jueves, 25 de febrero de 2010

LA JUBILACION





El revuelo que se ha formado con la propuesta del Gobierno en materia de jubilación ha sido mayor que el que se formó cuando se aprobó el Estatuto Marco del personal sanitario de los Servicios Públicos de Salud. En ambos casos ha habido una amplía contestación en contra por parte de los futuros afectados, esto a pesar de que las propuestas de cada uno de ellos son totalmente opuestas: si en el primer caso se propone el retraso de la edad de jubilación hasta los 67 años, en el segundo se decretó la obligatoriedad de jubilarse a los 65 años una vez alcanzados los 35 años de cotización. Ni en un caso ni en el otro el personal ha quedado contento, ni unos quieren esperar dos años más, ni la mayoría de los otros quieren irse tan pronto, lo que lleva a la comprensión de que se trata de una materia tan compleja que es necesario hacer un auténtico ejercicio de reflexión para acometer cualquier cambio en la normativa que nos ocupa, sobre todo si se quiere seguir con la línea de perfeccionamiento que siempre ha tenido la legislación española en materia de prestaciones laborales y sociales desde su nacimiento. Y esa, y no otra, es la línea que se debe seguir para no dar ni un solo paso atrás, lo que sería incomprensible e imperdonable a estas alturas.

Del análisis de los dos extremos expuestos en el párrafo anterior, se puede sacar la conclusión de que cada colectivo tiene expectativas distintas, si un profesional de la medicina a los 65 años se encuentra en la cima de su carrera y le quedan aún varios años para desarrollar su trabajo en óptimas condiciones, lo cual beneficia más a la sociedad que a él mismo, y si es lo que él quiere lo lógico es que siga trabajando cuanto menos hasta los 70 años, y de paso hace un doble servicio a la sociedad porque aporta mayores cotizaciones a la Seguridad Social y por más tiempo, mientras sus pacientes se benefician de su experiencia y de su sabiduría. Eso sin contar con la labor docente que puede hacer con sus compañeros más jóvenes. ¿Por qué obligarlos a jubilarse a los 65 años entonces? Esta fue una medida que, sin duda, se tomó por razones presupuestarias y no de verdadero sentido de servicio público. Y que por tanto habría que reconsiderar.

Estos mismos planteamientos se pueden aplicar a otras profesiones en las que precisamente la experiencia es un valor en si misma, como los profesionales de cualquier ciencia que se dediquen a la investigación o a la docencia, especialistas financieros, economistas o funcionarios pertenecientes a colectivos cuyos estatutos o convenios no contemplan la obligatoriedad de la jubilación a una edad determinada, o establecen como tope los 70 años, dejando a la libre voluntad del trabajador el fin de su vida laboral.

El único obstáculo que suele cruzarse en este camino es el propio cansancio que la edad presenta, por lo que una de las mejores opciones sería la jubilación gradual y flexible entre los 65 y los 70 años, pudiendo así adaptarse el trabajador al nuevo estado compartiendo trabajo y pensión en los porcentajes proporcionales de tiempo y cuantía que se establecieran.

Otra opción posible sería aquella en la que una vez alcanzados los 35 años de cotización y cumplidos los 60 años de edad se pudiese jubilar parcialmente el trabajador accediendo a la jubilación plena obligatoriamente a los 70 años o voluntariamente a partir de los 65 años.

De las dos formas expuestas se conseguiría alargar la vida laboral activa, con la reducción elegida, y se compensaría el gasto de la pensión con la obtención de más cotizaciones, a la vez que se ofrecería la posibilidad de descansar a aquellas personas que han contribuido sobradamente al mantenimiento de un sistema de Seguridad Social muy bien pensado y que ha aportado gracias a empresarios y trabajadores una confianza en el futuro y un bienestar social que en la historia de este país nunca se había conocido.

No sería difícil llegar a los acuerdos necesarios con las fuerzas sociales y en el marco indispensable de Pacto de Toledo para modificar algunos aspectos de la Ley 35/2002, de 12 de julio, de Medidas Para la Consecución de un Sistema de Jubilación Gradual y Flexible, como puede ser suprimir la exoneración del pago de cuotas de los trabajadores que continúen trabajando después de los 65 años, eliminando este precepto se podría compensar parte del gasto como ha quedado expuesto anteriormente.

En el ámbito de la mencionada ley 35/2002, se podrían desarrollar nuevas formulas, que contemplando la compensación de gastos y partiendo de la exigencia de los 35 años de cotización se planteara la posibilidad de alargar la vida activa en los colectivos apropiados y para los trabajadores que voluntariamente lo decidieran.

Por el contrario se debería de rebajar la edad de jubilación para aquellos sectores cuyos trabajos son de naturaleza penosa con altos índices de siniestralidad laboral, en los que las condiciones de trabajo para el desarrollo de la actividad requieren un estado físico óptimo, que lógicamente una persona de más de 60 años no tiene. Por supuesto tratando de encontrar fuentes añadidas de financiación. Pero este tema merece un capitulo aparte y lo debemos dejar para que otros aporten ideas, de forma que entre unos y otros consigamos mantener un sistema justo de previsión social, en el que tengan cabida tantas peculiaridades como la misma sociedad tiene.

Continuaremos analizando posibilidades porque el asunto requiere un esfuerzo.

jueves, 11 de febrero de 2010

LOS SIMBOLOS




A mi hermano Juan.








A los que alguna vez los vieron pasar por las calles del centro, en los alrededores del mercado de San Agustín, no les costará mucho recordarlos aunque hayan pasado más de treinta años, será suficiente con que yo les facilite un detalle de su indumentaria y por muy mala memoria que tengan se acordaran de ellos. Pero vamos a ir despacio; ellos hubieran merecido que un buen pintor los inmortalizara colocándoles en el centro de su obra maestra. Como no hay constancia de que eso sucediera y antes de que la memoria se canse de traer sucesos y personajes de otro tiempo, quiero reproducir su imagen para ilustrar de la mejor forma posible esta historia que, aunque aderezada con elementos peligrosos, nunca pasó de ser una sucesión de anécdotas divertidas.
Como ya no eran jóvenes andaban despacio, él siempre iba unos pasos por delante y en la mano llevaba un bastón que no necesitaba para andar: era un símbolo. Ella llevaba un cesto colgado de su brazo que llenaba de hortalizas y frutas que adornaban su figura como si fueran flores, también su cesto era un símbolo. El hombre todavía conservaba los rasgos que le adornaron en la juventud, piel morena, nariz aguileña pero fina, cejas definidas en triangulo, la barbilla partida y los labios bien dibujados y delgados; aún tenia el pelo negro, excepto el de las patillas que lo tenía gris y rizado, conservaba una figura elegante, la belleza de su raza se había conjugado en su persona. Ella no era guapa, tuvo que ser atractiva en sus años jóvenes, pero no conservaba ningún rasgo destacable, ellas con su pelo rizado y sus ojos negros y grandes suelen ser vistosas en la juventud pero la vejez no las trata bien, pronto se destrozan pariendo niños y llevándolos de un lado para otro en brazos. Aunque el hábito no hace al monje si sirve para definirlo, eso es lo que ocurría  con el atuendo de esta pareja: los definía.
Llevaba el protagonista de nuestra historia un pantalón de pana de color pana, chaqueta de paño negro igual que el chaleco, de cuyo primer ojal salía una  cadena de oro que sujetaba un reloj que guardaba en un bolsillo pequeño, en el mismo en que solía meter dos dedos de la mano izquierda cuando caminaba como si colgara la mano para descansar, calzaba botas con tacón cubano y un sombrero cordobés de ala ancha también de color negro con una cinta marrón que sujetaba una enorme pluma de gallo de tonos vistosos, sin duda la pluma de la cola del gallo más bonito  de los que cantaban al amanecer en los alrededores. Aquella pluma le otorgaba una singularidad que no hubiera conseguido por mucho que llevara bastón, tacón y reloj de oro de bolsillo, y es el elemento fundamental que lo sitúa en la memoria de los que alguna vez se cruzaron en su camino.
No estaría completo el retrato sin ella, y con toda seguridad podemos decir que él no estaba completo sin ella, daban la impresión de ser una pareja de verdad, lo que no tenía el uno lo tenía el otro, si él derrochaba autoridad y presencia, ella humildad y prudencia; si él miraba con seriedad, ella sonreía a todo el mundo, si él llevaba en la cabeza sombrero y pluma, ella llevaba un clavel tieso pinchado en el moño y una peineta clavada en el pelo tirante. Porque esto no es una competición de señas de identidad, pero si lo fuera ella podía ganar en tipismo, aunque él se llevaría el premio a la originalidad por lo de la pluma. A la mujer no le faltaba ni un solo detalle: Falda de volantes, delantal, cesta, pendientes largos, moño, mantón, clavel y peineta. Y andaba siempre unos pasos por detrás de él, eso que no se nos olvide.
Pero a pesar de todo lo explicado cabe una duda: ¿Quién mandaba? a todas luces se veía que él era el patriarca, el que velaba por el cumplimiento de las normas ancestrales, a quién tenían que rendir cuentas todos los miembros del grupo y el que impartía justicia. Pero en su casa: ¿Sabemos a ciencia cierta quien mandaba en su casa? Pues no. No lo sabemos y vamos a tener que analizar algunos hechos que ocurrieron       para averiguarlo.
Aunque casi todos los habíamos visto por la calle nunca hubiéramos imaginado tenerlos allí en la oficina, por eso cuando entraron aquella mañana las miradas de los que allí nos encontrábamos no pudieron apartarse de ellos ni un momento, no les hacía falta un nombre ni un carnet de identidad, eran únicos, ya estaban totalmente definidos, calificados e identificados. Venían a solicitar el subsidio por invalidez provisional para el hombre, los atendió la compañera que llevaba esa prestación y cuando salieron por la puerta todos nos arremolinamos a su alrededor y  nos informó cumplidamente saciando nuestra curiosidad: El hombre era tratante de ganado y había sufrido un infarto, había terminado el tiempo previsto para la baja y los médicos le aconsejaban no trabajar más y venía a ver que tenía que hacer, ella le había rellenado la solicitud y había iniciado el trámite, lo único que le había resultado extraño es que cuando le preguntó a él que por donde quería cobrar, la que había contestado había sido ella: “Por la Caja de Ahorros”, había dicho la señora.
El expediente se resolvió sin incidencias y se ordenó el pago en pocos días. Pasados un par de meses se presentó un día el hombre solo, nos resultó raro verlo sin la compañía de su mujer, se dirigió a la funcionaria que lo atendió la otra vez y muy respetuoso le dijo que no quería cobrar más por la Caja de Ahorros que si se lo podían cambiar a la Caja Rural, ella le facilitó un impreso de cambio de entidad pagadora que él firmó y se fue tan contento. Se cambió la orden n nnn ,   y a fin de mes ya estaba el pago donde él quería.
En los primeros días del mes siguiente aparecieron los dos por la oficina, nos extrañó verlos otra vez, pero allí estaban: ella con las acelgas saliendo del cesto por un lado y él con sus dos dedos en el bolsillo del chaleco, ¿A que venia tanta visita? ¿Se habría convertido en costumbre, o es que creían que era obligatorio venir para poder cobrar?, la compañera inocentemente les dijo que no hacía falta que vinieran, que la paga iba a ir todos los meses sin problemas. Esta vez fue la mujer la que se adelantó diciendo: “Señorita como no vamos a venir si no nos quieren pagar en la Caja de Ahorros”. Al oír eso el hombre se puso muy serio, debió de recordar que había sido él mismo el que lo había cambiado y se le había olvidado completamente. Con la punta del bastón le dio un golpecito en el hombro a la mujer y sin hablar, con un simple movimiento de cabeza, le indicó la salida, mientras se dirigía hacia la puerta. Él no quería seguir allí, sin duda no deseaba que la mujer supiera porqué se había producido el cambio, pero la funcionaria diligente se apresuró a explicarle: “Es que vino su marido y nos dijo que quería cobrar en la Caja Rural”. La señora lo comprendió todo y aprovechando que él no la oía dijo muy bajo: “Para ir a cobrar solo y no darme nada para la casa, para eso lo hizo, pero como estaría borracho cuando vino, se le ha olvidado”. No contenta con la explicación, conforme se iba, volvía la cara mirando al tendido y hacía un gesto con la cabeza levantando las cejas mientras se señalaba la boca con el dedo pulgar moviendo la mano de atrás hacia adelante con mucho ritmo, simulando beber de una bota.
Y no se acabó la historia, aún habría más visitas. Pasó aquel mes y en los primeros días del siguiente volvió el hombre solo, más serio, si cabe, que las veces anteriores, se acercó a la funcionaria y le dijo: “Quiero que me pongan la paga en la Caja Postal”. Ella cansada ya de tanto cambio le dijo que no podía ser, que ya se le habían hecho dos cambios y que no se podía estar todos los meses cambiando de un banco a otro. No le gustó al hombre nada aquello y echando el cuerpo hacia atrás y balanceándose de un lado a otro se abrió la chaqueta para mostrarnos lo que llevaba enganchado en el cinturón, que no era otra cosa que una pistola negra y grande que nos dejó a todos estupefactos, a la vez que comprendimos que el lenguaje de las armas es realmente eficaz; como nos demostró la compañera que, después de respirar hondo sacó los impresos,los rellenó, le pidió que los firmara y se despidió de él amablemente mientras le decía que al mes siguiente cobraría en la Caja Postal o donde él quisiera ¡faltaría más!
La visita siguiente le tocaba venir con la mujer y así lo hizo, tenían que enterarse donde estaba el dinero, pero esta fue la última vez, de alguna manera aquella señora le hizo entrar en razón, o quizás él comprendió que era inútil tratar de despistarla porque al final, como se le olvidaba lo que hacía, se veía obligado a ir a cobrar con ella y con todo su golpe de autoridad rodando por los suelos.

jueves, 28 de enero de 2010

El Fantasma de la Orden









EL FANTASMA DE LA ORDEN





        Yo tuve la suerte de vivir tres años en Huelva. Fue mi primer destino laboral. Llegué muy joven y sin conocer a nadie, lo que no fue un problema porque aquella gente me acogió con su generosidad y su simpatía como si me conocieran de toda la vida y muy pronto pasé a ser "choquera" por adopción. Aprendí muchas cosas allí que han influido en mi trayectoria; incluso ahora, que han pasado tantos años, observo que hay características de mi forma de ser que no las traigo desde mi nacimiento, ni tampoco las vi en mi familia, son facetas de mi conducta asumidas como propias y que en realidad fueron copiadas de aquellas buenas personas. Tengo una deuda de gratitud con el destino que me llevó a esa tierra que nunca podré olvidar por la influencia que ese tiempo tuvo en mí y porque los buenos amigos que dejé se encargan de que eso no ocurra, manteniendo intactos el afecto y la amistad, y eso que hace más de treinta años que los dejé.  Su extraordinario sentido de la hospitalidad me ha marcado para siempre.

        Fue un gran comienzo de vida laboral, aterricé en mi futuro con buen pie: en aquella oficina conocí lo que significa el compañerismo, el buen ambiente de trabajo, la tolerancia, la generosidad y las risas, supe mucho de risas. Raro era el día que en el trabajo o en la calle no pasaba algo digno de mención, y raro era el día que a alguien no se le ocurría una frase o una broma que se quedaba en mi memoria y me servía para divertir a mi gente cuando volvía a casa a pasar un fin de semana cada quince días. Tuve la oportunidad de ver de cerca el milagro de un pueblo que convierte acontecimientos cotidianos en sucesos divertidos dignos del mejor de los sainetes. 

        Para honrar a esas gentes que tanto me dieron voy a contar algunas historias que viví o conocí en el tiempo que estuve entre ellas. Y ninguna mejor para empezar la serie que la de aquel fantasma que una noche de invierno hizo su aparición en forma de extraños ruidos que asustaron al vecindario y dispararon los resortes de la imaginación popular.

        Al noroeste de la ciudad de Huelva, separado del centro por el Cabezo del Conquero, está el barrio de La Orden, un barrio planificado en los años sesenta para expansión de la ciudad, que dio cobijo a numerosos trabajadores que llegaron a la capital para ocupar los puestos de trabajo creados por las grandes fábricas de industrias químicas que, con motivo de la implantación del polo de desarrollo, se instalaron en la periferia. Esta afluencia dio lugar al mayor crecimiento que la ciudad ha conocido, contribuyendo a su transformación en la capital de la provincia próspera y emprendedora que es actualmente.

        En este barrio, hacia 1975, en un edifico de nueva construcción, una torre de diez plantas con cuatro pisos por planta, recién ocupadas las viviendas por las cuarenta familias correspondientes, ocurrieron unos hechos que conmocionaron la vida ciudadana, aunque la verdad de lo ocurrido solo la supieron los protagonistas, voy a contar lo que quedó en la memoria de la gente después de refundir las distintas versiones que corrieron por las calles.

        Sobre las tres de la madrugada de una húmeda y fría noche de invierno, unos sonidos extraños despertaron al vecindario, unos golpes acompasados que parecían seguir un código raro, con pretensiones de mensaje en alfabeto Morse o algo así: uno, uno dos, uno, uno dos… Sin parar durante un buen rato.

         Hubo reacciones de toda índole: el marido que le dijo a su mujer que cómo se le podía ocurrir a la gente colgar los cuadros a esas horas, o aquel que se quejaba de la clase de vecinos tan maleducados con los que tenía que convivir en adelante, o la señora que con preocupación decía a su esposo que algo malo tenía que pasarle a algún vecino porque no era normal hacer ese ruido a esas horas, pero a ninguno se le ocurrió que se tratara de algo sobrenatural, ni mucho menos, hasta ahí no llegó nadie por el momento. Además, no sabían que ese ruido se había oído en todos los pisos sin excepción, para ellos era cosa cercana, de los pisos que tenían al lado, encima o debajo, pero no se les podía pasar por la imaginación que los sonidos alcanzaron a todo el edificio.

        Como todos eran nuevos y no se conocían todavía, por la mañana ni los que coincidieron en los ascensores, ni los que se cruzaron por la escalera o en el portal, hicieron comentario alguno. A esas horas ya se les había olvidado el enfado que habían cogido tan solo unas horas antes. Sin duda, en la mayoría de las casas se comentó el asunto en algún momento del día, pero sin darle más importancia que la que tiene no haber descansado lo suficiente. Excepto algún vecino que contó de pasada que se habían oído ruidos por la noche en la tienda del barrio mientras compraba el pan o los yogures, nadie hizo especial mención del suceso fuera de la familia.
       
        Por la noche ninguno se acordaba ya del suceso. Se fueron a dormir unos más tarde y otros más temprano, cada cual según su costumbre, hasta que el sueño reparador se adueñó del edificio. Pero la paz no duró mucho pues, más o menos a la misma hora que la noche anterior, sonó el primer golpe y sucesiva y rítmicamente los demás: uno, uno dos, uno, uno dos… Esta vez sí se despertó el miedo junto con la gente, y poco a poco hicieron lo que no se les ocurrió la noche anterior: salieron al rellano de la escalera, dispuestos a averiguar de qué piso venían los ruidos.

         Ahí empezaron a conocerse los vecinos, esa fue su presentación. Causó sorpresa general el descubrimiento de que los golpes se habían oído en todas las plantas sin excepción. Tras los comentarios iniciales y cuando cada uno expresó sus sensaciones y ya que habían cesado los ruidos, los vecinos se fueron poco a poco a sus casas a descansar. Algo de tranquilidad les había dado sentirse arropados por el grupo.

        Al día siguiente sí hubo comentarios en el ascensor y en el portal entre los vecinos, y a través de la tienda del pan y del kiosco de prensa se fue difundiendo el suceso por todo el barrio. Pero aún no se había creado auténtica alarma, nadie se imaginaba que aquello no había hecho más que empezar.

        Llegó la tercera noche y volvieron los golpes, esta vez los vecinos salieron directamente a la calle, la cosa se estaba pasando. ¿Quién podía ser capaz de seguir con una broma que estaba indignando demasiado a un vecindario que en adelante iba a ser el suyo? Y si estaban todos en la calle asustados, ¿quién daba los golpes? ¿Estaban todos de verdad? ¿Serían ruidos del Otro Mundo?

         El fantasma de los fantasmas empezó a planear por las cabezas. Volvieron a sus casas con mucho más miedo que la noche anterior y al día siguiente se pusieron los hechos en conocimiento de la policía.

        Imparable, la noticia llegó a todos los rincones y, pronto, se empezaron a recordar las antiguas leyendas que se habían forjado a lo largo de los siglos.

        El laberinto de caños y marismas que rodea la ciudad es el escenario ideal para las historias de piratas apresados con el engaño de un barco varado pintado de monstruo marino; de náufragos agarrados a los restos de una embarcación, en una noche de tormenta, que resultan ser un nazareno con su cruz que obra milagros; de túneles que cruzan la ciudad por debajo de los cabezos, seguramente el recuerdo secular de un acueducto construido en la zona por los romanos; y de leyendas de fantasmas de niñas, de monjas, de monjes, de marineros y de todas las formas y procedencias, como en todos los pueblos del mundo.

        Increíblemente las noches siguientes volvieron a sonar los golpes y por unos días el Fantasma de la Orden protagonizó la vida ciudadana. Los vecinos, cansados, salían a la calle a media noche, la policía seguía sus investigaciones y observaba la conducta de todos ellos cuando se producía el fenómeno nocturno, y así fueron descartando a unos y otros, hasta que una noche la policía hizo salir a todos los que no eran sospechosos antes de empezar los sonidos.

         Camuflados, habían ido analizando, planta por planta, si salían todos los habitantes de los cuatro pisos de cada planta y cuándo lo hacían, hasta que descubrieron que una muchacha salía siempre la última y cuando lo hacía ya no se oía nada más. Fue fácil: mandaron a la calle a los vecinos de los otros tres pisos y a ella la pillaron con las manos en la masa mientras golpeaba la pared que había al lado de su cama, la casualidad había querido que por dentro de aquella pared corrieran los tubos de la calefacción y, a través de ellos, llegara el sonido a todas las viviendas del edificio.

        Era una joven que vivía con sus padres. En el interrogatorio declaró que lo que había empezado como una broma inocente se le había ido de las manos y que no había sabido cómo parar. Muy arrepentida contó que el primer día que ocuparon su vivienda vio cómo llegaba un camión de mudanzas y con él nuevos vecinos, se asomó a la escalera y vio que iban a ocupar el piso que quedaba justo debajo del suyo, pero su sorpresa fue superior cuando comprobó que los vecinos de abajo eran la familia de un novio que tuvo y que la había dejado por otra. Pensó que si para vengarse le daba un sustillo no se iba a enterar nadie, pero no contaba con la capacidad difusora de los tubos de la calefacción.

         No fue conocida la pena que se le impuso, pero las consecuencias de la gamberrada marcaron al edificio por un tiempo. Pronto en los bajos comerciales surgieron los negocios: el más significativo fue aquel bar al que pusieron por nombre “El Fantasma de la Orden”, y que servía los exquisitos productos gastronómicos de la provincia de Huelva, tales como los “Fantasmas en escabeche”, o los “Fantasmitas fritos”, “Menudillo de Fantasma”, “Fantasma plancha”, “Fantasma Alioli”, ”Fantasma en Amarillo”, “Rebujito de Fantasmas”…

Hasta aquí llega mi historia del Fantasma de la Orden, siento no haber podido incluir un final más impactante, como correspondería a una historia de almas errantes y perdidas en el espacio y en el tiempo, esperando ser liberadas de sus penas; pero es que el suceso  tuvo ese final y no otro. Aunque, teniendo en cuenta que he contado la versión que mi memoria ha conservado tras el paso de treinta y tantos años, y que la conocí a través de las distintas versiones que aquellos días corrieron por las calles, es posible que lo contado difiera un poco de lo realmente sucedido pero, ¿no es eso lo que ocurre con todas las leyendas?

        En cualquier caso, creo haber cumplido mi doble objetivo de entretener un poco a los lectores y rendir mi particular homenaje a ese pueblo generoso que tan bien me ha tratado.

martes, 12 de enero de 2010

LAS LUCES


    Entre el público que venía a resolver asuntos a la Seguridad Social en los años setenta, era frecuente encontrar mujeres que no sabían leer y escribir. No ocurría lo mismo con los hombres, no porque hubieran ido a la escuela, que tampoco habían ido, sino porque en la "Mili" enseñaban a los que no sabían, seguramente era lo único bueno que sacaban del Servicio Militar. Normalmente, si había alguno que era analfabeto no lo declaraba, solían ser las mujeres las que se acercaban a nosotros para resolver los problemas, ellos, simplemente, se quedaban atrás.

        No por ser frecuente, dejaba de ser doloroso ver a una mujer humillada ponerse en tus manos diciendo: "Señorita me da mucha vergüenza decirlo, pero es que yo no sé leer", eso lo decían cuando no había más remedio porque tenían que firmar o rellenar algún papel en nuestra presencia, antes habían recurrido a parientes y vecinos que le hacían el favor de cumplimentar los documentos, eso si tenían suerte, porque también había desaprensivos que les cobraban un dineral por hacerlo y que aprovechaban la coyuntura para complicar las cosas y conseguir más correspondencia y por tanto más negocio. A pesar de haber desarrollado suficientes habilidades para conducir situaciones difíciles a fuerza de atender a tanta gente con tantos problemas, nunca pude acostumbrarme a semejante injusticia: ¡qué tuviera que avergonzarse la víctima de ser víctima!, el mero hecho de que la mujer pidiera perdón por no saber firmar me producía un desasosiego que hasta me hacía tartamudear, a base de oficio encontré la frase exacta que expresaba lo que sentía y siempre les decía lo mismo: "No, señora, a usted no tiene que darle vergüenza , a los que nos tiene que dar vergüenza de haberlo permitido es a todos los demás", no sé si entendían lo que yo quería expresar, pero sentía que las tranquilizaba, y sobre todo agradecían que les escribiera lo que ellas no sabían, aunque para firmar no tuviera más remedio que sacar el tampón de tinta azul e invitarlas a firmar con el dedo, eso sí, procuraba que pasaran a mi mesa para que lo hicieran sin que las viera el resto del público que por allí rondaba. He de decir que la mayoría de mis compañeros actuaba de la misma forrma. 

        Afortunadamente, a partir de la creación del Instituto Nacional de Servicios Sociales, se pusieron en marcha múltiples planes de atención a los más desfavorecidos, entre los que estaban las personas mayores, se fundaron Hogares del Pensionista en todos los pueblos y en los barrios de las ciudades y en colaboración con los servicios sociales de los ayuntamientos, se impulsaron campañas de educación de adultos, creando Escuelas de Mayores donde muchas personas han podido cumplir su sueño de aprender, dejando atrás un complejo que les venía pesando toda la vida. Yo he conocido a muchas de ellas y me consta que eso les ha cambiado la vida. Entre todas, hay una que merece que yo escriba lo que ocurrió para que a partir de una confusión de términos y de unas risas consiguiera lo que quería, demostrando de paso ser una persona agradecida.

    Se presentó la mujer para solicitar una prestación y traía su formulario cumplimentado y la documentación necesaria en regla, alguna persona le había preparado los documentos y le había rellenado los cuestionarios, me dí cuenta que lo había hecho con letra redonda y clara propia de una persona joven. Pero faltaba una certificación que tenían que expedir en otra entidad, como traía todo tan bien preparado pensé que se podría resolver el expediente con rapidez, la oficina no estaba lejos y le recomendé que se acercara a por el papel que faltaba. Pero en contra de lo esperado la mujer empezó a dar excusas para no ir: "que era de un pueblo”,"que no le daba tiempo", "que podía perder el autobús"... A veces, las personas le dan a una cosa sencilla una dimensión exagerada y, generalmente, la reacción obedece a algo que les preocupa, porque para ellas es irresoluble. Como la vi tan nerviosa, quise ayudarla y llamé a la otra entidad para intentar que mandaran el documento por correo, me dijeron que no había inconveniente, pero que había que enviar un escrito de solicitud firmado por ella. Le conté el resultado de mi gestión muy satisfecha, pensando que se pondría contenta, pero apareció el verdadero problema, el de siempre, el que yo más odiaba: "Señorita es que yo no se escribir". No me dio tiempo a decir nada, con cara de súplica me cogió las manos y me dijo: "¡Señorita a ver si usted con sus “cortas luces” me lo puede hacer!". Mientras le hacía el escrito que necesitaba, no podía contener la risa pensando en que la pobre mujer me hacía la pelota al revés. Me preguntó que si me reía de ella y le dije que no, que había dicho una frase que me había hecho gracia pero nada más. Me contó la mujer que lo pasaba mal por no saber leer, que el resto de la documentación se la había escrito su vecina que era joven. Aproveché la ocasión para decirle que en su pueblo había una escuela para enseñar a leer a las personas mayores, que se informara en el Hogar del Pensionista si le interesaba.

    Bastante tiempo después, vino por la oficina la trabajadora social del pueblo de aquella mujer. Me buscó y me dio un sobre que mandaba la señora para mi, contenía una tarjeta de esas que se venden para los cumpleaños en la que había escrito con letra de principiante una misiva que decía: "Para que sepa que he aprendido y para darle las gracias”, y firmaba con su nombre y sus dos apellidos.

viernes, 1 de enero de 2010

Del blog de Juan, Feliz Año Nuevo

Feliz Año Nuevo para todos.
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El concierto de Año Nuevo, el ballet de la Ópera de Viena con sus bailarines vestidos por Valentino, el olor a café y tostadas que empieza a dar paso al aroma de caldo de pollo que se esta haciendo a fuego lento en la cocina, el perfume de Nina Ricci del ama de casa, la casa limpia y ordenada, la mesa de camilla calentita y sobre todo la imposibilidad de ir a ninguna parte porque todo está cerrado, están haciendo que este primer día de año sea un día realmente extraordinario. Muchas gracias y feliz Año Nuevo. Coco

sábado, 12 de diciembre de 2009

El Apache





EL APACHE


  Desde que entró por la puerta nos llamó la atención su aspecto, pero me equivoqué al otorgarle el calificativo de "Apache", no lo era y, sin embargo, siempre que nos hemos referido a él lo hemos hecho con ese nombre. Tratando de subsanar el error, escribo este relato para poder nombrar en adelante a nuestro protagonista con la propiedad que se merece, al mismo tiempo que comparto una historia singular con las personas que amablemente dediquen un poco de tiempo a leerlo.

  Era un hombre de pequeña estatura y muy delgado, con el pelo negro, brillante, peinado con la raya al lado y un pequeño "tupé" muy trabajado en la frente. En su cara, muy blanca, destacaban unas patillas finas y largas que hacían un dibujo tan elaborado como el símbolo de la Libra Esterlina; y no eran los únicos adornos capilares que tenía en la cara, estaban acompañadas por un bigote a lo Clark Gable y unas cejas arqueadas y bien perfiladas.

  Muy limpio y con olor a perfume, su extravagante indumentaria lo trasladaba a otra época que en aquel momento no supimos definir. Su pantalón estrecho y negro le llegaba justo al filo de unos botines de punta fina que se cerraban en el tobillo con una hebilla plateada, (no es necesario decir que brillaban como espejos). Se abrigaba con un gabán entallado y corto con dibujo de pata de gallo en blanco y negro, cada pata de gallo era de tamaño natural, es decir, eran tan grandes como las huellas que un pollo deja en el barro del corral. Culminaba su atuendo con un gracioso pañuelito rojo atado al cuello. Más adelante llegamos a la conclusión de que parecía escapado de un cartel de Toulouse Lautrec, asignándole con ello un lugar en el tiempo, pero no era ese tiempo el suyo y seguía sin ser un "Apache", aunque nosotros lo llamáramos así.

  La confusión surgía de nuestra propia ignorancia. Él era atípico, y nosotros conocíamos algo de aquellos golfos de los arrabales parisinos que, a principios del siglo XX,  habían hecho famosos los periodistas al publicar sus fechorías en los periódicos, adornando los artículos con dibujos o fotografías en los que aparecían unos jóvenes con un pañuelo rojo al cuello y con los zapatos muy limpios, apostados en las esquinas esperando a los transeúntes para robarles, o formando tumultuosas peleas entre ellos. Esos eran Los Apaches y no nuestro hombre: injustamente lo habíamos etiquetado en función de su atuendo y eso es algo que normalmente induce a errores.

  El hombre, educado y respetuoso, se dirigió a mi con un "Señoguita pog favog", por lo que deduje que era francés, demasiadas coincidencias para no equivocarse. Pero cuando comenzó a contarnos su problema se fueron aclarando las cosas; en su pasaporte estaba escrito que había nacido en Tarragona; que había viajado mucho se podía comprobar por la cantidad de sellos que tenía el documento. Se daba la circunstancia de que tenia frenillo y una mezcla de acentos que imposibilitaba la identificación de su procedencia a través del lenguaje.

  También mostró un carné de identidad más que caducado, en el que figuraba la palabra “Artista” en el lugar reservado para la profesión del titular. Para calmar mi curiosidad no tuve más remedio que preguntarle que en qué consistía su actividad artística, a lo que me respondió con mucha seriedad que era “tanguero”. De ahí venía todo, del oficio. Lo habíamos relacionado con las portadas de los discos de tangos de la Voz de su Amo y con los carteles que aparecían en las colecciones encuadernadas de la antigua revista “Blanco y Negro” que había en nuestras casas, en las que aparecían imágenes de los cantantes ataviados con el mismo estilo que nuestro cliente.

  Era cantante y bailarín de tangos. En los primeros años de la década de 1910 habían vuelto a Argentina y Uruguay, procedentes de París, los emigrantes que no habían tenido suerte en Europa y con ellos llegaba también una tropa de golfos y hampones que trajeron el estilo “apache” a los barrios bajos de Buenos Aires y Montevideo, y rápidamente, igual que había pasado en Francia, los periódicos comenzaron a contar sus aventuras. Pronto se puso de moda lo que se llamó el “Tango Apache”, y grupos de cantantes, como los “Apaches Uruguayos” o los “Apaches Argentinos”, llegaron a las más altas cotas de popularidad. Cincuenta años después nuestro amigo cultivaba precisamente ese estilo musical, algo que imprime carácter, por lo que no es de extrañar que eligiera su atuendo en concordancia.

  De haber sido objetivos podíamos haberle llamado el “Tanguero” o el “Artista”, o podíamos habernos referido a él por su nombre y apellidos, que hubiera sido lo correcto, pero eso es lo que hacíamos con todo el mundo y él era tan peculiar que fue imposible, se quedó con el “Apache” hasta el día de hoy. Y mucho me temo que así se va a seguir llamando, porque analizadas las características del personaje y habiendo estudiado a fondo las connotaciones del apelativo, llegamos a la conclusión de que es exactamente el nombre que define y califica a nuestro protagonista, no por ser delincuente, sino como nombre artístico.

  Me dijo que vivía en Paris desde hacía veinte años, y que el último sitio donde trabajó en España fue en Granada, donde tuvo un accidente por el que le reconocieron una pensión de incapacidad. La cobró durante un tiempo, pero se fue a Francia y ya no volvió a percibir nada. Aquello era extraño y ante mis preguntas sobre el motivo por el cual no había solicitado que se le enviara la paga al país de residencia, me explicó que había tomado la decisión de partir un poco precipitadamente y no le había dado tiempo. Había venido de vacaciones y quería aprovechar el viaje para tratar de averiguar si estaba perdido el derecho para siempre. Le pedimos que nos diera tiempo para localizar su expediente (no era una tarea fácil debido al tiempo que había transcurrido, pero no era imposible) y le invitamos a que renovara el Carné de Identidad. Era la forma de rehabilitar la pensión con suficientes garantías de que se trataba de la misma persona, ya se encargarían en la Comisaría de verificar la personalidad con sus propios métodos.

  Como es lógico, hay documentos fundamentales que no pueden ser objeto de expurgo y por mucho tiempo que haya pasado se encuentran siempre los antecedentes: en aquellos años se abría una ficha a nombre de los usuarios que solicitaban cualquier prestación y en ella se indicaba la clase de prestación y el número de expediente, anotando en la misma ficha todas las solicitudes que se presentaran a lo largo de su vida. Esos ficheros se informatizaron totalmente y hoy día se trabaja con más comodidad, pero entonces tardé un buen rato en localizar la ficha de mi “Apache”. Cuando la encontré sentí verdadera alegría al comprobar que efectivamente existía un expediente de incapacidad de aquel hombre. Ya podía bajar al sótano a buscarlo y rehabilitar su pensión, satisface resolver estos casos que se salen de la rutina y es agradable solucionar problemas, aunque no se conozca de nada a la persona.

        Bolígrafo y papel en mano me dispuse a tomar nota del número de expediente, y observé algo que me perturbó: había dos expedientes anotados, uno era el de incapacidad y el otro ¡era de viudedad! ¿Quién había solicitado aquello?  Según la anotación lo había hecho “su viuda”, y sin duda el fallecido era él. Tenía por delante un autentico problema: cuando menos el “Apache” era un estafador, era la primera vez que me encontraba ante un caso así, aquello me alteraba, lo comenté con mi compañero y decidimos bajar al archivo a buscar los expedientes para tratar de ver algo de luz en aquella trama, pensando que tendríamos que dar cuenta a la Asesoría Jurídica para que se actuara en consecuencia.   

  Fuimos al archivo como dos policías, tensos y con la determinación de descubrir el hilo del que íbamos a tirar para aclarar el embrollo. Un hombre que se presenta para reclamar su dinero y que en nuestros papeles figura como fallecido y causante de una pensión de viudedad, un asunto tan emocionante despierta el interés y aviva la imaginación, tanto que en nuestras cabezas alborotadas el pobre “Apache” solo tenía dos destinos posibles: o estaba muerto o iba a la cárcel por impostor.

  Pero, por el momento, ninguno de los dos destinos era el suyo, la cosa era más rara todavía. En primer lugar, el hombre no estaba muerto, aunque es posible que sï se hubiera ido de “parranda”. Y en segundo lugar, tampoco era un delincuente, al menos no por este asunto. Quedó demostrado que él era él y que estaba vivo.

  El estrés de los investigadores pronto se disolvió pues en el estudio del expediente descubrimos que la prestación de viudedad nunca se resolvió, simplemente se decretó el archivo de la solicitud por no haber aportado documentos imprescindibles. ¿Cómo se le va a reconocer una pensión de viudedad a una señora que no trae la partida de defunción del marido?

  Contenía aquel expediente documentos muy interesantes. A partir de una denuncia por desaparición la señora había iniciado ante el juzgado un expediente de declaración de ausencia, con  la intención de obtener una sentencia judicial que lo declarase fallecido. Por causas que no supimos, el juez nunca había dictado la sentencia esperada, puede ser que no estuviese claro el asunto. En la demanda la mujer explicaba que tenían graves problemas de convivencia y que un día el hombre salió y no volvió más.

  Nuestra curiosidad había quedado satisfecha. A partir de ahí la resolución del asunto era fácil, solo quedaban algunas comprobaciones y pronto estaría todo solucionado. No obstante, esperábamos el momento en que el hombre se presentara con preocupación, a ver cómo se lo tomaba. Nunca se sabe cómo va a reaccionar una persona al enterarse de que lo han intentado dar por muerto para disponer de sus bienes.

  No se lo tomó demasiado mal, algo debía de saber aunque se hizo de nuevas. Nos dijo que era incomprensible, que él se había ido pero que nunca había ocultado su paradero, que eso había sido un intento de estafa por parte de su mujer y que por eso no había prosperado.

  Exageramos al contarle lo que ella había alegado en la denuncia, adornamos el asunto con algún dato de nuestra cosecha, le contamos lo de la relación tormentosa y que después de una pelea había salido a comprar tabaco y no había vuelto jamás. Al oír esto puso cara de asombro y abriendo mucho los ojos dijo:

  -“¿Relación tormentosa?” ¡Eso es falso!, tuvimos un disgustillo sin importancia nada más.
  ¡Disgustillo sin importancia y se había quitado de en medio durante más de veinte años!

  A partir de ahí todo fue muy fácil: renovada su documentación como procedía, se rehabilitó la pensión actualizándola al valor del momento, lo que causó gran alegría al hombre que no se lo esperaba, y la seguridad que le daba una pensión digna para toda la vida le hizo olvidar la actuación de la que fue su esposa que, aunque de forma indolora, había intentado “enterrarlo” en vida.

        Su relación con nosotros se volvió más amistosa, el hombre estirado de las primeras visitas dio paso a una persona jovial que con simpatía insistió en que nos tomáramos un café con él, y en la cafetería de al lado tuvimos un desayuno de anécdotas, mujeres y tangos, que nos proporcionaron una placentera digestión de cultura tanguista que nos ha sido muy útil en la vida.

      Unos días después vino a despedirse porque volvía a París. Nos dio una caja con envoltura elegante a cada uno, que en principio aceptamos creyendo que eran bombones, pero cuando las abrimos vimos que eran dos colecciones de monedas conmemorativas del bicentenario de la Revolución Francesa, eso no podíamos aceptarlo porque eran demasiado valiosas. Después de explicarle que no podíamos aceptar ese regalo de todas las formas posibles, conseguimos que cogiera las cajas y se las llevara, nos dijo que no lo comprendía y que se iba muy “disgustado”. Sin poder contenerme le dije:

      - ¡Pues entonces no lo vemos por aquí en veinte años!

  No fue así, volvió al año siguiente. Tenía un aspecto inmejorable y nos dijo que estaba muy tranquilo y feliz. Seguía con sus agradecimientos, dijo que nadie se había preocupado por él como nosotros en su vida, que mientras pudiera volvería a saludarnos en sus vacaciones y que todavía se acordaba del mal rato que se llevó cuando no le aceptamos el regalo el año anterior. Me preguntó que si le aceptaría un bote de colonia, le dije que sí, que eso no tenía importancia: tenía que haberlo pensado mejor conociendo su tendencia a la exageración, porque sacó de su bolsa un bote de litro de “Chanel nº 5”, ¡de litro! Veinte años me ha durado el perfume.



domingo, 6 de diciembre de 2009

SEIS DE DICIEMBRE








Hoy se ha celebrado el día de la Constitución.

En el año 1978 yo tuve mi primer hijo. Cuando este hijo tenía tres meses y medio, tal día como hoy, lo llevé conmigo a votar por la Constitución. Nos acompañó mi padre que también votó. Fuimos los tres representantes de tres generaciones diferentes a celebrar la fiesta de la democracia, cada uno como su realidad le permitía. Dos meses después mi padre murió.


Siempre recordaré ese día con especial sentimiento. Fue un gran año ese de 1978, yo estrené maternidad, mi hijo la vida y mi país democracia, y también fue el último que mi padre vivió completo. Hasta ahí yo tuve todo, los demás años a partir de ese y los que me queden, a mi me faltará algo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Por Manuel Saenz



Después de trabajar durante 47 años mi amigo Manolo se ha jubilado. Su trayectoria laboral ha sido larga, muy larga. Su familia quedó rota por la muerte de su padre cuando él tenia solo 14 años y tan pronto como alcanzó la edad mínima para trabajar comenzó a arrimar el hombro como una persona mayor.

Manolo nació en Moguer, su abuelo era maestro y se llamaba don Amable, con ese nombre y ese oficio no tenía más remedio que tener un nieto como Manolito.

Por sugerencia de Conchita, su mujer, que es también nuestra compañera y además mi amiga desde los quince años, ayer, un grupo de amigos y compañeros le organizamos una comida para celebrar su jubilación, lo hicimos de forma privada sin darle publicidad en la oficina, él así lo quería y fuimos respetuosos con sus deseos. Pero a una persona como Manolo no podíamos dejar de expresarle nuestro cariño, nuestra admiración y nuestro respeto.

Hombre de férreos principios, defensor de la justicia y la verdad hasta el agotamiento, negociador incansable, tolerante y respetuoso con las ideas de los demás, ha sido y es el idealista más confiado sobre la faz de la tierra. Cuando todos tiran la toalla, todavía él espera encontrar un punto de salvación para su idea.

A Manolo todo el mundo lo respeta, nunca ha tenido enemigos, solo oponentes. Decir su nombre es suficiente para provocar una sonrisa de ternura en la mayoría de los compañeros. Sabemos que no haber hecho pública la convocatoria de la despedida puede incomodar a algunos que les hubiera gustado asistir y no se han enterado, les pedimos perdón; pero es comprensible que después de ciertos acontecimientos desafortunados por parte de la institución Manolo no quisiera compartir nada con ella.

Agradezco a la vida haberlo puesto en mi camino y a él le pido perdón por la cantidad de veces que lo he llevado al borde de la desesperación, durante nuestros comunes desayunos, con mis planteamientos extremos, yo en realidad lo hacía para provocarlo y ver hasta donde podía llegar, siempre me ganaba porque era incombustible, yo tiraba la toalla diciendo cualquier disparate para acabar la conversación, siempre supe que él era el dueño de la razón y siempre me he sentido orgullosa de ser su amiga.

En el brindis nos dirigió una palabras de agradecimiento y se mostró orgulloso de los asistentes, como buen aficionado al flamenco dijo que estábamos allí "los cabales". Gracias Manolo por la parte que me toca, pero te tengo que devolver el adjetivo, porque si hay alguien en el mundo que es un "hombre cabal", ese eres tú.

Ahora levanto yo mi copa, aprovechando que es virtual, para brindar y desearte el mejor futuro posible para ti y para tu familia, por que podamos seguir compartiendo muchos momentos felices y por que sigas siendo el "caballero de fina estampa" que siempre has sido. Gracias por todo AMIGO.

María del Mar (Coco)

Granada, 19 de noviembre de 2009

martes, 17 de noviembre de 2009

EL COLLAR




EL COLLAR

Solo tenían en común su afición a las barras de los bares y lo que en ellas se consume, por eso, demasiadas veces, cuando salían de la oficina al mediodía se metían en el primer bar que se encontraban y al pasar dos o tres horas, había días que no conocían ni el camino a sus casas. Los otros compañeros se excusaban y no porque fueran abstemios, sino por que el ritmo que ellos llevaban no lo puede aguantar un cuerpo humano normal que madruga y trabaja ocho horas diarias. Pero ellos sí aguantaban, tenían habilidad para economizar fuerzas a base de trabajar poquito, esa era una “virtud”, que también compartían.


No eran buenos amigos, solo compañeros, de hecho, ninguno de los dos estaba adornado por las cualidades necesarias para llevar adelante una amistad, bien es verdad que los motivos de dicha incapacidad eran diferentes. Uno, el mayor, no podía ser amigo de nadie, simplemente porque no era muy bueno, había tenido la mala suerte de nacer con el defecto de la envidia y eso entraña serias dificultades para generar amor al prójimo. El otro, el más joven, por decirlo finamente, era poco inteligente y además era una de esas personas cuyo egoísmo los deja fuera de juego para cumplir lo que la práctica de una amistad requiere para su conservación. En pocas palabras ambos eran seres oscuros, uno más malo que el otro, y a su vez, el otro más tonto que el uno.


A punto de finalizar la primavera, uno de esos días en los que ya el calor se empieza a notar con fuerza y la ropa estorba, cuando lo que apetece es refrescarse por dentro y por fuera, la mala fortuna no quiso, o no pudo, evitar el encuentro en la puerta de la oficina al acabar la jornada, y después de los comentarios de rigor sobre el buen tiempo , acordaron que lo que les vendría mejor en aquel momento sería tomarse una cerveza fresquita en el bar de al lado.


Y allí estaban los dos en la barra del bar con su vaso en la mano hablando de unas cosas y otras, pasando de la cerveza a los vinos y de los vinos a las copas y de las copas a más copas. La conversación del mas viejo siempre era igual, con copas o sin copas sus temas siempre eran los mismos: cotilleos sobre la gente de la oficina y difusión de rumores diversos; lo que no sabia se lo inventaba, eso sí, adornando siempre la plática con chascarrillos ingeniosos y oportunos que lo convertían en un buen tertuliano a pesar de lo malicioso que era, eso es lo que tiene estar siempre en los bares, que se aprende mucho y se desarrollan las habilidades necesarias para mantener la atención de los presentes. El más joven no tenía apenas conversación, se limitaba a asentir y reír las gracias de su compañero, y si en algún momento hablaba, lo hacía sobre sí mismo como todos los simples, lo mal que se portaba con él el resto del mundo y la mala suerte que tenía, hasta que el alcohol empezaba a hacer sus efectos, entonces ya si hablaba y contaba intimidades que el otro archivaba para difundirlas a las primeras de cambio.Aquel día la borrachera fue traicionera, se tornó llorona y estuvo toda la tarde lamentándose por los malos ratos que le hacía pasar determinada compañera de la que andaba enamorado y no le hacía caso. La verdad es que ella coqueteaba con él con el fin de que le hiciera el trabajo, y si el trabajo se lo hacía otro más guapo pues coqueteaba con el guapo. Y el pobre sufría como un quinceañero cuando ya andaba por los cuarenta. Una pena.


Cuando quisieron acordar, eran las seis de la tarde. Con ayuda de los vapores del alcohol y de las lágrimas se le habían pasado las horas sin darse cuenta y con toda la prisa que sus entorpecidas piernas le permitían enfilaron la calle principal con dirección a sus casas.


Pero el peligro de aquel día aún estaba por llegar. Al pasar por la joyería de un conocido de ambos, el mayor, con toda la mala idea que lo caracterizaba le sugirió que comprara un regalo a la compañera para demostrarle su amor, asegurándole que regalar una joya a una mujer era garantía de éxito. Entraron y el infeliz compró un discreto collar de perlas, que por ser quien era se lo dejaron a buen precio, quedando en pasar al día siguiente a pagarlo.


Siguieron calle abajo, contentos con la idea que habían tenido y haciendo acopio de su imaginación para inventar las excusas que presentarían a sus esposas por la tardanza, cuando de repente vieron precisamente a una de ellas. Era mujer del enamorado que se acercaba a ellos subiendo por la calle con pasos ligeros y con cara de pocos amigos. Como por encanto se disipó la borrachera, reaccionaron y con precipitación y disimulo metieron el paquete del collar en el bolsillo de la chaqueta del mayor, por el momento la sangre les dio una tregua y una vez liberada de la congelación que acababa de sufrir, volvió a circular por el cuerpo.


Tras los saludos de cortesía se separaron y uno dando explicaciones y el otro preparando las suyas se fueron a sus casas a descansar. Lo que pasó entre los dos matrimonios aquella tarde solo ellos lo conocen, pertenece al sagrado ámbito de la intimidad familiar, lo que sí es conocido es que las chaquetas que llevaban se colgaron cada una en su armario dispuestas a descansar durante una temporada. El calor de aquella tarde marcaba el principio del verano y ya no se las iba a necesitar.


No volvieron a recordar nada de aquella tarde ninguno de los dos. Una vez inmersos en el verano las rutinas se cambian, no es apetecible tomar copas a las tres de la tarde del mes de julio , lo que gusta es ir a casa a la hora de comer para poder dormir la siesta, hacer oscura la tarde y salir al anochecer para disfrutar del aire fresco que durante el día se ha añorado tanto, procurando así hacer mas llevadera la espera de las vacaciones, en las que todo nuestro universo cambia y cada uno disfruta de sus días como puede, olvidando por una temporada la rutina del resto del año.


El prudente joyero no dio señales de vida hasta bien entrado el mes de octubre, una tarde esperó a Romeo y le recordó que le debía el collar, él no se acordaba de nada y negó tal deuda, el hombre le explicó que una tarde del mes de junio pasó por allí con su amigo y que le compraron un collar de perlas para hacer un regalo. Haciendo un esfuerzo mental empezó a recomponer la historia de aquel día y cuando llegó a la escena de la joyería se le cortó la respiración. Aquel hombre tenía razón, le pidió disculpas y le dio unas cuantas explicaciones como pudo, prometiéndole que al día siguiente lo devolvería, que no había hecho el regalo y lo conservaba empaquetado tal y como se lo llevó, que lo dejó olvidado en el bolsillo de la chaqueta, que era fácil comprobar que nadie había lucido la joya y que, por favor, aceptara la propuesta porque no podía pagarlo. Ha quedado dicho anteriormente que el joyero era prudente, por lo que es fácil advertir que una vez analizada la situación aceptó la propuesta por aquello de que mas vale pájaro en mano que ciento volando. Si se han puesto el collar mejor para ellos, mejor eso que perderlo.


Llegó más temprano que de costumbre a la oficina, para qué seguir en la cama si no había pegado ojo en toda la noche, y se fue rápido en busca de su amigo para contarle lo que había pasado el día anterior con el dueño de la joyería, y para decirle que le trajera el collar por la tarde, que quería devolverlo cuanto antes.


-Eso es imposible, por que se lo he regalado a mi mujer. Lo encontró en mi chaqueta de entretiempo cuando la sacó para limpiarla, y le tuve que decir que era para ella y que se me había olvidado dárselo cuando lo compré. Tuvimos una discusión y me recordó que eso me pasaba por beber tanto, pero como era un regalo muy bonito; al final se lo puso y la cosa terminó bien.


-Pues ve a la joyería y lo pagas.


-¿Yo?, yo no he comprado nada en esa joyería, si quieres llamo a tu mujer y le digo que quieres que pague el collar que le compraste tú a tu novia.


El pobre no daba crédito a lo que estaba oyendo, discutió hasta el cansancio y el otro sinvergüenza no paraba de reírse, provocando cada vez más su desesperación; al final comprendió que había perdido la batalla y se fue a su despacho jurándole que no le hablaría más en la vida, que le iba a dar una paliza, y que se iba a acordar de él porque más tarde o más temprano se vengaría.


Como sabía que tenía que pagar el collar, pasó la jornada tratando de inventar la forma de hacerlo sin que se notara mucho el recorte en el sueldo, al final tuvo una idea que por lo menos a él le pareció luminosa. Pidiéndole la máxima discreción al joyero le contó lo que le había pasado con su amigo, negoció un buen precio para otro collar, firmó letras como para escribir esta historia y se fue a su casa con un regalo sorpresa para su esposa, que lo recibió emocionada.


¿Por donde llegó la venganza?, eso no lo sabemos; seguramente por parte del joven nunca la hubo, su falta de carácter, su miedo y su desconfianza de sí mismo, unidos a la ausencia total de imaginación y creatividad se lo impidieron, pero con sus ganas se quedó. Es más, no tardaron mucho tiempo en volver a las andadas, no es tan fácil encontrar un buen compañero para las borracheras.

Lo que si se sabe es que transcurrido el tiempo el episodio se hizo público, de eso doy fe porque lo estoy contando. Se desconoce cómo salió a la luz. Pudo ser el joyero ¿Por qué no?, aunque ya hemos dejado claro que era un hombre discreto y no es conveniente perder clientes que compran collares de dos en dos. También pudo ser la pretendida novia, que al no ser beneficiaria del precioso regalo lo contara a sus amigas, y ya se sabe lo que pasa en esos casos, que no se lo digas a nadie pero sé de buena tinta….


Pero lo más probable, conociéndolos como los hemos conocido, es que en la barra de un bar, una tarde de primavera, se lo recordara el uno al otro cuando ya llevaban unas cuantas copas de más. Y una historia como ésta, un camarero gracioso o un parroquiano avispado, no tarda ni cinco minutos en lanzarla a los cuatro vientos.

Y un viento caliente de otoño hasta aquí la ha traído.