miércoles, 10 de agosto de 2011

Los Secretos



          Yo me enamoré de Enrique Urquijo, cuando llevaba siete años  muerto. Suena raro, pero así fue, no pude enamorarme cuando estaba vivo, sencillamente porque no supe de su existencia, y eso que, durante los años ochenta y noventa, según he sabido después, él, su grupo y unos cuantos más eran los reyes del panorama musical español, y protagonistas directos de la famosa Movida Madrileña. Pero en aquellos años  yo, aunque estaba viva, no estaba en el mundo o, por lo menos, no estaba en el mismo mundo que él y todos los demás.
        Porque las mujeres de mi generación también hemos pagado un alto precio por vivir. Nosotras: las autosuficientes, las que  nos hicimos dueñas de nuestras vidas a base de hacer lo contrario que nuestras madres, las que rompimos la barrera del sonido compaginando maternidad y trabajo, nosotras las súper-woman, que teníamos que demostrar que podíamos con todo y  en todos los frentes, las que ahora no nos tose nadie, porque no debemos nada a nadie;  pues resulta que nos lo debemos a nosotras mismas, porque  se nos fue una parte de la vida demostrando lo capaces que éramos y se nos pasó de largo el tiempo de los demás sin enterarnos siquiera.
        Solo tuve tiempo para trabajar y opositar a puestos superiores, parir y criar a dos niños, escuchar a Sabina y el jazz que cabía en el trayecto de casa a la oficina y de la oficina a casa,  ir a los conciertos de San Miguel Ríos (que no me perdí ni uno y gracias a él me salvé) y por fin volví a leer un libro en 1986 (El Nombre de la Rosa), desde 1983 no había pasado del segundo párrafo del primer capítulo de cualquier cosa que cayera en mis  manos.
        Pero no os preocupéis, a partir de los cuarenta y cinco no me he perdido nada que no quisiera perderme, y he investigado los tiempos pasados en la inopia, y por eso he conocido a Enrique Urquijo, sus bandas y sus canciones, y a todos los demás de la época.
       Y ahora solo hago lo que quiero hacer, los lunes son mis domingos y los martes mis sábados, porque sí, porque lo digo yo, y elijo la hora de mis citas y no voy a ninguna parte antes de haber desayunado tranquilamente y de haber leído  el periódico, incluido el sudoku, y  todos los días del año son días de vacaciones, permisos retribuidos, moscosos y días de libre disposición, así como lo estáis leyendo.


        Y esto es lo que hay ¡Que me lo he ganado!