lunes, 16 de diciembre de 2013

NUNCA ES TARDE






NUNCA ES TARDE



El día 16 de diciembre se celebra en Andalucía el Día de la Lectura y la Asociación Entrelibros ha querido festejarlo a su modo, o sea, leyendo. Encabezados por Juan y Andrea, creadores y alma de la asociación, un grupo de socios, colaboradores y voluntarios se han repartido esta mañana por el Parque de las Ciencias y con sus bolsas llenas de libros y sus mejores sonrisas,  han asaltado a chicos y grandes, para robarles unos minutos de su tiempo y regalarles un poema o un cuento, para que las palabras sembradas en sus corazones florezcan en amor por la literatura.

Formando pareja con Andrea, he pasado una mañana deliciosa: A la satisfacción de ver las caras de felicidad de los niños y mayores que atentos escuchaban, se une la emoción de oír a mi compañera declamar y, más que leer, interpretar los textos.

Tengo que confesar,  que yo no había estado nunca en el Parque de las Ciencias, o sea, que mi debut en las actividades de Entrelibros ha salido que ni planeado. He disfrutado de lo lindo cuando, con atención infantil,  hemos hecho un pequeño descanso ante el Péndulo de Foucault, para esperar que en su eterno vaivén hiciera caer el palito de las doce.

La visita ha concluido con  dos firmes propósitos: Uno, que tengo que aprender a leer como Andrea y el otro, mucho más asequible para mi, voy a realizar una visita inmediata  a la totalidad del  Parque de las Ciencias.

Ha sido una experiencia extraordinaria, un domingo para recordar, de pronto, cuando todo lo que era, ya no es, una mañana de diciembre de la mano de un libro aparece un nuevo reto, y vuelta a empezar. Nunca es tarde.http://asociacionentrelibros.blogspot.com.es/

martes, 10 de diciembre de 2013

10 DE DICIEMBRE







10 DE DICIEMBRE



El 10 de diciembre de 1998 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a José Saramago.

Tuve el honor de asistir en directo a la ceremonia de entrega de dicho premio gracias a mis amigos Pilar y José que, con su invitación, me hicieron vivir unos de los momentos más memorables de mi vida.

Reproduzco las palabras que dijo el escritor en el brindis de la cena, aprovechando la ocasión para conmemorar el Cincuenta Aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, que se celebraba ese mismo día Diez de Diciembre.

Hoy, después de quince años, podemos decir que las palabras de buena voluntad del escritor se perdieron en el aire, que sus peores premoniciones se han cumplido y, que en sesenta y cinco años, la Declaración de Derechos Humanos firmada por los representantes de los Gobiernos a bombo y platillo, aparte de para lucimiento de aquellos, no ha servido para nada. Estamos peor todavía.



BRINDIS
(Estocolmo, 10 de diciembre de 1998)

Se cumplen exactamente 50 años de la firma de la Declaración de los Derechos Humanos. No han faltado conmemoraciones de esta efeméride. Sabiéndose, sin embargo, cómo la atención se cansa cuando las circunstancias le piden que se ocupe de asuntos serios, no es arriesgado prever que el interés público por este asunto comience a disminuir a partir de mañana mismo. Nada tengo contra estos actos conmemorativos, yo mismo he contribuido a ellos, modestamente, con algunas palabras. Y puesto que la fecha lo pide y la ocasión no lo desaconseja, permítaseme que diga aquí unas cuantas más. Este medio siglo no parece que los gobiernos hayan hecho por los derechos humanos todo aquello a lo que moralmente estaban obligados. Las injusticias se multiplican, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquizofrénica Humanidad, capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Marte que a nuestro propio semejante. 

Alguien no está cumpliendo con su deber. No lo están cumpliendo los gobiernos, porque no saben, porque no pueden, o porque no quieren. O porque no se lo permiten aquéllos que efectivamente gobiernan el mundo, las multinacionales y plurinacionales cuyo poder, absolutamente no democrático, ha reducido a casi nada lo que todavía quedaba del ideal de la democracia. Pero tampoco estamos cumpliendo con nuestro deber los ciudadanos que somos. Pensemos que ninguno de los derechos humanos podría subsistir sin la simetría de los deberes que les corresponden, y no es de esperar que los gobiernos realicen en los próximos 50 años lo que no hicieron en éstos que conmemoramos. Tomemos entonces, nosotros, ciudadanos comunes, la palabra. Con la misma vehemencia con que reivindicamos los derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes. Tal vez así el mundo pueda ser un poco mejor. 


No olvido los agradecimientos. En Francfort, el día 8 de octubre, las primeras palabras que pronuncié fueron para agradecer a la Academia Sueca la concesión del Premio Nobel de Literatura. Di las gracias también a mis editores, a mis traductores y a mis lectores. A todos les vuelvo a dar las gracias. Y ahora también a los escritores portugueses y de lengua portuguesa, a los del pasado y a los de hoy; por ellos nuestras literaturas existen, yo soy sólo uno más que se les vino a unir. Dije aquel día que no nací para esto, pero esto me fue dado. Gracias, por tanto.

domingo, 1 de diciembre de 2013

VERGÜENZA








Vergüenza

Vergüenza  debiera de darnos que vuelvan los tiempos de la “caridad”, vergüenza para todos y por todo.  Vergüenza es que la Justicia Social conseguida con sangre por los hombres y mujeres de los dos siglos anteriores esté siendo sustituida por la vieja caridad cristiana, tan manida y tan injusta. Ahora, bien instalado ya el siglo XXI, cuando la ciencia ha puesto al alcance de la mano de los seres humanos el mundo entero, volvemos a  las campañas de ayuda al pobre, a la  miseria de los programas  de la lástima y la humillación de los necesitados,  como aquellos  de la posguerra  de títulos grandilocuentes: “Ustedes son Formidables” o   “Ponga un Pobre en su mesa”, que solo de recordarlos se estremece el corazón.

Desgraciadamente la generosidad de la gente sencilla es fácil de estimular y con buena voluntad dan lo que pueden para ayudar a los que no tienen, noble gesto sin duda, pero inútil y  que surte los mismos efectos que   el recurso barato para callar conciencias de la gente ruin y egoísta, que con tal de seguir en su vida cómoda, no quiere ver que esa no es la solución.


Vergüenza debiera de darnos, a los que sabemos que esta crisis es una guerra desigual del poder financiero contra los derechos sociales consolidados. Una guerra en la que uno de los bandos ha sido abandonado por sus propios generales, que, como viles traidores, no han dudado en pasarse al bando del enemigo.

Vergüenza, como la de este hombre de la fotografía de los años cuarenta del siglo pasado, que tapa la cara de su hija adolescente mientras pide  limosna en la puerta del lujoso restaurante   Lhardy de la Carrera de San Jerónimo de Madrid. Escena que nunca más debería repetirse.

Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial de Comercio, son solo algunos de los poderes financieros internacionales que encabezan esta diabólica cruzada, no olvidemos que detrás de ellos hay hombres con nombres y apellidos, ¿No nos da vergüenza de dejarlos vivir en paz?

¡Malditos sean, una y mil veces, malditos sean por siempre jamás!

martes, 15 de octubre de 2013

UNA LEYENDA PARA EL FRAILE




UNA LEYENDA PARA EL FRAILE
Esta leyenda está dedicada a la memoria de María Victoria Prieto Grandal,que tuvo la gentileza de supervisarla y siguiendo sus consejos la publico.


La mayoría de ellos llegaron a Las Alpujarras acompañando a la Corte o huyendo de Granada tras la rendición, pero el Rey Chico, antes de terminar el segundo año, comprendió que aquel Señorío de las Alpujarras que se le había otorgado era una prisión encubierta, y tras la prematura muerte de su esposa cruzó a tierras africanas y sus súbditos se quedaron poblando la vertiente sur de la Cordillera, la que mira hacia el mar.

Allí continuaron con su vida, practicando sus costumbres, su religión, organizando su agricultura y construyendo sus pueblos y sus casas a su estilo. Así se les había prometido que sería en las Capitulaciones que sus reyes habían firmado al entregar Granada. Pero eso duró poco tiempo pues pronto vinieron órdenes que les obligaban a abrazar otra religión y a cambiar sus hábitos, primero con cautela y después por imposición; les llamaban “moriscos” y para ser ellos mismos y sobrevivir tenían que esconderse y renegar públicamente de sus creencias. Pasaron décadas de humillaciones. Al final, se rebelaron y libraron la última guerra entre moros y cristianos, que también  perdieron. Decretado su exilio, fueron conducidos a otras tierras  de Andalucía y Extremadura donde, aislados y pobres, se esforzaron por sobrevivir, para terminar siendo expulsados definitivamente.

Ha pasado mucho tiempo y ni en las leyendas habitan. Los expulsaron y  se llevaron sus conocimientos y su cultura con ellos.  Sus pueblos, sus alquerías, sus molinos y sus campos fueron ocupados por gentes extrañas que vinieron de tierras lejanas, con otras creencias y otras costumbres. Si algunos se quedaron, tuvieron que sacrificar su propia identidad, abandonando sus principios, sus ritos  y su historia, dejando aquellos territorios sin memoria.

De todos los tiempos y de todos los rincones, han surgido relatos extraordinarios, pero no son muchos los que cuentan historias de moriscos; y los que lo hacen se limitan a  describir los tesoros ocultos que dejaron porque no se los podían llevar a su destierro. Los héroes de esas leyendas son los cristianos que se los encontraban, obteniendo así el  justo premio a su bondad, honradez, humildad o alguno de los valores que debían adornar a las personas según la moral y las costumbres de los vencedores.

Algo supieron del rey que cedió su reino a su hermano, aquél que desafió a la Corte y a su familia, repudiando a la reina para casarse con una bella cristiana, y que  sufrió las derrotas que marcaron  el principio del fin de la España musulmana.

De aquel rey sí se contaban leyendas y romances porque fue rebelde y orgulloso, y porque fue capaz de cambiar un reino amenazado desde dentro y desde fuera por un rincón de paz donde vivir sus últimos días rodeados del amor de la familia que había fundado con su esclava favorita. Si el dolor que causó con sus caprichos y mal gobierno fue culpable de la tragedia de todo un pueblo, eso no ha trascendido. La leyenda transmitida por los descendientes del enemigo vencedor ensalza el lance amoroso, olvidando las verdaderas consecuencias que tuvieron sus desaciertos sobre su pueblo.

Decían que al final de su vida, sintiéndose débil y enfermo,  se retiró a su castillo del Valle de Lecrín con su segunda mujer y sus dos hijos. Se contaba que, a pesar de todo,  era tal el dolor que le había producido  ver el desmoronamiento de su reino que hizo prometer a su esposa que en el momento de su muerte sería enterrado en un lugar donde nadie pudiera encontrar su tumba, ni los moros ni los cristianos.

       Cuando murió, cumplió su familia sus deseos, llevándolo en fúnebre expedición a las montañas Sulayr, donde lo enterraron en un lugar desconocido. Y allí quedó para siempre Abu-al-Hassan, el rey moro Mulay Hasan, para lo cristianos Muley Hacén, sirviéndole de mausoleo la montaña más alta de toda la península ibérica.

Monte y rey, rey y monte, se fundieron en un solo cuerpo para toda la eternidad y con un solo nombre se les conoce: Mulhacén.

Muchas leyendas han retratado aquel reino perdido. Cuentan  las historias de los nobles que lo gobernaron, de los soldados que lo defendieron  y de las gentes que lo habitaron, tanto en los tiempos de esplendor como en la decadencia. Muchas han sido también las leyendas que han tenido como escenario aquellas montañas  que lo enmarcan. Las altas cumbres nevadas e inaccesibles para los más prudentes han inspirado cuentos y relatos de hechos extraordinarios, ocurridos en hermosas lagunas y arroyos saltarines, narrados por los pastores y los aventureros que, amparados en la admiración popular, tornaban fenómenos naturales en sucesos inexplicables y maravillosos que, escuchados  por unos y contados por otros, pasaron de padres a hijos superando el paso del tiempo, constituyendo gran parte de la herencia cultural de la región.

Los nuevos habitantes de las Alpujarras debieron de tardar lustros en conocer las altas montañas de Sulayr. No tuvo que ser fácil explorar aquellas cumbres que sólo eran accesibles en verano. Se supone que tal hazaña es atribuible a los pastores que, buscando pastos para sus rebaños, llegaron a lo más alto de las montañas donde en la  primavera tardía  florecen los nutritivos  borreguiles.

Al calor de las chimeneas  en invierno se contarían las aventuras veraniegas de los pastores, y de allí saldrían para difundirse por la comarca descripciones de lagunas, riachuelos y riscos, y así,  poco a poco,  la gente conocería la belleza de aquellas montañas. Aquellos nuevos pobladores, venidos de tierras castellanas, con su fe cristiana grabada a fuego en sus corazones, no sabían, ni querían saber, nada del antiguo pueblo que había vivido allí durante siglos.

Ninguno de ellos hasta entonces había oído hablar de una enorme roca con forma de encapuchado que corona una de los picos que acompañan al Mulhacén en su altura, un poco más pequeño, pero en definitiva un gigante de 3.188 metros sobre el nivel del mar,  cuya figura es visible desde las dos vertientes de la cordillera. Para los habitantes de la región este encapuchado de piedra pasó a ser “El Fraile” o “El Cartujo.” Hasta el día de hoy, que se le conoce como el “Fraile de Capileira” por su proximidad con ese pueblo serrano.

Sea quien sea, lo que sí es cierto es que el picacho de piedra está allí,  en un paraje idóneo para crear una leyenda, y con esa vocación nace esta historia posible para esa roca con forma de encapuchado: un suceso extraordinario que trata de dar una explicación fantástica a la forma singular de un accidente geográfico, creada para contarla con la ilusión de que sea difundida. Confiemos que sea del agrado de  los lectores y se convierta en la Última Leyenda del Reino de Granada.

Porque a pesar de tantas historias, transmitidas por esas leyendas, el tiempo y las circunstancias se olvidaron de una, la más triste de todas, la leyenda que nadie pudo contar porque en Las Alpujarras nadie quedó para hacerlo: la leyenda de aquel rey desgraciado que fue el último rey de Granada, del que sólo se recuerda que su madre lo insultó cuando volvió la mirada para decir adiós a su reino perdido y no pudo contener las lágrimas.  

El rey Abú abd Allah, conocido por los cristianos como  Boabdil y por los suyos apodado “Al Zugaibi”  (“El Desdichado”),  partió junto a su madre y su hijo hacia Berbería en otoño de 1493. Dejaba atrás lo que más había querido en la vida: su esposa, su hijo y  su reino.

        Poco tiempo duró el engaño del Señorío de las Alpujarras que le habían otorgado los reyes cristianos en los acuerdos de la rendición. Pronto supo que solo era una etapa hacia el exilio definitivo. Fallecidos su esposa y su hijo aquel verano,  no puso más resistencia a las órdenes de los reyes: aceptó el precio ofrecido  y abandonó la península  junto a su corte y otros seis mil moriscos, dicen que desde el mismo puerto por el que había entrado Abderramán siete siglos atrás.

Se instaló  en el Norte de África como súbdito del sultán de Fez, con el que colaboró en paz y armonía hasta el día de su muerte, habiendo vivido muchos años  en calidad de príncipe acogido. Cuentan también que nunca volvió a casarse, disfrutó de su inmensa fortuna pero nunca pudo olvidar a su mujer Morayma, ni a su reino perdido.

         Se ignora cómo fue el transcurrir de aquellos años de la vida del rey Chico. Cualquier historia que se cuente habitará en el terreno de lo indemostrable. No se conservan crónicas o relatos contemporáneos a los que atribuir cierta veracidad, por lo que la imaginación queda en libertad para adjudicar las aventuras que se le ocurran.  

Solo se sabe que cuando murió era muy anciano. No hay seguridad sobre la fecha de su muerte, ni tampoco están claras las circunstancias. Para unos fue en 1533 y para otros ocurrió en 1528. Del mismo modo, unos sostienen que murió en paz en su lecho y otros dicen que fue en una batalla, en la que luchaba junto al sultán contra algún enemigo. Que no se haya encontrado una tumba con sus restos hasta el momento, no facilita las cosas para saber la causa y el lugar donde se produjo el fallecimiento. Éstas son las teorías conocidas, ambas sin documentar.
      
       Nadie puede asegurar cuál fue el verdadero final del desgraciado rey, por lo que todas las suposiciones pueden ser válidas. Realmente poco importa el momento y la causa, lo importante es que su destino final fue su reino perdido. Boabdil pudo morir en Fez, sus restos mortales pueden estar enterrados allí, pero su espíritu descansa en España, en las tierras más altas de la península ibérica y cualquiera puede verlo.

No es extraño pensar que  Boabdil quisiera volver a la península para morir en ella y así poder ser enterrado en el cementerio musulmán de Mondújar, donde descansaban los restos de su amada Morayma. Allí estaban también sus antepasados, los reyes de Granada, cuyos restos él había ordenado traer desde la rauda real de la Alhambra, antes de entregar el reino.   

      Él era un hombre noble e inmensamente rico que pudo costear esa  aventura y, contando con la protección del Sultán de Fez, no debió de faltarle  la ayuda necesaria para organizar su último y secreto viaje.

En aquellos años las incursiones de piratas berberiscos y turcos en tierras españolas eran frecuentes; robaban y secuestraban todo lo que encontraban a su paso, a los pobres los vendían como esclavos y a los ricos los usaban como rehenes hasta que sus familias pagaban, o servían de moneda de cambio para la  liberación de compañeros apresados anteriormente en tierras españolas. Para llevar a cabo estas negociaciones los nobles o las familias ricas recurrían a los frailes de las órdenes mendicantes, por lo que era normal ver por las poblaciones costeras grupos de monjes que viajaban en caravana, acompañados de guardias fuertemente armados que cuidaban de la mercancía humana, o del oro que transportaban para pagar los rescates.
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Protegido por una de esas expediciones, entró por el puerto de Adra y se introdujo en las Alpujarras el que fue su Señor, y antes rey de Granada.Recorrió de nuevo el camino de la ladera interior de la Sierra de la Contraviesa, el mismo por el que trasladó los restos de Morayma desde Laújar de Andarax aquel lejano año de 1493. Volvía para rezar ante su tumba y no la encontró, nada era ya como él lo dejó. No había ni rastro de la mezquita ni del cementerio real de Mondújar, en el que estaba enterrada junto a  los últimos reyes nazaríes.

La mezquita se había transformado en  una iglesia cristiana con su campanario y todo. Lo más doloroso fue que las reformas se hicieron con cargo a la enorme fortuna que los reyes de la Alpujarra habían dejado para que se rezara por el alma de la reina: la mitad de la herencia para que el alfaquí rezara ante su tumba dos veces por semana, y un inmenso capital,  que el mismo rey había donado a los ulemas, para igual fin. Incautados los bienes a los ulemas, aún andaban pleiteando la iglesia y los herederos de un noble granadino por el resto de la herencia. Mientras, el obispado se había ocupado de gastar parte de la fortuna en convertir la mezquita en iglesia y en construir una torre con campanario en el lugar donde había estado el cementerio musulmán, desapareciendo en las obras las tumbas y sin que nadie pudiera  dar razón del paradero de los restos de la familia real que en él se encontraban.

A lo largo de aquellos años Boabdil había tenido noticias del trato recibido por  su pueblo: eran muchos los que habían ido llegando a tierras del Norte de África, huyendo o expulsados, y, aunque conocía la crueldad con la que habían sido tratados, le dolió especialmente que se hubiera atentado de esa forma contra su dignidad , profanando  hasta las tumbas de los reyes y dejando perder para siempre sus restos.

Asumió una nueva derrota y volvió a llorar, una vez más, por su esposa y por su pueblo, iniciando su viaje de vuelta con la amargura instalada en su corazón, que lo único que deseaba era dejar de latir. Cualquiera que conociera su vida podía dar fe de que, verdaderamente, se habían cumplido los augurios que los astrólogos vaticinaron, no se habían equivocado lo más mínimo: “vivió mucho para padecer mucho” aquel emir de Granada, Muhammad XI, llamado “El Chico” por los castellanos y “Al-Zugaibí”, “El Desdichado”, por los musulmanes.

El final de verano llega pronto a la sierra. Los pastores saben que en los últimos días de agosto un día puede amanecer claro y caluroso y en pocos minutos desencadenarse la más dura de las tormentas. Aquella mañana los pastores vieron una nube solitaria  con forma de pan de azúcar sobre los picos y se apresuraron a reunir el ganado que pacía junto a las lagunas para alejarse lo más posible de las alturas. Esas nubes no anuncian nada bueno. En pocos minutos el cielo se puso gris y apenas si les dio tiempo a llegar a los rediles, fabricados con piedras a media ladera,  para resguardar al ganado y a ellos mismos de los lobos y de  las tormentas.

Antes del mediodía la oscuridad cubrió la sierra como si se hubiera hecho de noche. El primer relámpago iluminó de rojo todo el cielo y después cayó un rayo que hizo crujir la tierra como si  fuera un barco de madera que se hubiera partido de proa a popa. Siguieron cayendo más rayos por todas partes, las montañas ennegrecieron bajo las nubes, que cada vez se acercaban más. La lluvia se convirtió en un granizo que pegaba con fuerza empujado por un viento que se llevaba por delante hasta las piedras. Los pastores se tumbaron en el suelo y se cubrieron con sus gruesas mantas de lana, las nubes los envolvieron como si el cielo se hubiera pegado a la tierra.

Los animales están acostumbrados a las tormentas: las ovejas se acercan unas  a otras, su lana las aísla del frío y no es buena conductora de la electricidad; los perros se resguardan como pueden, no es que les guste pero tampoco se asustan, y las mulas aguantan cualquier cosa. Pero de pronto una fuerza incontrolable agitó la tierra: los perros aullaban,  las ovejas balaban nerviosas, las mulas daban coces tratando de escapar de sus ataduras sin conseguirlo. Un ruido sobrenatural, más fuerte que el de los truenos, un rugido  enorme que surgió desde el fondo de la tierra, hizo temblar de tal manera el suelo que  dejó de sujetar los cuerpos. Como si fuera una ola del mar, se movió la sierra, un latigazo enorme levantó las piedras e hizo rodar animales y hombres de un lado para otro.

Tormenta y terremoto, dos fenómenos brutales al mismo tiempo. Cuando callaron los ruidos y cesaron los temblores, los animales corrían despavoridos por las laderas  sin rumbo fijo. Los pastores magullados huían también, con miedo pero tratando de recuperar el mayor número de ovejas, confiaban que los perros y las mulas encontraran solos el camino de vuelta.

Lo mismo que vino se fue la tormenta; así son  las cosas en la sierra. Los rayos del sol poniente se estrellaban en las montañas, que brillaban teñidas de rojo.

Los pastores, en su frenético descenso, miraban a un lado y a otro tratando de localizar a las ovejas. El primero que lo vio sintió que la sangre se le  helaba dentro del  cuerpo. Intentaba avisar  a los demás y no le salían las palabras. Pero aquello era  tan grande que los demás no tardaron en verlo también: ¡uno de los crestones de los tajos cercanos al pico del Veleta había cambiado de forma, se había elevado por encima de los demás y se había transformado en un enorme encapuchado de piedra!

Aquel mismo día, en el preciso instante en que la tierra temblaba en las montañas de Sulayr, al otro lado del mar, en la ciudad de Fez,  en el interior del reino de Marruecos, moría el que fue el último rey nazarí de  Granada.

Su espíritu, libre al fin, fundido con el de su amada esposa, se integró en una de las  crestas más altas  de la cordillera, a la que le dio su aspecto.

En el paraje conocido como Los Tajos del Nevero está el Cartujo, en el cascajar al que le da nombre. De pie, dominándolo todo. Por la derecha, la Alpujarra con la Sierra de Gádor al fondo, y entre los dos el Mediterráneo. Por la izquierda, Granada y su Vega rodeada por las sierras de La Alfaguara, Parapanda, Loja, Alhama, Tejeda y Almijara. Delante de él se elevan los picos del Veleta, el  Mulhacén y la Alcazaba, y al final el Picón de Jérez, que defiende el Puerto de la Ragua. Por debajo de ellos y abriéndose por todo el territorio están  las sierras menores de Cazorla, Segura y las Villas y Baza, y allá a lo lejos la Sierra de la Sagra, la más alta de todas ellas. El pico del Caballo guarda la espalda del Encapuchado, elevándose sobre  los valles de Lecrín y Guadalfeo, cercados por la sierras de Lújar, Cázulas y la Contraviesa, que vigilan el mar.

         El reino de Granada al completo se extiende a sus pies y él desde allí arriba lo contempla.


jueves, 27 de junio de 2013

EL PARRAL DE EL COLORIN





EL PARRAL DE EL COLORÍN



Hacía años que El Colorín le vendió el parral a su vecino. Llegaron a un acuerdo: él necesitaba dinero para afrontar su vejez y el vecino quería ampliar su finca para cuando sus hijos fueran mayores.

         Negocio razonable planteado así, pero el trato fue mucho más explícito:

         -Mire usted, tengo más de setenta años y una pensión muy escasa. Como soy viudo y no tengo hijos, si quiero que alguien me cuide voy a tener que pagarlo; además, quiero darme algunos caprichos y disfrutar un poco de la vida. El problema es que  yo no quiero perder mi parral, se lo vendo muy barato pero con la condición de seguir usándolo yo mientras viva.

         Puso un precio mejor que razonable: lo que para él solamente era un parral, para el vecino era la ampliación de su finca que en el futuro sería parcela urbana. Llegaron a un acuerdo y, satisfechos los dos, se llevó a cabo la venta con las condiciones que el labrador imponía: para el vecino la nuda propiedad, para el labrador el derecho real de  usufructo,  quedando todo bien registrado.


         Las dos fincas estaban en una ladera, justo donde el monte dejaba de serlo, para convertirse en vega. En la parte más alta estaba  el parral, una gran franja de terreno que además de las parras tenía algunos árboles frutales y una pequeña huerta; abajo quedaba la casa del vecino con su gran jardín y su piscina.

         Desde allí los vecinos  veían al hombre trabajar en su campo todos los días del año. Prácticamente vivía allí, a su casa del pueblo solo iba a dormir en invierno: no le tenía mucho aprecio a esa casa que su esposa heredó de sus padres y que sería para sus sobrinos cuando él falleciera. La choza que tenía en el parral para los aperos, a simple vista, no reunía muy buenas condiciones de habitabilidad, con su tejado de uralita y las paredes sin encalar, casi una ruina, pero al hombre  le gustaba dormir en el campo, solo las tormentas y las heladas lo hacía volver al pueblo, el resto del tiempo allí se quedaba.

         Tuvieron una buena relación los dos vecinos. El labrador solía llevar a los de abajo grandes cestos de los mejores frutos de sus árboles, presumía de hacer la recolecta en el momento óptimo de maduración. Los albaricoques eran los mejores de toda la vega y bien orgulloso que estaba de ellos. Por su parte, el vecino le ayudaba en todo lo relacionado con los “papeles”, para él lo asuntos oficiales eran una amenaza inquietante de la que no sabía defenderse y se sentía tranquilo con la protección de su vecino. Con esa buena y respetuosa vecindad convivieron bastantes años, los que vivió el labrador.

         Un día de invierno las campanas de la iglesia del pueblo avisaron a sus paisanos que El Colorín había muerto. Sus vecinos y algunos parientes le dijeron adiós con respeto según la costumbre y le dieron sepultura.

         Dejó pasar el vecino un tiempo prudente y, tras las gestiones legales pertinentes, tomó posesión del que era su parral.  Para unirlo a su finca contrató  una cuadrilla de confianza para  la ejecución de las reformas, a   la que  dejó claro los resultados que le interesaban: eliminación del parral, respetando los árboles frutales y demolición de la caseta.

A primera hora de la mañana, del primer día de las obras, el maestro se presentó en la casa del dueño del parral reclamando su presencia para ver algo que habían encontrado. Según la cara de circunstancias que traía el hombre, lo menos que se esperaba el dueño era encontrar el cuerpo de  un paisano enterrado desde Dios sabe cuándo, o cualquier resto fosilizado de algo que vivió hace  hace millones de años y que lo único que iban a hacer ahora era entorpecer  y echarle a perder los proyectos que tenía para el terreno. Le temblaban las piernas de pensar lo que se le podía venir encima, ya veía una invasión de arqueólogos, policías, periodistas y  autoridades enredando por la  parcela.

En ningún momento se le ocurrió pensar que podía ser cosa de El Colorín, al que él siempre había considerado un hombre cabal, serio y prudente  y un trabajador incansable, como prueba el hecho de que estuvo trabajando  en aquel parral hasta el último día de su vida.

En la puerta de la cabaña estaban los otros dos albañiles que componían la cuadrilla del maestro. Algo los divertía mucho porque hacían comentarios y se reían a carcajadas. Aquellas risas, lejos de tranquilizarlo, le despertaron la curiosidad más todavía: ¿qué había dentro de la caseta que tanto les divertía? El maestro, al llegar, riéndose también, empujó la puerta, que se abrió totalmente, y con la mano señaló hacia el interior.

El hombre no podía creer lo que estaba viendo: donde debía de haber un cuarto de aperos rústico, había una alcoba de casa de muñecas con su cama en el centro vestida de raso brillante en  color rosa, adornada con una colección de cojines con forma de corazón de distintos tonos morados. Un par de lamparitas daban luz indirecta, y una alfombra de peluche rojo ocultaba prácticamente la totalidad del suelo de cemento basto. Las paredes de bloques de hormigón sin enlucir estaban cubiertas de almanaques con fotos  de mujeres con poca ropa, tan hermosas como anticuadas. Quién iba a decir que aquel hombre de campo, bajito y viejo, tenía en el parral  un nido de amor encubierto, con todo lujo de detalles.

Los vecinos veían a veces algunas mujeres por allí, pero daban por hecho que se trataba de familiares que venían a ayudarle. Por la edad que tenía el hombre a nadie se le hubiera ocurrido atribuirle otras intenciones.

Con todo el dolor de su alma el hombre ordenó desmantelar el nido de amor de su vecino. Tuvo que superar un cierto sentimiento de culpa por lo que él consideró que era una falta de respeto a la memoria de su fogoso vecino.

Nuevas sorpresas aguardaban aún al dueño del parral: el legado de El Colorín tenía más problemas de lo que se esperaba. El concepto de vecino intachable que se había labrado a lo largo de los años estaba a punto de volverse del revés. En unos cuantos días se habían de producir ciertos acontecimientos que dirían más de su vida y costumbres que lo que dejó ver en su andar por el mundo. Cuando su tiempo se acabó fue cuando se conoció de verdad a aquel gitano fino y  bajito, trabajador y honrado, que fue un galán en su juventud y también en su vejez.

Después de los descubrimientos el dueño ya no abandonó el parral; se quedaba allí mirando cómo trabajaban los hombres, incluso, si hacía falta, echaba una mano. Quería estar cerca si se producían nuevos “hallazgos”. Pero esta vez las sorpresas no estaban dentro del parral, aunque sí estaban relacionadas directamente con él.

         Lo que nunca hubiera imaginado es que aquella mujer madura, fuerte y bien plantada, que se presentó en el parral una mañana, llevara  en sus manos otro sobresalto proporcionado por El  Colorín.

La señora preguntó por la persona responsable de aquellas obras y el dueño se presentó como tal.

-¿Quién le ha dado a usted permiso para entrar en mi parral y tirar la caseta?

-Perdón, señora, este parral no es suyo.

-Este parral es la herencia que me ha dejado a mí El Colorín y aquí está el testamento.

De poco sirvieron las explicaciones del hombre sobre la propiedad de aquella parcela, ella no estaba dispuesta a creerlo en absoluto, se fue de allí dispuesta a hacer caer todo el peso de la ley sobre el intruso.


A los pocos días recibió la visita del abogado de la mujer al que le tuvo que mostrar las escrituras de compraventa y la Nota Simple del Registro de la Propiedad que  había tenido la prudencia de obtener tras la visita de la señora.

El abogado, por su parte, explicó que el documento que tenía la mujer era un testamento ológrafo emitido, por supuesto, muchos años después de haber vendido el parral. En él, El Colorín la nombraba heredera de sus bienes, consistentes en un parral que no tenía y una casa que no era suya. Ambos habían llegado a un acuerdo, él la nombraba heredera de sus bienes  y ella a cambio le otorgaba sus favores sexuales mientras los necesitara.


La señora por fin se enteró de que había sido estafada,  aunque solamente en la parte económica, porque  según la maliciosa lengua del abogado, a pesar del engaño, la cara de la mujer se iluminaba con una sonrisa nostálgica cada vez que se hablaba de El Colorín.  

martes, 9 de abril de 2013

FELICIDADES




FELICIDADES


Yo nací el día del cumpleaños de mi padre, vine al mundo como si  fuera un regalo para él  y durante mis primeros 28 años, compartí su entusiasmo por este día de fiesta. 
A partir del cumpleaños número 29, me ha tocado echarlo de menos,  y desde entonces mi primer recuerdo cada 9 de abril ha sido para él. ¡Felicidades papá! aquí estoy cumpliendo 63 años el mismo día que hace 107 que tú naciste.

jueves, 4 de abril de 2013

A LA MEDIDA



A LA  MEDIDA



El hombre había cumplido cincuenta años y llevaba treinta  en aquel pueblo perdido de la comarca más pobre de la provincia. Había llegado a la localidad con su flamante destino en la Caja Provincial de Ahorros, el primer puesto que ocupó fue el de Auxiliar de Caja. Por su formalidad y su buen trato se ganó el afecto de los clientes y de los jefes.

Se labró una buena reputación mientras crecía entre arqueos y balances, cada papel a su sitio y siempre la caja cuadrada al céntimo, tan correcto y tan prudente  que a nadie le extrañó que con veinticinco años fuera nombrado el director de sucursal más joven de la entidad.

Su novia de siempre se sintió orgullosa de casarse con aquel muchacho que había llegado tan alto en tan poco tiempo, y formaron una preciosa familia a la que pronto llegaron tres niños que dieron sentido a su vida.

Todo transcurría según se esperaba de él: sus hijos crecían, su mujer engordaba y él se quedaba calvo, todo dentro de lo natural. Prudentes en los gastos, ahorraron suficiente para poder enviar a sus hijos a estudiar a la capital; como eran tres, compraron un piso en un barrio popular y allí instalaron a sus niños, después de conseguir un préstamo hipotecario de los que la Caja ofrecía en condiciones preferentes para sus empleados, pero a pesar de eso su economía se resintió entre las cuotas del préstamo y los gastos de los hijos, se vieron obligados a  ajustarse un poco para poder cumplir. Por el futuro de los hijos cualquier sacrificio valía.

Con los hijos fuera de casa la vida se volvió aún más monótona, ella con sus actividades parroquiales y él en su oficina. Un par de sábados al mes iban a la capital a llevarles fiambreras y fiambreras llenas de las comidas preferidas, a cada uno la suya, que la madre conocía bien a sus hijos. Se daban una vuelta por los grandes almacenes para comprar cualquier cosa que les hiciera falta  y volvían al pueblo en el mismo día, con los bolsillos vacíos pero contentos porque así es como tenía que ser. Y el domingo a misa, una cerveza en el bar de la plaza y a la casa a comer, a dormitar en el sillón y por la tarde a ver el partido en la televisión. Y el lunes a la oficina para seguir la rutina, una vida tranquila para un hombre tranquilo.

Precisamente un lunes por la mañana, cuando más desprevenido estaba, entró por la puerta de la oficina un huracán que pondría su vida patas arriba. Era joven, como de treinta años, y muy guapa. Era la nueva limpiadora que venía para concertar el horario del servicio y él, en cuanto la vio, se dio cuenta de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Fue un flechazo. Su memoria no guardaba registro de un sentimiento parecido, si alguna vez lo había experimentado, el río del tiempo se lo había llevado.

A partir de aquel día vio salir el sol desde la oficina: antes de las siete de la mañana ya estaba sentado en su despacho esperando a la limpiadora. Y los dos solos, una con sus mopas y el otro con sus balances, se  fueron haciendo amigos. Pero un par de horas era poco tiempo para llegar a más, y aquél era un pueblo muy pequeño y no podían verse en ningún sitio sin que saltaran las alarmas de los cotilleos, y si algo tenía claro el hombre era que su mujer no podía enterarse de ninguna manera. Algo tenía que inventar para poder estar con ella. De momento la esposa  estaba conforme con el madrugón, su marido era tan responsable que si el volumen de trabajo lo exigía él no iba a negarse a entrar una hora antes, no era hombre de echarse para atrás a la hora de cumplir.

Extrañamente, no hubo sospechas  cuando se compró una chaqueta negra nueva, al fin y al cabo el traje gris tenía sus años ya; tampoco cuando en primavera cambió la camisa y la corbata por polos de colores llamativos, con su corona de laurel bordada y todo. Incluso fue acogida con agrado la decisión de hacer dieta para soltar unos kilos. Ningún cambio en los hábitos de toda la vida hizo sospechar a la mujer, era tal la confianza que tenía en él que ni se le pasó por la cabeza que algo grande estaba ocurriendo.

Un estado de exaltación permanente se apoderó de él, en su mente no cabía nada que no estuviera relacionado con la muchacha. Fue una temporada extraordinaria que no duró mucho, sin ninguna consideración ella puso fin a la relación cuando le interesó o quiso, y él con el corazón destrozado pero con resignación cristiana se despidió de la felicidad dando por finalizada la etapa más interesante que había de tener en su vida. Para purgar por su culpa y ahogar su pena, se refugió en la fe inquebrantable de su esposa, con sus ritos, sus liturgias y sus caridades, y junto a ella se convirtió en el feligrés más activo de la parroquia, devolviendo la rutina a su vida a base de rezos y catecismos.

Aunque de sus sueños nunca desapareció la muchacha y el recuerdo de sus tardes de amor volvía una y otra vez, agradecía el perdón del confesionario, que por el viejo truco del más sincero arrepentimiento, le había dejado la conciencia limpia, sin asuntos pendientes  para el Juicio Final.

Pero los asuntos de los hombres son más exigentes con las culpas que los de Dios, y él, en aquel tiempo loco de los amores,  había tomado algunas decisiones que le pasarían factura más tarde o más temprano.

No le fue difícil alquilar un apartamento en la ciudad, justo en el extremo opuesto al barrio donde vivían sus hijos. Tampoco tuvo problemas para justificar su  ausencia del pueblo todas las tardes culpando a  los engorrosos cursos de Adaptación a las Nuevas Tecnologías, con los que los martirizaba la Caja periódicamente. Y alguna vez, inmerso en esa dinámica de excusas y coartadas, se le ocurrió la temeridad de completar sus ingresos, que no alcanzaban para tantos gastos, con pequeñas ayudas que sacaba de de algunas cuentas que dormían en el seno de la entidad, cuyos titulares eran personas de edad avanzada que confiaban plenamente en él. No tenía intención de robarles -él era honrado aunque en aquel tiempo estuviera poseído por una fuerza mayor-, su propósito era ir devolviendo el dinero a sus dueños cuando cobrara la productividad o las pagas extraordinarias, no se trataba de mucho dinero, lo devolvería pronto y no tenía porqué enterarse nadie.

El destino, mucho más exigente que los curas, no lo perdonó y, sin previo aviso, le plantó una auditoría interna en la oficina que descubrió el pequeño desfalco sin que él pudiera evitarlo.

            Un miedo imposible de dominar se apoderó de él: no dormía, apenas comía, se sentía enfermo. No sabía a qué le temía más, si al juicio familiar o a las consecuencias a nivel de la empresa. Se lamentaba de su desgracia: ¿Cómo se le había ocurrido cometer aquel disparate?  Él, que se había dedicado toda la vida en cuerpo y alma a aquel trabajo, cuya honradez había sido su santo y seña, que no había faltado ni un solo día a la oficina,  ¿qué iba a hacer si lo despedían? Ahora se lamentaba de haber cometido todas aquellas locuras. No quería renegar de lo que había vivido porque era lo mejor que le  había pasado como hombre, pero qué caro lo iba a pagar. Llegó a pensar en el suicidio, pero también era pecado, y éste era imposible de confesar por razones de tiempo.

Suspendido de empleo y sueldo, pasó los días previos a la visita a la Sede Central meditando sobre todas esas cosas en su casa y rezando en la iglesia, la única persona con la que podía desahogarse era el cura del pueblo, con el que se había confesado cuando lo dejó plantado la muchacha. Entonces y ahora, buscó refugio en la iglesia y en aquel hombre que, obligado por el secreto de confesión, nunca lo iba a delatar. También a él lo eligieron como testigo ajeno a la empresa los instructores del expediente de castigo.

La Junta de Personal, después de reunirse, analizar las pruebas y escuchar a los testigos, emitió el informe correspondiente que pasó al presidente de la entidad, que  tenía la potestad de resolver. Y resolvió.

            Solo en la sala de espera, pedía a Dios que le diera un infarto y así no tener que entrar al despacho del presidente, pero tenía un corazón muy fuerte, que aguantaba la velocidad de los latidos sin fallar. Sin duda su muerte no iba a ser por miedo, porque tenía todo el del mundo y  la muerte salvadora no quería venir en su ayuda.

            Cuando se vio sentado ante aquel tribunal, le pasaron por delante todos los acontecimientos vividos en los dos últimos años, como si fuera una película de Almodóvar: no se reconocía a sí mismo, ni a él le iba haber protagonizado aquella historia de amor loco, ni él era un ladrón, ni él podía encontrarse en aquel momento ante el presidente de la Caja, la Junta de Personal en Pleno,  y los representantes del Comité de Empresa, dispuestos todos ellos a condenarlo a la hoguera de la humillación, para su escarmiento y advertencia al personal.

            Se extrañó cuando lo saludaron todos amablemente y el presidente se dirigió a él por su nombre y le dijo que estuviera tranquilo, que ellos estaban haciendo su trabajo  y no tenían nada contra él. Le pidió que lo escuchara atentamente y le largó un discurso que más parecía una regañera que una sentencia.


Dijo que tanto los compañeros como el sacerdote en su testimonio habían  manifestado que era una persona excelente, sin tacha, querido por todos y con una magnífica reputación entre los clientes. También dijo que  todos los miembros de aquel tribunal estaban seguros de que tenía la intención de  devolver las cantidades sustraídas. Por lo que, como se trataba de cantidades pequeñas, y conociendo su trayectoria como la conocían, habían acordado resolver el expediente con amonestación y sin despido. Se le tramitaría un crédito personal para restituir el dinero a sus propietarios y se zanjaría  el asunto con un castigo consistente en la degradación de la categoría de Director de Oficina, por pérdida de confianza, pasando a ocupar el puesto de  Administrativo con destino en la misma sucursal. 

Y finalmente manifestó la enorme decepción que él mismo y los demás miembros del equipo directivo habían sentido al saber que había quebrantado el principio de honradez que la empresa exigía, siendo totalmente incomprensible para ellos que un hombre de su edad, buen cristiano y con unos hijos ya mayores, hubiera puesto en peligro su futuro y el de su familia por una locura de esa índole.

            Tardó un rato en comprender el significado de la resolución, y, cuando se dio cuenta de que se había salvado, un agradecimiento inmenso se apoderó de él, y sin poderse controlar se lanzó sobre la mesa y cogiendo de las manos al presidente, llorando como un niño le dijo:

            “¡Gracias, gracias, muchas gracias! ¡Es usted un padre!  Le prometo que voy a rezar todos los días  para que nunca se le cruce a usted un   `chochico´ a su medida!”




sábado, 5 de enero de 2013

La Noche de Reyes











LA NOCHE DE REYES

      Tendría la niña cerca de cinco años y todavía era la más pequeña de cuatro hermanos, por poco tiempo, porque unos días después nacería su hermanito pequeño, el mismo que más tarde se convertiría en pintor.

     Aquel año los alumnos del curso Preuniversitario del colegio de Los Escolapios, donde estudiaban los hermanos de la niña, habían ideado un negocio simpático con el fin de obtener dinero para financiar su viaje de estudios: no era otra cosa que una particular cabalgata de reyes que llevaría los juguetes a domicilio a los alumnos pequeños y a sus hermanitos.

     El padre, gran aficionado a este tipo de festejos y funciones para los niños, no dudó en contratar al grupo de muchachos y organizar una emocionante fiesta de Reyes en su casa. Dado lo pintoresco del evento, la casa se llenó de gente, acudiendo tíos solteros, vecinos y todo tipo de amistades, que crearon un ambiente de expectación y algarabía extraordinario, como extraordinario iba a ser el momento: ¡ni más ni menos que los Reyes Magos de Oriente iban a visitar aquella casa e iban a entregar personalmente los juguetes a los niños!

     Y allí estaba la niña escondida detrás de la cortina del pasillo, con la ilusión propia del día, pero esta vez incrementada con un sentimiento de miedo y preocupación por el valor añadido de la presencia de Sus Majestades. No en vano los mayores  se habían encargado de hacer todo tipo de cábalas sobre el daño que iban a hacer los camellos en los muebles de la entrada, o sobre la posibilidad de que no cupieran por la puerta, o incluso, que a alguno de los niños no le vieran y no le dejaran nada por no estarse quieto.

     Simultáneamente se apagaron las luces de la casa y se oyeron grandes ruidos por las escaleras, la niña comprendió que el gran momento había llegado y se enrolló aún más en la protectora cortina, dejando abierto un pliegue por el que, con un solo ojo, vio cómo entraban extraños personajes con ropas brillantes, coronas y turbantes. Incluso le pareció ver algún camello, pero lo que sí llegó a ver claramente fue la carga maravillosa de regalos que traían los pajes.

      Se hizo el silencio entre los mayores que esperaban las reacciones de los niños con interés. Siguiendo el protocolo Gaspar entregó los regalos a un hermano y Baltasar a los otros. Todo estaba saliendo según lo previsto hasta que el rey Melchor se dirigió sonriente a la pequeña con su regalo en la mano. En ese momento, en ese preciso momento, se oyó una voz infantil clara y chillona que, congelando el aire de la noche, dijo: 

      ¡¡¡Mentira, “bustero”, que tú eres Paquito Parera!!!

     Frase que ha perseguido a la niña y al fracasado Melchor el resto de sus vidas.