sábado, 4 de diciembre de 2010

LAS HERMANAS


 LAS HERMANAS

A mis hermanos Joaquín, Pepe, Julia y Juan
Pido perdón a los lectores porque esta historia me ha salido muy larga

            Muy a su pesar las dos hermanas vivían juntas, pero así es como han sido las cosas toda la vida: las hermanas solteras han de mantener el  núcleo familiar de los padres porque eso es lo que Dios manda. ¡Buenas eran ellas para hacer algo que contraviniera el orden natural de las cosas!

         Su vida estaba marcada por el hecho de no haberse casado, era un estigma insuperable, ellas no eran como las demás mujeres: no, ellas eran “solteronas”, con todas las consecuencias que esa palabra tenía en el mundo provinciano y decimonónico en el que vivían y que no tenía ninguna intención de cambiar, aunque el siglo veinte hubiera superado ya su primera mitad.

        Ninguna de las dos eligió su trayectoria. La vida les negó el beneficio de la independencia y siguieron en la casa familiar atendiendo a su madre hasta el final, para alivio de los demás hermanos.

        Totalmente diferentes, eran el ejemplo puro del antagonismo: si se pretendía hacer dos personas sin nada en común no habría podido salir mejor. No se parecían en nada ni por dentro ni por fuera y, sin embargo, tuvieron que compartir el mismo destino.

        La mayor, aunque tenía poco que agradecer a la naturaleza, tuvo su oportunidad en forma de novio terrateniente cuando ya rondaba la treintena. Era un hombre idóneo  para ella, el que la hubiera llevado de reina de la parroquia a un pueblo serrano donde, entre matanzas y dulces de Semana Santa, hubiera cumplido sus sueños cortijeros. Pero una fatal asociación de la naturaleza cruel y el destino fatal se lo llevaron de este mundo cuando faltaba una semana para la boda. Las malas leguas de la comarca afirmaron, durante mucho tiempo, que la verdadera culpable  fue la coincidencia  de una  perforación intestinal inoportuna con un cierto familiar político que pudo avisar al médico y no lo hizo. Un cuñado solterón y rico vale más muerto que vivo y casado.

        La otra hermana tuvo otra suerte, mala también, pero distinta. Era tan guapa como la más guapa de las estrellas de Hollywood: elegante, trabajadora, habilidosa, los hombres suspiraban por ella y la pretendieron los mejores partidos de la ciudad. Parecía tenerlo todo cuando una enfermedad,  que había sido maldita hasta hacía poco tiempo, la marcó para siempre. De nada sirvió que la recién inventada penicilina, que todavía se compraba de estraperlo, la curara totalmente. Superó físicamente aquel brote de tuberculosis y,  sin embargo, nunca pudo quitárselo del alma y la dejó estigmatizada. La poseyó un complejo insuperable que le hacía  negarse a sí misma la posibilidad de ser feliz, y poco a poco se fue alejando cualquier oportunidad de formar una familia propia.


        Y así fue como se fraguó el destino de las dos hermanas, que tuvieron que vivir la vida entera juntas aunque no sentían el más mínimo aprecio la una por la otra, llevándose la peor parte  la menor, a la que le tocó cuidar de la otra durante los quince años que el Alzheimer tardó en llevársela.

        Trabajando duro y sin haberse preparado para ello, mantuvieron el próspero negocio familiar sin tener derecho ni a un salario mientras vivió la madre: para qué querían un sueldo si podían comprar lo que quisieran y en la casa no les faltaba de nada, sólo tenían que pedir y se les permitiría comprar lo que necesitaran; eso sí, siguiendo el espíritu familiar había que buscar lo más barato entre lo barato, y lo que pudiera hacerse en casa ¿para qué comprarlo hecho?, con el convencimiento de que lo mejor y más bueno era lo que ellas hacían, negando así cualquier oportunidad a la calidad.


        Tan solo durante el tiempo que el negocio sobrevivió a la madre, los hermanos decidieron asignarles un sueldo. Entonces ahorraron y se compraron un pisito en el centro de la ciudad, cerca de dos o tres parroquias con solera. Nunca faltaron las voces que afirmaban que venían ahorrando desde hacía mucho tiempo, desde los años dorados de aquel negocio, cuando a cada una en su puesto le pasaban por las manos  los millones que entraban generosa y alegremente en la empresa. Ganancias que ellas administraban cumplidamente, rindiendo cuentas a diario a la madre que desde su hamaca se creía que controlaba hasta lo que no controlaba.
                                                              
        Considerando su sentido religioso del pecado y la culpa, el temor al castigo divino y el martirio de los remordimientos, es fácil concluir que no sería muy considerable, si existió, el capital distraído; en cualquier caso, nunca pudo llegar a ser muy superior al salario que no recibían, razón qué, convenientemente alegada como eximente, hubiera sido suficiente para ser declaradas inocentes, por ser de justicia la compensación.
                                                              
        Con sus hermanos tuvieron siempre un trato agradable y respetuoso, en particular con una hermana que era más cercana a ellas en edad, que se casó pronto y trajo a la familia los primeros niños. Le ayudaban desinteresadamente siempre que ella las  necesitaba, tanto con los sobrinos  como con las cosas de la casa. Ellas eran jóvenes todavía y no tenían pereza a la hora de llevar a los chiquillos a las jugueterías, arreglarles la ropa, ordenar sus cuartos o hacerles dulces.

        Pero esos sobrinos no fueron bastante para calmar el irreprimible deseo de  la maternidad; para eso eligieron a sus dos hermanas pequeñas, una a cada una de ellas, y las convirtieron en  objeto de un amor extrañamente maternal, que las llevó toda su vida a protegerlas como si estuvieran en peligro, proyectando en ellas, por medio de esa predilección  enfermiza, no solo su afecto sino también la aversión que sentían una contra la otra, haciéndola extensiva a sus familias y creando  así  dos bandos antagonistas dentro de la misma familia. Afortunadamente, los otros hermanos y sus familias quedaron fuera de esta guerra, tanto mejor para ellos.


        Una vez que hemos conocido la trayectoria vital de las desafortunadas hermanas, vamos a dar a conocer unos hechos que ocurrieron años atrás, cuando aún no eran muy viejas, pero ya empezaban los primeros olvidos a hacer sus estragos.

        Por aquellos días una catástrofe natural había asolado Centroamérica. Sin poder precisar si fue huracán, terremoto, volcán en erupción, sequía o inundación, lo cierto es que la muerte y la destrucción se habían adueñado de los vulnerables países de la zona. Como siempre que suceden estos desastres, desde todas las instituciones se estaban haciendo llamadas a la solidaridad de los ciudadanos para remediar los estragos que el fenómeno había causado en la región y, por supuesto, desde las parroquias, tratando de ayudar a la gente que lo había perdido todo, se animaba a los fieles para que hicieran un esfuerzo de generosidad y donaran toda clase de enseres. Cualquier cosa era buena para enviar, porque todo se había perdido; con lo que se recolectara se fletarían aviones y barcos que partirían hacia el otro lado del Atlántico repletos de cargamentos solidarios.

        Y con esas noticias  llegó a su casa una mañana la menor de las dos hermanas. Lamentaban las dos las desgracias ajenas con sinceridad, y comentando la petición del cura llegaron a la conclusión de que tenían más muebles de los que necesitaban y sería una buena ocasión para deshacerse de ellos, haciendo de paso una obra buena. Y prepararon un par de colchones, dos camas y varias mantas que los colaboradores del párroco se llevaron, y en pocos días fueron embarcados para cumplir su misión hospitalaria en el continente herido.

        Satisfechas de lo práctica que había sido su generosidad,  continuaron su vida, luchando contra la enfermedad, que cada vez  entorpecía más a una y hacía más difícil la convivencia entre las dos.

        La mujer enferma, que siempre fue desconfiada y muy tacaña, perdió la capacidad de disimular estos defectos y se volvió descarada, y lo que en otros tiempos fueron indirectas pasaron a ser acusaciones, unas veces por nimiedades y otras por asuntos de envergadura,  mientras la otra de forma resignada cuidaba de su hermana campeando el temporal como podía.

        Sin saber cómo llegó a ello, comenzó a acusar a su cuidadora de ladrona, y la pobre mujer no comprendía al principio qué quería decir porque aún cuando hubiera tenido la intención de apropiarse de algo suyo, hubiera sido imposible, porque tenía todo escondido en su armario y no soltaba las manos del bolsillo donde guardaba la llave, ni de noche ni de día. Esa postura fue característica en ella toda la vida, pero en los últimos tiempos se convirtió en esperpéntica por su exageración.

        Tenía la mujer altibajos y en momentos de lucidez se disculpaba a su modo, pero pronto comenzó a repetirse reclamando su dinero, el que le había robado, que ella lo tenía antes y ya no lo tenía. Tanto lo decía, que la hermana empezó a preocuparse por si se había perdido de alguna forma algún dinero de su hermana.

        -¿De qué dinero hablas y dónde lo tenías?

        -En mi cuarto y ya no está.

        Preguntaba y preguntaba, y la respuesta que obtenía era siempre la misma. Lo más extraño era que ella misma había acompañado a su hermana al banco muchas veces a gestionar sus cuentas y nunca había visto que guardara dinero en la casa. No solo tenía  la mujer curiosidad, también le preocupaba la opinión de los otros hermanos por si a alguno le asaltaba la duda. No era probable, pero era posible. Por eso comentó con los hermanos mayores lo que estaba pasando. Ellos le quitaron importancia porque conocían bien de qué pie cojeaba su hermana. Se quedó más tranquila considerando que era solamente una manía que se le había metido en la cabeza enferma.

        Hasta que una mañana se levantó más lúcida que de costumbre y cuando su hermana le puso el desayuno la miró con una expresión distinta a la habitual y le dijo:

        -¿Dónde está la otra cama que había en mi cuarto?

        Cuando la otra le dijo que se la habían llevado los muchachos de la parroquia, se puso a chillar con las manos en la cabeza como si se hubiera vuelto loca. Su asombrada hermana no entendía nada, pero fue  hilando las frases entrecortadas que la otra decía sollozando, y comprendió que de alguna forma la cama viajera y el dinero perdido estaban relacionados; hasta que lo entendió: ¡el dinero estaba guardado en los tubos de la cama!

        La pobre mujer, a la  que su tacañería no le había permitido disfrutar de su dinero y  llevaba media vida guardándolo  en  aquella cama, acababa de comprender que su mente traicionera le había jugado una mala pasada haciéndole olvidar el secreto escondido durante tantos años, y le había despertado el entendimiento solo para darse cuenta de que le había regalado al cura la cama con su tesoro oculto, y que ya no tenía remedio porque a esas horas debía de estar en un barco cruzando el Atlántico para hacer en la otra orilla su particular milagro.

        La enfermedad aceleró su proceso a partir de ese día y poco tiempo después acabó con su vida. Y cada cual de  esta historia  sacará sus  conclusiones. Para unos este suceso sería el ajuste de cuentas que el destino le reservó para que no se fuera de esta vida sin pagar sus culpas, ese momento de lucidez que la mente tiene para despedirse   sin dejar deudas pendientes. Para los que, como ella, creen en la vida después de la muerte, aunque sitúen en ese instante el inicio de su purgatorio como los otros, con toda su buena intención lo que consiguen es ponérselo más difícil todavía,  porque en esa vida eterna y postrera que para ellos existe, ella tuvo que ver cómo otras personas disfrutaban de su preciado dinero, y no solo el del tubo de la cama, que era calderilla, sino el capital que obtuvieron sus hermanos cuando lograron convertir en dinero los bienes heredados de la madre; porque tuvo que ver también cómo su parte, la que ella nunca pudo disfrutar pero tanto amaba, se la repartieron entre todos ellos a partes iguales. La suerte que tuvo fue que le pilló ya muerta, porque si no se hubiera muerto del disgusto y a saber de qué manera.  

        Llegado a este punto no sería justo que nos olvidáramos  de su hermana, que la cuidó con esmero sola, sin ayuda de nadie hasta el final, y eso que ella era también muy mayor y la dependencia era absoluta y cada vez más ingrata. Pocos meses después de su fallecimiento la cuidadora enfermó de cáncer. Aunque superó la enfermedad en esa primera embestida, nunca volvió a ser la que era,  vivió con la familia de su hermana favorita donde fue atendida inmejorablemente hasta que el cáncer se la llevó, aunque muchos años después.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Cerdo al Horno con patatas

CERDO AL HORNO CON PATATAS

1,5 kg. de Cabezada de lomo de cerdo en un trozo
10 patatas medianas
Aceite de Oliva virgen extra.
Orégano
Sal
Pimienta Blanca Molida
Vino Blanco 
Caldo de Verduras o de pollo.


Esta receta es especial porque no da mucho trabajo y porque,  aunque la carne queda bien, el resultado de las patatas es tan bueno que suelen gustar más que la carne y como se lo comen todo con gusto puede servir de plato único después de unos entremeses o una ensalada fresca.

En una fuente de horno se pone la carne atada o envuelta en una redecilla.
Se echa sal gorda por los dos lados, pimienta blanca molida y se espolvorea bien con orégano, apretando con las manos para que se pegue bien a la carne.
Se echa un chorreón de aceite de oliva por encima, que se cubra bien por los dos lados y se echa un vaso grande de vino blanco bueno y un vaso de caldo de cocer verduras, o bien caldo de pollo. si no hay ninguna de las dos cosas, se pone agua y avecrem.

Se mete al horno pre-calentado a  220 grados durante una hora. Se saca la fuente se le da la vuelta a la carne y se ponen las patatas peladas y partidas por la mitad como barquitas alrededor, se les echa por encima sal, pimienta blanca, orégano, aceite de oliva y si hace falta más caldo (se repiten los ingredientes que se echaron a la carne sobre las patatas) y se vuelve a meter al horno unos 45 minutos. Las patatas deben de quedar doraditas y al pinchar la carne con un cuchillo debe de salir jugo blanco.

Se retira del horno la fuente se saca la carne, se le quita la red y se parte en filetes y con cuidado de no deshacer la forma se vuelve a meter en la fuente, se caliente un poco más regando con la salsa por encima con una cuchara.

CARNE DE MEMBRILLO



Fotografía de Antonio Maldonado



CARNE DE MEMBRILLO

Con Thermomix


Esta forma de hacer la Carne de Membrillo es una adaptación de la receta clásica de mi familia paterna a la cocina de las nuevas tecnologías. La he ido transformando a partir de las instrucciones que me dio mi tía Paz Vida, y que ella recibió a su vez de su madre, mi abuela Encarnación, que había nacido en Antequera, donde hay mucha costumbre de convertir los membrillos en este exquisito dulce.
Es muy importante que los membrillos sean de buena clase, de carne amarilla y densa, entonces saldrá  el dulce perfecto, condensando inmediatamente después de la cocción. Si se hace con los membrillos de la variedad llamada Zamboa o Gamboa, más grandes y de carne más blanca y más porosa, no saldrá la carne de membrillo tan dura como debiera, aunque no se diferencian en el sabor prácticamente,  simplemente será más blanda y tardará más tiempo en condensar

Ingredientes:

Membrillos
Azúcar
Limones

Para poder partir los membrillos con facilidad, una vez bien limpios, se cuecen enteros un rato cubiertos de agua en una olla grande en la que se habrá echado el zumo y la cáscara de un limón.
Cuando hayan hervido durante unos veinte minutos, aunque estén algo duros, se parten en trozos sin pelar, dejando aparte los corazones sanos si se quiere hacer jalea después.
Los trozos de membrillos se pesan en la misma Thermomix, se llena el vaso con 700 gramos de membrillo, un limón entero sin piel y sin pepitas y 700 gramos de azúcar.
Se tritura el conjunto, variando desde la velocidad 4 a la 8 sucesivamente durante unos segundos, se para la Thermomix y a continuación se programa la temperatura a  100 grados, la velocidad 4, y el tiempo unos  50  0 55 minutos.
Cuando termine se vierte el contenido en cajas apropiadas y se deja que se enfríen destapadas al aire libre, Después se tapan y se guardan al fresco.



Bodegón natural de frutos de otoño recolectados de su huerto por Julia Vida 

SOPA DE ESPÁRRAGOS Y PATATAS



Sopa de espárragos y patatas



Ingredientes

2 patatas peladas y cortadas en trozos

2 dientes de ajo pelados

1 manojo de espárragos verdes troceados

Aceite de oliva virgen extra

Sal

1 litro de caldo de pollo (puede ser de caja)

Caldo de verduras (si se tiene)


Elaboración


Se cuecen las patatas en poca agua hasta que estén muy tiernas y se chafan con un tenedor conservando el agua de cocción.

Se cuecen los espárragos en su propia agua de vegetación, poniéndolos en una cacerola con unas gotas de aceite y sal, a fuego muy lento y tapados, procurando que queden cocidos pero no muy blandos.

En una cacerola de fondo grueso se echan dos cucharadas de aceite y se fríen dos ajos cortados en láminas hasta que estén bien dorados, se añaden los espárragos, se dejan un ratillo dándole algunas vueltas para que tomen el sabor del sofrito de ajos, se baja el fuego al mínimo para que se terminen de cocer en su propia agua de vegetación. No cocer demasiado, deben quedar al dente.

Se unen el caldo de pollo y  el de verduras, si lo hubiera, así como el puré de patatas. Se hierve todo un poco removiendo con una cuchara para que se integre bien todo y al final se incorpora el conjunto a la cacerola de los espárragos, se deja cocer unos minutos todo junto y se sirve muy caliente con cuscurros de pan frito.

LOMO EN ORZA




LOMO EN ORZA





Ingredientes


3 kilos de lomo de cerdo de la parte de dos colores



3 naranjas

2 limones

Una cucharada grande de pimienta negra

10 o 12 clavos

Una cucharada de canela en polvo

4 o  5  ramitas de canela

Una cucharada grande de pimentón de la Vera dulce

Una cucharada grande de pulpa de pimiento choricero que la venden en botes

½ litro de vino de cocinar

Una cucharada de orégano (opcional)

Una cucharadita de jengibre en polvo

Un chorreón de vinagre bueno (de Jerez o de Módena)

5 dientes de ajo (Opcional. Yo no le pongo)

Si hay pimienta rosa o pimientas de colores, se le ponen unos granitos.

Sal


Elaboración


Se corta el lomo en trozos o filetes de unos cuatro o cinco centímetros de grosor.

Se pelan y se exprimen las naranjas y los limones.

Se cortan las cáscaras en trozos.

En un recipiente  grande se ponen los filetes de lomo por tandas, a cada tanda se le echan por encima las pimientas de todas las clases, la sal, los clavillos, las ramitas de canela partidas en trozos, un poco de orégano, se espolvorea por encima el pimentón dulce, y se cubren de trocitos de cáscara de naranja y de limón. Y, quién así lo quiera, unos dientes de ajo.

Al finalizar de poner las tandas de carne se cubre con  los zumos de naranja y limón, el vino de cocina, el vinagre, la carne de pimiento rojo y si quedan todavía ingredientes se terminan de echar.

La carne debe quedar cubierta de líquido. Si no es suficiente se añade agua fresca y se mueve todo para que se mezcle bien. Se mete en el frigorífico durante dos días por lo menos.

Se sacan los trozos de lomo y se ponen a escurrir un rato para que se sequen un poco.

Se prepara una sartén bien honda llena de aceite en el que se echan unos trozos de cáscara de naranja, se calienta y sin que llegue a humear se van friendo los trozos de lomo, dándole vueltas y comprobando que no queden demasiado hechos, para que queden jugosos. Conforme estén hechos se van poniendo ordenadamente en un recipiente hondo (orza,  bote de cristal o fiambrera) y al final se cuela el aceite sobre la carne hasta que la cubra y se guarda en sitio fresco tapado lo más herméticamente posible.

Si al final el aceite no fuese suficiente se le añade más, pero dejándolo hervir un rato con el aceite anterior y las cáscaras de naranja para que tome el sabor. 




sábado, 6 de noviembre de 2010

De la mar el delfín...






De la mar el delfín…
Dedicado a Marina Ubiña Benavides, mi futura escritora favorita.




        Las dos amigas habían ido a pasar el domingo a la playa. Eran  años de hijos pequeños y mucho trabajo en la oficina y, de vez en cuando, convenía que la madre se proporcionara un respiro. Así es como lo llaman ahora precisamente: “Respiro Familiar”, y por eso aquel domingo las dos amigas decidieron pasar un día de chiringuito y sol, con la tranquilidad de que los niños y los padres pasarían también un estupendo día de excursión por las montañas.

        A pesar de lo avanzado del mes de octubre, la playa  brillaba como un día de verano: el sol calentaba, el mar estaba en calma, la brisa suave apenas si movía las hojas de las buganvillas, que aún lucían sus colores cálidos y luminosos. A diferencia del periodo de vacaciones, en la arena había poca gente: unas cuantas familias con sus niños, y algunos grupos de jóvenes distribuidos en corros que reían y jugaban  sin dejar de mirar al mar por el  que navegaban sobre  tablas de bonitas velas cuatro o cinco  amigos. También quedaban en la playa, a modo de reliquias del pasado verano, unas cuantas mujeres que no se habían dado por enteradas del cambio de estación y que, tumbadas como lagartos, trataban de perpetuar un bronceado que cada vez les sentaba peor, tanto física como estéticamente.

         Por su parte, la mayoría de  las personas mayores se habían instalado cómodamente en las terrazas de los chiringuitos, que estaban  tan cercanas al agua que si subía un poco la marea habría  que retirar las mesas de la primera fila para que no se las llevara el mar,  y allí, disfrutando de un clima ideal, entre conversaciones, cervezas y vinos, esperaban la hora del almuerzo, para dar buena cuenta de los productos del mar y la tierra cocinados al uso local, sin despreciar el ron autóctono que acompañaría a los refrescos de la tarde. Elementos idóneos todos ellos para pasar un día memorable.

        Y en ese amable escenario  iba transcurriendo una jornada feliz que cada cual  aprovecharía para acumular fuerzas con las que afrontar la rutina invernal con sus tareas, sus fiestas y sus días cortos, oscuros y  fríos; aunque lo que ilusionaba a muchas de aquellas personas era que apareciera por fin lo que habían esperado todo el verano, es más, el motivo del viaje de aquel domingo hasta la costa era  la última oportunidad que se estaban dando para ver si aparecía  por levante, como había sucedido en otros pueblos del este de la provincia desde principios del mes de julio.

        Sobre las doce del mediodía los muchachos del grupo de la playa dieron la voz de alarma. Al principio se referían a uno de sus amigos, que estaba navegando: 

        -¡Se ha caído, se ha caído y no se levanta!

        Toda la gente miró hacia el muchacho y, efectivamente, vieron cómo la vela estaba en el agua y él braceaba sobre la tabla a toda velocidad. Los de la playa seguían gritando:

        -¡Algo le ha asustado!
       
        -¿Qué le pasa?

        Y el joven seguía moviendo los brazos como si  fueran remos; pronto, las otras velas también cayeron y siguieron a la primera en su camino hacia tierra.

        Conforme se acercaban,  los muchachos gritaban a sus compañeros:

        -¡El delfín, el delfín,  nos ha tirado el delfín!
       
        La playa se llenó de gente, se quedaron los chiringuitos vacíos, salieron niños de todas partes, todo el mundo miraba hacia el mar; pero se hizo esperar, todavía no tenía intención de presentarse. Los muchachos de las tablas llegaron a tierra y contaron que un delfín había estado nadando junto a ellos durante un buen rato, saliendo y entrando a su alrededor, hasta  que no habían podido aguantar el equilibrio y habían caído al agua.

        Era el delfín que apareció por los pueblos del levante provincial en el mes de julio y,  llevaba visitando las playas cada semana, pueblo a pueblo, siempre en dirección a poniente; por algún motivo se había perdido de su manada y el instinto lo estaba dirigiendo al Océano donde debía de andar su familia. Había sido la noticia del verano en los periódicosque en sus páginas de vacaciones contaban que se trataba de una cría y que tenía una especial relación con los niños. Éste era el último pueblo de la provincia en el camino del sol, el que se quedó esperando, con la consiguiente desilusión de los veraneantes  por no haber sido elegidos por tan simpático visitante. Hubo en los últimos días de las vacaciones muchos comentarios relativos a la actitud discriminatoria del delfín con el pueblo; por eso, aquel domingo de octubre, tanto los mayores como los pequeños, se sintieron tan felices cuando supieron que también ellos iban a conocerlo.

        Como compensación a la larga espera, se dispuso a ofrecer la mejor función de la temporada. 

        A una distancia suficiente para ser visto desde todos los puntos de la bahía, moviendo el mar con su cuerpo, hizo todas las piruetas que sabía, era su forma de comunicarse y lo hacía de maravilla: su lenguaje particular tan vivo y alegre dejó enamorada a la concurrencia. El espectáculo era maravilloso, danzaba como si su cuerpo de más de dos metros no pesara nada, se elevaba hacia el cielo para caer en picado y volver a subir una y otra vez; lo hacía tanto  con la cabeza para abajo mostrando su lomo oscuro, como con la cabeza hacia atrás enseñando su barriga clara, y cuando caía el agua azul se convertía en espuma blanca y saltarina.

        Cuando se había lucido a base de bien, se dirigió a la playa y con su panza en la arena empezó a jugar con los niños que se habían metido en el agua: dejaba que lo acariciaran, besaran y tocaran por todas partes, hasta dejó que los chiquillos se subieran encima y agarrados a la aleta los fue paseando  por el rompeolas. Las  madres de los más pequeños acudieron a recogerlos, preocupadas por si les hacía daño. Y los muchachos mayores se lanzaron al agua con mucho alboroto mientras el delfín se divertía con unos y con otros.
       
        Las dos amigas se habían sentado en la arena disfrutando del espectáculo, estaban tan emocionadas que, sin darse cuenta, se tiraron al agua y se vieron nadando detrás del grupo de jóvenes que rodeaba al delfín, eran valientes y buenas nadadoras,  y también ellas querían jugar con él. Todo iba bien al principio, era divertido encontrarse entre aquellos jóvenes gritones que se empujaban unos a otros para estar más cerca del nuevo amigo, pero cuando por fin ellas también consiguieron acercarse la impresión fue mayúscula: la más prudente se limitó a volver a tierra y la otra, imprudente, dio un par de brazadas más, incluso llegó a rozarse con su piel de papel de lija. Cuando quiso y cómo quiso, el delfín, de un coletazo, la arrastró hacia el fondo con una fuerza como jamás ella hubiera imaginado, tuvo la sensación de que era succionada desde algún agujero submarino, sus dotes de nadadora de nada servían ante la fuerza con la que el agua que movía el animal tiraba de  todo lo que tenía cerca; a los chicos eso no les importaba y salían a flote riéndose, pero a la mujer le sobraba madurez y le faltaba la inconsciencia que tiene la juventud, aún era tiempo de aprender y aprendió lo más importante: el delfín se movía en su medio natural y ella era una torpe intrusa. Con la fuerza del miedo empujándole los pies, nadó hasta la orilla y volvió al lugar que le correspondía que no era otro que el  de feliz espectadora.
       
        Siguió el delfín en la playa con los niños hasta que el sol se coló por detrás del monte gordo que cierra la bahía por la derecha, y cuando la noche se llevó  la luz y el agua se volvió negra, él se fue hacía poniente y los niños volvieron a sus casas y extenuados soñarían con su amigo-pez esa noche y muchas otras más.

        Las dos amigas volvieron a la ciudad hablando del día tan extraordinario que habían pasado. Por un momento, la que tocó al delfín sintió no haber llevado a sus hijos aquel día , sin duda, se habrían divertido mucho, pero luego con el paso del tiempo comprendió que para ellos hubiera sido una diversión como otra cualquiera, para los niños todo es nuevo y lo extraordinario es común, mientras que una aventura contada por su madre unas veces tal y como sucedió y otras como debiera de haber sucedido, según conveniencia, ha pasado a formar parte de la herencia folclórico-familiar y es algo que ellos también pueden asumir como propio, porque lo han oído muchas veces y porque les pudo pasar a ellos como le pasó a su madre.
       
        Los niños nunca supieron que unas semanas después  el periódico traía una triste noticia: en las playas del primer pueblo de la provincia vecina en dirección a poniente, había aparecido el cadáver de una cría de delfín que, al parecer, había muerto por heridas probablemente hechas por un remo. Está claro que la simpatía que inspiraba el animal a la gente de la playa no coincidía con los intereses de los pescadores, que habían denunciado que el cetáceo espantaba su pesca diaria. Esta noticia,  como tantas otras,  fue ocultada a los más pequeños.



viernes, 11 de junio de 2010

EL PATIO






EL PATIO




         Mirando a través de los cristales de la ventana del cuarto de estar se ve el patio verde, fresco y limpio; ha sido un invierno particularmente lluvioso y frío, pero la yedra que tapa las paredes y trepa por las columnas de la pérgola, hasta cubrirla por completo, ha sobrevivido al mal tiempo y con los primeros rayos del sol de la primavera ha surgido más brillante y lustrosa que nunca.

         Es un patio pequeño, pero en él caben los elementos suficientes para que cada uno pueda desarrollar su vida independientemente: los perros reinan en el suelo; los gatos hacen equilibrios para pasar por el filo de la tapia que delimita el patio mientras se ríen de los perros que se vuelven locos porque saben que jamás podrán pillarlos; a su vez, el ratoncillo que vive encima de la pérgola se divierte provocando a los gatos que jamás lo podrán pillar a él, porque se esconde entre las plantas que la cubren y tendrían que pasar por encima de la parra, y si lo hicieran se caerían al suelo y los pillarían los perros, porque los pámpanos verdes no tienen fuerza para soportar el peso de un gato. Se cierra así el círculo del mundo de los perros, los gatos y el ratón. 
        
      Pero quedan muchos círculos de vida todavía en el patio: las avispas que revolotean alrededor de la alberca y cuando se acercan a beber se quedan atrapadas en el agua y se ahogan, no todas, porque  algunas  encuentran una hoja o una flor y se suben hasta que se les secan las alas y vuelven a volar, las salamanquesas que se pasan la vida debajo del farol de la pared de la pila, que es la única que no tiene plantas, esperando a los mosquitos, que no se resisten a la atracción de la luz sin darse cuenta de que lo único que consiguen es que se los coman las salamanquesas, pero no importa, que se tranquilicen los ecologistas, que no se va a romper el equilibrio: las salamanquesas son pocas y los mosquitos son legión; por tanto, no hay peligro de extinción de la especie.

         Esta mañana hay una actividad nueva en el patio: una pareja de mirlos está haciendo su nido. Han elegido un lugar entre la yedra en la pared del fondo. Es un error y alguien debería advertirles que no se tomaran el trabajo, que el jardinero cuando lo vea se lo va a quitar, que alguien les diga que no traigan las ramitas y las hierbas, que no las tejan con forma de cesto, que luego no rellenen el cesto con tierra húmeda, que no esperen a que se seque para venir a ocuparlo, porque cuando una tarde venga la mirla parda a poner sus huevos no va a encontrar su nido perfecto y se va a volver loca, y va a ir a buscar al mirlo negro y guapo con su pico amarillo, y los dos se van a golpear una y otra vez contra el lugar donde estaba sin comprender lo que ha pasado con su nido que tanto esfuerzo les ha costado. Y la mirla tendrá por fin que poner los huevos en cualquier parte y quién sabe si podrán nacer los polluelos. Por eso, para impedir ese drama, sería necesario que alguien les dijera que buscaran otro sitio, pero quién se lo va a decir si en el patio nadie se fía de nadie.      

         Mañana la salamanquesa le dirá a una avispa que le ha contado el ratón que un mosquito le ha dicho que sabe de buena tinta que los perros, que son los únicos que entran en la casa, vieron llorar a la mujer del jardinero por la tragedia ocurrida el día anterior a la familia de los mirlos.



lunes, 24 de mayo de 2010

Las Medidas

Con conocimiento de causa puedo decir que es sumamente grave el hecho de que el Gobierno actual haya pensado en reducir el gasto partiendo de la reducción de los sueldos de los funcionarios y congelando las pensiones. Y no solo es grave por la pérdida de poder adquisitivo que supone a ambos colectivos, sino porque se crea así un peligroso precedente de desprecio a los derechos adquiridos que nos deja a todos desprotegidos, digo todos porque, más tarde o más temprano, pensionistas podemos ser todos.

En los últimos treinta y cinco años todos los gobiernos han ahorrado en los sueldos de los funcionarios, unas veces por unos motivos y otras por otros, han congelando sus sueldos los gobiernos de la UCD, del PSOE y los del PP. Para igualar categorías o para unificar colectivos, o por cualquier excusa, siempre se ha recurrido al mismo bolsillo. Los sindicatos han hecho sus esfuerzos para tratar de impedirlo, pero nunca han tenido mucho éxito .Así se ha llegado a la realidad actual en la que el funcionario, aunque tiene el privilegio de tener un trabajo estable, es uno de los trabajadores peor pagados del panorama laboral. Una cosa por otra.

Pero, a pesar de todo esto, nunca se ha llegado a la tropelía de rebajar el sueldo base y la antigüedad de un trabajador de la función pública, esto es un ataque frontal a la garantía de los derechos de las personas, y los sindicatos tienen su ocasión de oro para demostrar para quien trabajan, si no lo han hecho antes, ya pueden hacerlo ahora.

La gravedad de la medida llega a términos peligrosos en el caso de la congelación de las pensiones, que desde el año 1956 se han venido revalorizando regularmente, alcanzando nivel de obligatoriedad a partir de la Ley General de la Seguridad Social ( Real Decreto Legislativo 1/1994 de 20 junio), que en su articulo 48 establece la revalorización anual de las pensiones según el Índice de Precios al Consumo acumulado en cada ejercicio anual, para garantizar la conservación del poder adquisitivo de los pensionistas.

Es lamentable que un gobierno socialista haya propuesto una medida como esa, que destruye el principio de garantía otorgado por la norma legal mencionada. Confiemos en que los sindicatos y demás fuerzas sociales se organicen bien para impedirlo, recurriendo a los tribunales, a la calle o a lo que haga falta, porque se corre un riesgo impensable hasta ahora legitimando una medida que nos deja desprotegidos a los ciudadanos ante todos los gobiernos futuros.

Se van a ir, porque después de esto se van a ir, dejándonos a los pies de los caballos y con el culo al aire. Peor imposible.

jueves, 6 de mayo de 2010

El teatro de Javier




Ayer, cinco de mayo del año dos mil diez , para mi fue un día extraordinario: Tuve la fortuna de ver como a una persona se le hacía realidad un sueño y eso es realmente excepcional. Como además la persona en cuestión es muy querida, no puedo vencer la tentación de contarlo y felicitarme por ello.

Ayer el Grupo Antígona de Teatro Clásico de Granada estrenó una obra en el Teatro Municipal Isabel la Católica y en ella debutó con uno de los papeles principales mi amigo Javier, que habiendo nacido con unas dotes interpretativas impresionantes no tuvo ocasión de desarrollar su vocación hasta muy tarde. Afortunadamente no ha sido tan tarde como para no poder representar a un joven galán y lo ha hecho muy dignamente.

El personaje que representaba era el de un joven guapo y empobrecido del siglo XVIII, que mediante enredos y artimañas pretendía enamorar a una joven viuda muy rica, argumento de la obra "Las falsas Confidencias" de Pierre C. de Marivaux que pusieron en escena. Con sus ademanes serviles, sus movimientos nerviosos, su actitud insegura, nos retrató a la perfección la personalidad de un joven pusilánime y acomplejado por su pobreza, consciente de su inferioridad y temeroso de ser descubierto en sus manipulaciones , pero perdidamente enamorado de la joven señora y de su dinero. En una hipotética segunda parte, el personaje amparado por la riqueza y el poderío adquiridos por el matrimonio, ya no hubiera sido tan taimado, y estoy segura que también Javier habría sabido darle el aire de afectada prepotencia y superioridad de los hombres ricos de la época, porque él tiene registros de sobra para cualquier personaje en cualquier circunstancia.

Aunque se trata de una comedia amable, en su argumento se traslucen las diferencias entre las clases sociales del siglo de las Luces, ese siglo que antes de terminar nos trajo los cambios sociales más importantes de la historia de la humanidad.

Debido a mi falta de afición al teatro, de la que me avergüenzo pero no puedo remediar, ni puedo ni debo hacer una critica del resultado total de la obra, aunque si puedo mencionar las cosas que a mi me llamaron la atención: una de ellas fue el decorado, en particular los muebles, que me parecieron geniales por lo que tenían de caricaturesco. y la otra el encanto con que ejecutó los diálogos de su personaje mi amiga Lola, pero eso no es nada nuevo porque ella es una buena actriz con experiencia y afición.

Yo me congratulo de haber asistido ayer al teatro porque vi a Javier subirse al escenario del teatro principal, representando un personaje principal de una obra de teatro clásico, lo felicito con todo mi corazón, porque sé mejor que nadie lo que para él significa, y espero que pronto lo llamen para representar una gran obra de teatro de un autor clásico o moderno, pero una obra de esas que causan impacto, como las de Arthur Miller, O´Neil, Shakespeare, Lope de Vega., García Lorca.... y tantos y tantos autores que influyeron en la sociedad en su tiempo y de los que todavía podemos aprender algo.

miércoles, 28 de abril de 2010

LA MESA DE CAMILLA









LA MESA DE CAMILLA
    


        Capital de provincia de la baja Andalucía. Plaza Principal: una reja que llega hasta el suelo de la calle, ventana con postigos de madera y visillos de hilo bordados con calados “Richelieu” y puntillas de ganchillo. Tres mujeres que se sientan en una mesa de camilla que está junto a la ventana y ven la calle a través de los encajes; ninguna cumplirá ya los cincuenta pero no pierden la esperanza, nunca fueron guapas aunque ya no importa, la edad redime a los feos, además son muy finas y saben comportarse en sociedad a las mil maravillas, harían feliz a cualquier marido amante del hogar. Educadas para servir al hombre, tuvieron ocasión de practicar cuidando de su padre que murió a los noventa años, cuando ellas ya eran casi viejas, hasta el final estuvo vigilando para que no se descarriara ninguna de las tres y pasaron su vida mirando por esa reja y pidiendo permiso hasta para comprarse unas medias.

        Solo una de las tres salió de casa para trabajar: el padre creyó que alguna debía hacerse cargo de los gastos cuando él faltara y a la que era más fea la colocó en una oficina cuando ya había cumplido los treinta y gracias a su inteligencia y a su eficacia había conseguido el puesto de secretaria del Secretario Provincial, que era como decir la persona que más influencia tenía sobre toda la oficina, porque en su despacho se administraban las vacaciones, los permisos, los traslados, las adscripciones a los distintos puestos y cualquier reparto que hubiera. Se llamaba Tere, Terita para sus compañeros, y era una referencia imprescindible para la convivencia del personal de la oficina.

        El mantel blanquísimo, la vajilla preciosa, el bizcocho de nata casero exquisito. Las jóvenes compañeras de la hermana trabajadora habían sido invitadas a merendar para que conocieran a su familia. Procedían de otras provincias y había que darles hospitalidad y calor de hogar, así de generosa es aquella gente. Y allí estaban las dos muchachas un poco cohibidas porque  imponían las hermanas de la compañera, con su aspecto de monjas teresianas sentadas en aquella habitación que podía ser de aquel siglo o del anterior, un cuarto de estar en el que se podía haber representado el “Sí de las niñas” perfectamente sin desmarcarse en el tiempo ninguno de los elementos decorativos.

        El tema de conversación que sirvió de detonante para la relajación del ambiente, fue el propio Secretario Provincial: las mayores, haciendo gala de un conocimiento exhaustivo del tema, se sintieron en la obligación de informar a las jóvenes de la trayectoria vital de aquel hombre, contaron que tenía una doble vida, que, además de trabajar en la oficina, era un hombre de la radio, que tenía un programa por la tarde especializado en música de jazz y flamenco, que contaba con  una larga lista de novias por toda la ciudad, que sus aventuras eran conocidas en toda la provincia e incluso en la provincia vecina y su capital. Las jóvenes asentían diciendo que ya les parecía a ellas que tenía mucho desparpajo, que había tenido que ser muy guapo cuando joven (para ellas era mayor porque rondaba los cuarenta). Y así fue transcurriendo la velada alrededor de la mesa de camilla, esmerándose en poner a las jóvenes en antecedentes de la vida y milagros de aquel hombre alto, atractivo y simpático, como si le estuvieran haciendo propaganda. Las muchachas insistían en  que era muy mayor para su punto de vista. Hasta que en un momento determinado, la mayor de las tres hermanas suspiró y, haciendo un gesto con la mano como si se sujetara la barbilla mientras bajaba la cara, que se le caía un poco hacia un lado, exclamó:

        -¡Sí, sí, vosotras lo veréis muy mayor, pero tiene que tener un "pedazo-de-boniato" que para nosotras lo quisiéramos!

        Las carcajadas de las jóvenes dieron pie a las hermanas para soltar un repertorio completo de barbaridades, cada cosa que se les ocurría era más borde que la anterior: las muchachas no paraban de reír con los disparates que decían las tres mayores, y eso parecía jalearlas porque de sus bocas salían todas las sinvergonzonerías habidas y por haber. Su padre debía de estar dando saltos en su tumba viendo el resultado de la estricta educación que él creía haberles dado. ¡Lo que habían aprendido detrás de aquellos visillos mientras el hombre creía que estaban rezando el rosario y qué tontos los hombres, que no habían sabido ver la simpatía y la magia de aquellas mujeres detrás de su aspecto de solteronas! Ellos se lo perdieron.
       

        Alguna de las que entonces era joven puede decir que pasó una de las tardes mas divertidas de su vida, y que por mucho tiempo que pase nunca las olvidará , ni a ellas  ni a su mesa de camilla.