preocupación decía a su esposo que algo malo tenía que pasarle a algún vecino porque no era normal hacer ese ruido a esas horas, pero a ninguno se le ocurrió que se tratara de algo sobrenatural, ni mucho menos, hasta ahí no llegó nadie por el momento. Además, no sabían que ese ruido se había oído en todos los pisos sin excepción, para ellos era cosa cercana, de los pisos que tenían al lado, encima o debajo, pero no se les podía pasar por la imaginación que los sonidos alcanzaron a todo el edificio.

        Como todos eran nuevos y no se conocían todavía, por la mañana ni los que coincidieron en los ascensores, ni los que se cruzaron por la escalera o en el portal, hicieron comentario alguno. A esas horas ya se les había olvidado el enfado que habían cogido tan solo unas horas antes. Sin duda, en la mayoría de las casas se comentó el asunto en algún momento del día, pero sin darle más importancia que la que tiene no haber descansado lo suficiente. Excepto algún vecino que contó de pasada que se habían oído ruidos por la noche en la tienda del barrio mientras compraba el pan o los yogures, nadie hizo especial mención del suceso fuera de la familia.
       
        Por la noche ninguno se acordaba ya del suceso. Se fueron a dormir unos más tarde y otros más temprano, cada cual según su costumbre, hasta que el sueño reparador se adueñó del edificio. Pero la paz no duró mucho pues, más o menos a la misma hora que la noche anterior, sonó el primer golpe y sucesiva y rítmicamente los demás: uno, uno dos, uno, uno dos… Esta vez sí se despertó el miedo junto con la gente, y poco a poco hicieron lo que no se les ocurrió la noche anterior: salieron al rellano de la escalera, dispuestos a averiguar de qué piso venían los ruidos.

         Ahí empezaron a conocerse los vecinos, esa fue su presentación. Causó sorpresa general el descubrimiento de que los golpes se habían oído en todas las plantas sin excepción. Tras los comentarios iniciales y cuando cada uno expresó sus sensaciones y ya que habían cesado los ruidos, los vecinos se fueron poco a poco a sus casas a descansar. Algo de tranquilidad les había dado sentirse arropados por el grupo.

        Al día siguiente sí hubo comentarios en el ascensor y en el portal entre los vecinos, y a través de la tienda del pan y del kiosco de prensa se fue difundiendo el suceso por todo el barrio. Pero aún no se había creado auténtica alarma, nadie se imaginaba que aquello no había hecho más que empezar.

        Llegó la tercera noche y volvieron los golpes, esta vez los vecinos salieron directamente a la calle, la cosa se estaba pasando. ¿Quién podía ser capaz de seguir con una broma que estaba indignando demasiado a un vecindario que en adelante iba a ser el suyo? Y si estaban todos en la calle asustados, ¿quién daba los golpes? ¿Estaban todos de verdad? ¿Serían ruidos del Otro Mundo?

         El fantasma de los fantasmas empezó a planear por las cabezas. Volvieron a sus casas con mucho más miedo que la noche anterior y al día siguiente se pusieron los hechos en conocimiento de la policía.

        Imparable, la noticia llegó a todos los rincones y, pronto, se empezaron a recordar las antiguas leyendas que se habían forjado a lo largo de los siglos.

        El laberinto de caños y marismas que rodea la ciudad es el escenario ideal para las historias de piratas apresados con el engaño de un barco varado pintado de monstruo marino; de náufragos agarrados a los restos de una embarcación, en una noche de tormenta, que resultan ser un nazareno con su cruz que obra milagros; de túneles que cruzan la ciudad por debajo de los cabezos, seguramente el recuerdo secular de un acueducto construido en la zona por los romanos; y de leyendas de fantasmas de niñas, de monjas, de monjes, de marineros y de todas las formas y procedencias, como en todos los pueblos del mundo.

        Increíblemente las noches siguientes volvieron a sonar los golpes y por unos días el Fantasma de la Orden protagonizó la vida ciudadana. Los vecinos, cansados, salían a la calle a media noche, la policía seguía sus investigaciones y observaba la conducta de todos ellos cuando se producía el fenómeno nocturno, y así fueron descartando a unos y otros, hasta que una noche la policía hizo salir a todos los que no eran sospechosos antes de empezar los sonidos.

         Camuflados, habían ido analizando, planta por planta, si salían todos los habitantes de los cuatro pisos de cada planta y cuándo lo hacían, hasta que descubrieron que una muchacha salía siempre la última y cuando lo hacía ya no se oía nada más. Fue fácil: mandaron a la calle a los vecinos de los otros tres pisos y a ella la pillaron con las manos en la masa mientras golpeaba la pared que había al lado de su cama, la casualidad había querido que por dentro de aquella pared corrieran los tubos de la calefacción y, a través de ellos, llegara el sonido a todas las viviendas del edificio.

        Era una joven que vivía con sus padres. En el interrogatorio declaró que lo que había empezado como una broma inocente se le había ido de las manos y que no había sabido cómo parar. Muy arrepentida contó que el primer día que ocuparon su vivienda vio cómo llegaba un camión de mudanzas y con él nuevos vecinos, se asomó a la escalera y vio que iban a ocupar el piso que quedaba justo debajo del suyo, pero su sorpresa fue superior cuando comprobó que los vecinos de abajo eran la familia de un novio que tuvo y que la había dejado por otra. Pensó que si para vengarse le daba un sustillo no se iba a enterar nadie, pero no contaba con la capacidad difusora de los tubos de la calefacción.

         No fue conocida la pena que se le impuso, pero las consecuencias de la gamberrada marcaron al edificio por un tiempo. Pronto en los bajos comerciales surgieron los negocios: el más significativo fue aquel bar al que pusieron por nombre “El Fantasma de la Orden”, y que servía los exquisitos productos gastronómicos de la provincia de Huelva, tales como los “Fantasmas en escabeche”, o los “Fantasmitas fritos”, “Menudillo de Fantasma”, “Fantasma plancha”, “Fantasma Alioli”, ”Fantasma en Amarillo”, “Rebujito de Fantasmas”…

Hasta aquí llega mi historia del Fantasma de la Orden, siento no haber podido incluir un final más impactante, como correspondería a una historia de almas errantes y perdidas en el espacio y en el tiempo, esperando ser liberadas de sus penas; pero es que el suceso  tuvo ese final y no otro. Aunque, teniendo en cuenta que he contado la versión que mi memoria ha conservado tras el paso de treinta y tantos años, y que la conocí a través de las distintas versiones que aquellos días corrieron por las calles, es posible que lo contado difiera un poco de lo realmente sucedido pero, ¿no es eso lo que ocurre con todas las leyendas?

        En cualquier caso, creo haber cumplido mi doble objetivo de entretener un poco a los lectores y rendir mi particular homenaje a ese pueblo generoso que tan bien me ha tratado.

martes, 12 de enero de 2010

LAS LUCES


    Entre el público que venía a resolver asuntos a la Seguridad Social en los años setenta, era frecuente encontrar mujeres que no sabían leer y escribir. No ocurría lo mismo con los hombres, no porque hubieran ido a la escuela, que tampoco habían ido, sino porque en la "Mili" enseñaban a los que no sabían, seguramente era lo único bueno que sacaban del Servicio Militar. Normalmente, si había alguno que era analfabeto no lo declaraba, solían ser las mujeres las que se acercaban a nosotros para resolver los problemas, ellos, simplemente, se quedaban atrás.

        No por ser frecuente, dejaba de ser doloroso ver a una mujer humillada ponerse en tus manos diciendo: "Señorita me da mucha vergüenza decirlo, pero es que yo no sé leer", eso lo decían cuando no había más remedio porque tenían que firmar o rellenar algún papel en nuestra presencia, antes habían recurrido a parientes y vecinos que le hacían el favor de cumplimentar los documentos, eso si tenían suerte, porque también había desaprensivos que les cobraban un dineral por hacerlo y que aprovechaban la coyuntura para complicar las cosas y conseguir más correspondencia y por tanto más negocio. A pesar de haber desarrollado suficientes habilidades para conducir situaciones difíciles a fuerza de atender a tanta gente con tantos problemas, nunca pude acostumbrarme a semejante injusticia: ¡qué tuviera que avergonzarse la víctima de ser víctima!, el mero hecho de que la mujer pidiera perdón por no saber firmar me producía un desasosiego que hasta me hacía tartamudear, a base de oficio encontré la frase exacta que expresaba lo que sentía y siempre les decía lo mismo: "No, señora, a usted no tiene que darle vergüenza , a los que nos tiene que dar vergüenza de haberlo permitido es a todos los demás", no sé si entendían lo que yo quería expresar, pero sentía que las tranquilizaba, y sobre todo agradecían que les escribiera lo que ellas no sabían, aunque para firmar no tuviera más remedio que sacar el tampón de tinta azul e invitarlas a firmar con el dedo, eso sí, procuraba que pasaran a mi mesa para que lo hicieran sin que las viera el resto del público que por allí rondaba. He de decir que la mayoría de mis compañeros actuaba de la misma forrma. 

        Afortunadamente, a partir de la creación del Instituto Nacional de Servicios Sociales, se pusieron en marcha múltiples planes de atención a los más desfavorecidos, entre los que estaban las personas mayores, se fundaron Hogares del Pensionista en todos los pueblos y en los barrios de las ciudades y en colaboración con los servicios sociales de los ayuntamientos, se impulsaron campañas de educación de adultos, creando Escuelas de Mayores donde muchas personas han podido cumplir su sueño de aprender, dejando atrás un complejo que les venía pesando toda la vida. Yo he conocido a muchas de ellas y me consta que eso les ha cambiado la vida. Entre todas, hay una que merece que yo escriba lo que ocurrió para que a partir de una confusión de términos y de unas risas consiguiera lo que quería, demostrando de paso ser una persona agradecida.

    Se presentó la mujer para solicitar una prestación y traía su formulario cumplimentado y la documentación necesaria en regla, alguna persona le había preparado los documentos y le había rellenado los cuestionarios, me dí cuenta que lo había hecho con letra redonda y clara propia de una persona joven. Pero faltaba una certificación que tenían que expedir en otra entidad, como traía todo tan bien preparado pensé que se podría resolver el expediente con rapidez, la oficina no estaba lejos y le recomendé que se acercara a por el papel que faltaba. Pero en contra de lo esperado la mujer empezó a dar excusas para no ir: "que era de un pueblo”,"que no le daba tiempo", "que podía perder el autobús"... A veces, las personas le dan a una cosa sencilla una dimensión exagerada y, generalmente, la reacción obedece a algo que les preocupa, porque para ellas es irresoluble. Como la vi tan nerviosa, quise ayudarla y llamé a la otra entidad para intentar que mandaran el documento por correo, me dijeron que no había inconveniente, pero que había que enviar un escrito de solicitud firmado por ella. Le conté el resultado de mi gestión muy satisfecha, pensando que se pondría contenta, pero apareció el verdadero problema, el de siempre, el que yo más odiaba: "Señorita es que yo no se escribir". No me dio tiempo a decir nada, con cara de súplica me cogió las manos y me dijo: "¡Señorita a ver si usted con sus “cortas luces” me lo puede hacer!". Mientras le hacía el escrito que necesitaba, no podía contener la risa pensando en que la pobre mujer me hacía la pelota al revés. Me preguntó que si me reía de ella y le dije que no, que había dicho una frase que me había hecho gracia pero nada más. Me contó la mujer que lo pasaba mal por no saber leer, que el resto de la documentación se la había escrito su vecina que era joven. Aproveché la ocasión para decirle que en su pueblo había una escuela para enseñar a leer a las personas mayores, que se informara en el Hogar del Pensionista si le interesaba.

    Bastante tiempo después, vino por la oficina la trabajadora social del pueblo de aquella mujer. Me buscó y me dio un sobre que mandaba la señora para mi, contenía una tarjeta de esas que se venden para los cumpleaños en la que había escrito con letra de principiante una misiva que decía: "Para que sepa que he aprendido y para darle las gracias”, y firmaba con su nombre y sus dos apellidos.

viernes, 1 de enero de 2010

Del blog de Juan, Feliz Año Nuevo

Feliz Año Nuevo para todos.
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El concierto de Año Nuevo, el ballet de la Ópera de Viena con sus bailarines vestidos por Valentino, el olor a café y tostadas que empieza a dar paso al aroma de caldo de pollo que se esta haciendo a fuego lento en la cocina, el perfume de Nina Ricci del ama de casa, la casa limpia y ordenada, la mesa de camilla calentita y sobre todo la imposibilidad de ir a ninguna parte porque todo está cerrado, están haciendo que este primer día de año sea un día realmente extraordinario. Muchas gracias y feliz Año Nuevo. Coco

sábado, 12 de diciembre de 2009

El Apache





EL APACHE


  Desde que entró por la puerta nos llamó la atención su aspecto, pero me equivoqué al otorgarle el calificativo de "Apache", no lo era y, sin embargo, siempre que nos hemos referido a él lo hemos hecho con ese nombre. Tratando de subsanar el error, escribo este relato para poder nombrar en adelante a nuestro protagonista con la propiedad que se merece, al mismo tiempo que comparto una historia singular con las personas que amablemente dediquen un poco de tiempo a leerlo.

  Era un hombre de pequeña estatura y muy delgado, con el pelo negro, brillante, peinado con la raya al lado y un pequeño "tupé" muy trabajado en la frente. En su cara, muy blanca, destacaban unas patillas finas y largas que hacían un dibujo tan elaborado como el símbolo de la Libra Esterlina; y no eran los únicos adornos capilares que tenía en la cara, estaban acompañadas por un bigote a lo Clark Gable y unas cejas arqueadas y bien perfiladas.

  Muy limpio y con olor a perfume, su extravagante indumentaria lo trasladaba a otra época que en aquel momento no supimos definir. Su pantalón estrecho y negro le llegaba justo al filo de unos botines de punta fina que se cerraban en el tobillo con una hebilla plateada, (no es necesario decir que brillaban como espejos). Se abrigaba con un gabán entallado y corto con dibujo de pata de gallo en blanco y negro, cada pata de gallo era de tamaño natural, es decir, eran tan grandes como las huellas que un pollo deja en el barro del corral. Culminaba su atuendo con un gracioso pañuelito rojo atado al cuello. Más adelante llegamos a la conclusión de que parecía escapado de un cartel de Toulouse Lautrec, asignándole con ello un lugar en el tiempo, pero no era ese tiempo el suyo y seguía sin ser un "Apache", aunque nosotros lo llamáramos así.

  La confusión surgía de nuestra propia ignorancia. Él era atípico, y nosotros conocíamos algo de aquellos golfos de los arrabales parisinos que, a principios del siglo XX,  habían hecho famosos los periodistas al publicar sus fechorías en los periódicos, adornando los artículos con dibujos o fotografías en los que aparecían unos jóvenes con un pañuelo rojo al cuello y con los zapatos muy limpios, apostados en las esquinas esperando a los transeúntes para robarles, o formando tumultuosas peleas entre ellos. Esos eran Los Apaches y no nuestro hombre: injustamente lo habíamos etiquetado en función de su atuendo y eso es algo que normalmente induce a errores.

  El hombre, educado y respetuoso, se dirigió a mi con un "Señoguita pog favog", por lo que deduje que era francés, demasiadas coincidencias para no equivocarse. Pero cuando comenzó a contarnos su problema se fueron aclarando las cosas; en su pasaporte estaba escrito que había nacido en Tarragona; que había viajado mucho se podía comprobar por la cantidad de sellos que tenía el documento. Se daba la circunstancia de que tenia frenillo y una mezcla de acentos que imposibilitaba la identificación de su procedencia a través del lenguaje.

  También mostró un carné de identidad más que caducado, en el que figuraba la palabra “Artista” en el lugar reservado para la profesión del titular. Para calmar mi curiosidad no tuve más remedio que preguntarle que en qué consistía su actividad artística, a lo que me respondió con mucha seriedad que era “tanguero”. De ahí venía todo, del oficio. Lo habíamos relacionado con las portadas de los discos de tangos de la Voz de su Amo y con los carteles que aparecían en las colecciones encuadernadas de la antigua revista “Blanco y Negro” que había en nuestras casas, en las que aparecían imágenes de los cantantes ataviados con el mismo estilo que nuestro cliente.

  Era cantante y bailarín de tangos. En los primeros años de la década de 1910 habían vuelto a Argentina y Uruguay, procedentes de París, los emigrantes que no habían tenido suerte en Europa y con ellos llegaba también una tropa de golfos y hampones que trajeron el estilo “apache” a los barrios bajos de Buenos Aires y Montevideo, y rápidamente, igual que había pasado en Francia, los periódicos comenzaron a contar sus aventuras. Pronto se puso de moda lo que se llamó el “Tango Apache”, y grupos de cantantes, como los “Apaches Uruguayos” o los “Apaches Argentinos”, llegaron a las más altas cotas de popularidad. Cincuenta años después nuestro amigo cultivaba precisamente ese estilo musical, algo que imprime carácter, por lo que no es de extrañar que eligiera su atuendo en concordancia.

  De haber sido objetivos podíamos haberle llamado el “Tanguero” o el “Artista”, o podíamos habernos referido a él por su nombre y apellidos, que hubiera sido lo correcto, pero eso es lo que hacíamos con todo el mundo y él era tan peculiar que fue imposible, se quedó con el “Apache” hasta el día de hoy. Y mucho me temo que así se va a seguir llamando, porque analizadas las características del personaje y habiendo estudiado a fondo las connotaciones del apelativo, llegamos a la conclusión de que es exactamente el nombre que define y califica a nuestro protagonista, no por ser delincuente, sino como nombre artístico.

  Me dijo que vivía en Paris desde hacía veinte años, y que el último sitio donde trabajó en España fue en Granada, donde tuvo un accidente por el que le reconocieron una pensión de incapacidad. La cobró durante un tiempo, pero se fue a Francia y ya no volvió a percibir nada. Aquello era extraño y ante mis preguntas sobre el motivo por el cual no había solicitado que se le enviara la paga al país de residencia, me explicó que había tomado la decisión de partir un poco precipitadamente y no le había dado tiempo. Había venido de vacaciones y quería aprovechar el viaje para tratar de averiguar si estaba perdido el derecho para siempre. Le pedimos que nos diera tiempo para localizar su expediente (no era una tarea fácil debido al tiempo que había transcurrido, pero no era imposible) y le invitamos a que renovara el Carné de Identidad. Era la forma de rehabilitar la pensión con suficientes garantías de que se trataba de la misma persona, ya se encargarían en la Comisaría de verificar la personalidad con sus propios métodos.

  Como es lógico, hay documentos fundamentales que no pueden ser objeto de expurgo y por mucho tiempo que haya pasado se encuentran siempre los antecedentes: en aquellos años se abría una ficha a nombre de los usuarios que solicitaban cualquier prestación y en ella se indicaba la clase de prestación y el número de expediente, anotando en la misma ficha todas las solicitudes que se presentaran a lo largo de su vida. Esos ficheros se informatizaron totalmente y hoy día se trabaja con más comodidad, pero entonces tardé un buen rato en localizar la ficha de mi “Apache”. Cuando la encontré sentí verdadera alegría al comprobar que efectivamente existía un expediente de incapacidad de aquel hombre. Ya podía bajar al sótano a buscarlo y rehabilitar su pensión, satisface resolver estos casos que se salen de la rutina y es agradable solucionar problemas, aunque no se conozca de nada a la persona.

        Bolígrafo y papel en mano me dispuse a tomar nota del número de expediente, y observé algo que me perturbó: había dos expedientes anotados, uno era el de incapacidad y el otro ¡era de viudedad! ¿Quién había solicitado aquello?  Según la anotación lo había hecho “su viuda”, y sin duda el fallecido era él. Tenía por delante un autentico problema: cuando menos el “Apache” era un estafador, era la primera vez que me encontraba ante un caso así, aquello me alteraba, lo comenté con mi compañero y decidimos bajar al archivo a buscar los expedientes para tratar de ver algo de luz en aquella trama, pensando que tendríamos que dar cuenta a la Asesoría Jurídica para que se actuara en consecuencia.   

  Fuimos al archivo como dos policías, tensos y con la determinación de descubrir el hilo del que íbamos a tirar para aclarar el embrollo. Un hombre que se presenta para reclamar su dinero y que en nuestros papeles figura como fallecido y causante de una pensión de viudedad, un asunto tan emocionante despierta el interés y aviva la imaginación, tanto que en nuestras cabezas alborotadas el pobre “Apache” solo tenía dos destinos posibles: o estaba muerto o iba a la cárcel por impostor.

  Pero, por el momento, ninguno de los dos destinos era el suyo, la cosa era más rara todavía. En primer lugar, el hombre no estaba muerto, aunque es posible que sï se hubiera ido de “parranda”. Y en segundo lugar, tampoco era un delincuente, al menos no por este asunto. Quedó demostrado que él era él y que estaba vivo.

  El estrés de los investigadores pronto se disolvió pues en el estudio del expediente descubrimos que la prestación de viudedad nunca se resolvió, simplemente se decretó el archivo de la solicitud por no haber aportado documentos imprescindibles. ¿Cómo se le va a reconocer una pensión de viudedad a una señora que no trae la partida de defunción del marido?

  Contenía aquel expediente documentos muy interesantes. A partir de una denuncia por desaparición la señora había iniciado ante el juzgado un expediente de declaración de ausencia, con  la intención de obtener una sentencia judicial que lo declarase fallecido. Por causas que no supimos, el juez nunca había dictado la sentencia esperada, puede ser que no estuviese claro el asunto. En la demanda la mujer explicaba que tenían graves problemas de convivencia y que un día el hombre salió y no volvió más.

  Nuestra curiosidad había quedado satisfecha. A partir de ahí la resolución del asunto era fácil, solo quedaban algunas comprobaciones y pronto estaría todo solucionado. No obstante, esperábamos el momento en que el hombre se presentara con preocupación, a ver cómo se lo tomaba. Nunca se sabe cómo va a reaccionar una persona al enterarse de que lo han intentado dar por muerto para disponer de sus bienes.

  No se lo tomó demasiado mal, algo debía de saber aunque se hizo de nuevas. Nos dijo que era incomprensible, que él se había ido pero que nunca había ocultado su paradero, que eso había sido un intento de estafa por parte de su mujer y que por eso no había prosperado.

  Exageramos al contarle lo que ella había alegado en la denuncia, adornamos el asunto con algún dato de nuestra cosecha, le contamos lo de la relación tormentosa y que después de una pelea había salido a comprar tabaco y no había vuelto jamás. Al oír esto puso cara de asombro y abriendo mucho los ojos dijo:

  -“¿Relación tormentosa?” ¡Eso es falso!, tuvimos un disgustillo sin importancia nada más.
  ¡Disgustillo sin importancia y se había quitado de en medio durante más de veinte años!

  A partir de ahí todo fue muy fácil: renovada su documentación como procedía, se rehabilitó la pensión actualizándola al valor del momento, lo que causó gran alegría al hombre que no se lo esperaba, y la seguridad que le daba una pensión digna para toda la vida le hizo olvidar la actuación de la que fue su esposa que, aunque de forma indolora, había intentado “enterrarlo” en vida.

        Su relación con nosotros se volvió más amistosa, el hombre estirado de las primeras visitas dio paso a una persona jovial que con simpatía insistió en que nos tomáramos un café con él, y en la cafetería de al lado tuvimos un desayuno de anécdotas, mujeres y tangos, que nos proporcionaron una placentera digestión de cultura tanguista que nos ha sido muy útil en la vida.

      Unos días después vino a despedirse porque volvía a París. Nos dio una caja con envoltura elegante a cada uno, que en principio aceptamos creyendo que eran bombones, pero cuando las abrimos vimos que eran dos colecciones de monedas conmemorativas del bicentenario de la Revolución Francesa, eso no podíamos aceptarlo porque eran demasiado valiosas. Después de explicarle que no podíamos aceptar ese regalo de todas las formas posibles, conseguimos que cogiera las cajas y se las llevara, nos dijo que no lo comprendía y que se iba muy “disgustado”. Sin poder contenerme le dije:

      - ¡Pues entonces no lo vemos por aquí en veinte años!

  No fue así, volvió al año siguiente. Tenía un aspecto inmejorable y nos dijo que estaba muy tranquilo y feliz. Seguía con sus agradecimientos, dijo que nadie se había preocupado por él como nosotros en su vida, que mientras pudiera volvería a saludarnos en sus vacaciones y que todavía se acordaba del mal rato que se llevó cuando no le aceptamos el regalo el año anterior. Me preguntó que si le aceptaría un bote de colonia, le dije que sí, que eso no tenía importancia: tenía que haberlo pensado mejor conociendo su tendencia a la exageración, porque sacó de su bolsa un bote de litro de “Chanel nº 5”, ¡de litro! Veinte años me ha durado el perfume.



domingo, 6 de diciembre de 2009

SEIS DE DICIEMBRE








Hoy se ha celebrado el día de la Constitución.

En el año 1978 yo tuve mi primer hijo. Cuando este hijo tenía tres meses y medio, tal día como hoy, lo llevé conmigo a votar por la Constitución. Nos acompañó mi padre que también votó. Fuimos los tres representantes de tres generaciones diferentes a celebrar la fiesta de la democracia, cada uno como su realidad le permitía. Dos meses después mi padre murió.


Siempre recordaré ese día con especial sentimiento. Fue un gran año ese de 1978, yo estrené maternidad, mi hijo la vida y mi país democracia, y también fue el último que mi padre vivió completo. Hasta ahí yo tuve todo, los demás años a partir de ese y los que me queden, a mi me faltará algo.