martes 4 de octubre de 2011

LOS NOVIOS


LOS NOVIOS


            Hoy los he visto parados  en un semáforo, ella ha intentado cruzar antes de que saliera el muñeco  verde, y  él se lo ha impedido sujetándola con dulzura para que no la pillara un coche,  con una mano la cogía  por un brazo y con la otra la rodeaba por los hombros y la atraía hacía si para darle un beso de película, largo, largo, mientras la abrazaba amorosamente.

        Después, ya con la seguridad del semáforo abierto, han cruzado alegremente la calle, ella enganchada de su brazo, tranquila y segura, él hablando mucho  y sonriendo, quizás explicándole cosas que él sabe y ella no, o igual ella también las sabe, pero no sabe contarlas como lo hace él. Al fin y al cabo ella ve muy poco y él ve de maravilla, será por eso que lleva la cabeza gacha, mirando al suelo mientras anda, para no tropezar; por el contrario, él va con la cabeza levantada, mirando al cielo y moviendo mucho su mano, que parece que vuela, dando énfasis a su discurso.

         Y se han alejado entre los árboles del bulevar, con sus bolsos al hombro y sus corazones llenos de ilusión, soñando con un futuro feliz juntos, un futuro en el que hasta hace muy poco no podían pensar.

        Lo hemos visto en el cine, lo hemos leído en la prensa, sabemos bien los avances que para esas personas ha proporcionado el progreso social, pero yo hasta hoy no había visto una pareja de chicos con Síndrome de Down, abrazados por la calle viviendo su feliz normalidad. Y con lágrimas de emoción y ¿por qué no? de orgullo y agradecimiento, he continuado mi camino.

miércoles 10 de agosto de 2011

Los Secretos





          Yo me enamoré de Enrique Urquijo, cuando llevaba siete años  muerto. Suena raro, pero así fue, no pude enamorarme cuando estaba vivo, sencillamente porque no supe de su existencia, y eso, que durante los años ochenta y noventa, según he sabido después, él, su grupo y unos cuantos más eran los reyes del panorama musical español, y protagonistas directos de la famosa Movida Madrileña. Pero en aquellos años  yo, aunque estaba viva, no estaba en el mundo o, por lo menos, no estaba en el mismo mundo que él y todos los demás.
        Porque las mujeres de mi generación también hemos pagado un alto precio por vivir. Nosotras: las autosuficientes, las que  nos hicimos dueñas de nuestras vidas a base de hacer lo contrario que nuestras madres, las que rompimos la barrera del sonido compaginando maternidad y trabajo, nosotras las súper-woman, que teníamos que demostrar que podíamos con todo y  en todos los frentes, las que ahora no nos tose nadie, porque no debemos nada a nadie;  pues resulta que nos lo debemos a nosotras mismas, porque  se nos fue una parte de la vida demostrando lo capaces que éramos y se nos pasó de largo el tiempo de los demás sin enterarnos siquiera.
        Solo tuve tiempo para trabajar y opositar a puestos superiores, parir y criar a dos niños, escuchar a Sabina y el jazz que cabía en el trayecto de casa a la oficina y de la oficina a casa,  ir a los conciertos de San Miguel Ríos (que no me perdí ni uno y gracias a él me salvé) y por fin volví a leer un libro en 1986 (El nombre de la rosa), desde 1983 no había pasado del segundo párrafo del primer capítulo de cualquier cosa que cayera en mis  manos.
        Pero no os preocupéis, a partir de los cuarenta y cinco no me he perdido nada que no quisiera perderme, y he investigado los tiempos pasados en la inopia, y por eso he conocido a Enrique Urquijo, sus bandas y sus canciones, y a todos los demás de la época. Y ahora hago lo que me da la gana, los lunes son mis domingos y los martes mis sábados, porque sí, porque lo digo yo, y además esos días viene Carmen y yo no tengo nada que hacer, y los miércoles y los jueves son domingos también y los viernes son sábados.
        Y esto es lo que hay ¡Que me lo he ganado!

sábado 21 de mayo de 2011

El valor, el perdón y el Cuarto Mandamiento



El valor, el perdón y el Cuarto Mandamiento

La mujer joven miraba a la otra trabajar mientras le daba el biberón a su niño. Le gustaba ver cómo le limpiaba la casa, porque lo hacía con una maestría envidiable, más que limpiar, desinfectaba. Y ella se admiraba de que siendo tan joven trabajara de forma tan profesional y tan seria. Algunas veces se iba a otra habitación para dejarla trabajar en paz, no quería que pensara que la estaba vigilando, entonces la limpiadora la llamaba:

-¡Jefa, vente conmigo, que me aburro!
-¿Cómo te vas a aburrir con el ritmo que llevas trabajando?
-Es que me gusta que estés ahí mirando, ¡venga enciende un cigarro y nos lo fumamos a medias!

Ella se sentaba en  una silla que colocaba en el fondo del pasillo y desde allí  veía las puertas de las habitaciones en las que la otra se afanaba en su lucha particular  contra  la suciedad, armada de cepillos, trapos, lejías  y cubos de agua clara, dejando a su paso una estela brillante de orden y olor a limpio. Lo mismo limpiaba cristales que arreglaba un enchufe, quitaba el polvo al televisor, cambiaba una bombilla fundida o cosía el bajo de la cortina que se había caído, eso sí: siempre por parejo, había una frontera clarísima entre lo que ya había limpiado y el resto, todo a destajo, sin dejarse nada atrás. En sus idas y venidas a cambiar el agua se pasaba por la silla de la jefa y le daba caladitas al cigarro, sin escuchar las súplicas de la mujer joven para que se sentara a fumar tranquila.

-Me sentaré cuando termine, no antes.
           
Seguía el mismo ritmo limpiando y hablando; su lengua, igual que toda ella, no descansaba nunca. Tenía una conversación amena, y entre anécdotas y chistes le iba contando su vida.  Al principio se limitaba a contar lo cotidiano. Así se enteró la jefa de que no iba a estar con ella mucho tiempo, esperaba volver a la  empresa de servicios, de donde había sido despedida de forma coyuntural, mientras se recuperaba el contrato para limpiar los quirófanos y demás zonas aisladas del Hospital, que habían perdido en el último concurso. El jefe les  prometió que volvería, él sabía que como limpiaba su equipo no lo haría nadie; su equipo, lógicamente, eran ella y su hermana. Y exactamente así ocurrió unos meses después.
Sólo tenía veintiséis  años y ya se había ganado el respeto de la comunidad de vecinos, donde ella y su hermana eran propietarias de un piso. Lo habían comprado muy barato porque nadie quería ir a vivir a aquel barrio marginal donde ni la policía se atrevía a entrar. Las cosas que contaba de sus vecinos ponían los pelos de punta al más valiente. Pero a ellas no les daba miedo de nada ni de nadie, bastante miedo habían pasado en su infancia. Aunque eso no lo sabría la jefa  hasta que conociera la trayectoria  vital de las dos jóvenes, y para eso tendrían que pasar muchas horas de limpieza y confidencias.
Como la paciencia es una virtud y las casas no se empiezan por el tejado, lo que corresponde ahora es volver al pasillo donde, con el niño en brazos, la mujer joven recibe las primeras lecciones de vida y coraje. 
No fueron muy bien recibidas por la comunidad aquellas dos muchachas guapas y con un niño de nueve años, la mayor era madre soltera y eso en aquellos tiempos y en según qué ambientes no era muy buena carta de presentación. Por un lado las mujeres las miraban con recelo y por otro los hombres no se cortaban en mirarlas como futuras presas,  pero ellas supieron con paciencia cambiar los prejuicios de las mujeres y  poner a los hombres en su sitio.
Las ocasiones para conocer bien a sus vecinos vinieron de la mano de las reuniones de la comunidad de propietarios, a las que ella asistía sola porque su hermana no se consideraba competente. A esas alturas ya se había constituido como cabeza de familia a pesar de ser la menor.
Su bautizo de fuego en esos menesteres lo recibió en la primera reunión en la que participó y donde, nada más entrar, encontró a los asistentes discutiendo acaloradamente, tanto que hasta se oían amenazas de muerte. El motivo de la disputa era la necesidad de adecentar las zonas comunes: unos lo veían como imprescindible y otros no estaban dispuestos a gastar ni un céntimo. Distinguió rápidamente dos bandos: los vecinos normales, trabajadores como ella, y el grupo de miserables que encabezaba el Titi, personaje con claro perfil carcelario, que cuando no estaba recluido, vivía  en un piso con  una mujer flaca y mal encarada y unos cuantos hijos bastante gamberros, responsables, según los vecinos, de la mayoría de los destrozos de la escalera. Solo se trataba de unas cuantas manos de pintura y algunas reparaciones, pero no era posible un acuerdo, por lo que antes de que corriera la sangre, se optó por dejarlo como estaba y la reunión acabó sin resolución ninguna.
Aquel fin de semana sin decir nada a su hermana, hizo acopio de todo lo necesario y, entre las seis y las diez de la mañana del domingo, pintó, limpió, sustituyó lámparas fundidas y reparó todo lo que pudo, dejando la escalera como nueva. El primer vecino que salió la sorprendió recogiendo los útiles y herramientas. Ella le dio los buenos días y se metió en su casa contrariada, pero ya no se podía esconder, sus valores fueron publicados a los cuatro vientos y a partir de ese día contó con el respeto y la admiración de sus vecinos.
Tardaron pocos días los niños del Titi en volver a ensuciar la pared del portal con pinturas obscenas. Algún valiente pidió al padre que arreglara el estropicio, a lo que éste respondió que no era su problema y que él no le había pedido a nadie que limpiara su rellano porque le gustaba como estaba antes. Ella esperó al fin de semana y se levantó como el domingo anterior de madrugada, pintó de nuevo la pared del portal y fregó el suelo de toda la escalera; y con el agua sucia de la fregona, aceite de freír pescado, la ceniza del cenicero y algún que otro residuo orgánico que vamos a mantener en secreto, hizo una mezcla con la que pintó con esmero la pared de la puerta del piso del Titi, y se fue a su casa a descansar tranquilamente. Contra todo pronóstico el Titi no dijo nada, pero a ella en la siguiente reunión los vecinos la nombraron presidenta de la comunidad para siempre.
Había algo extraño en ella, algo que la mujer joven no entendía,  ni el oficio, ni el entorno parecían ser los correspondientes, era una persona educada incluso bastante culta, algo no encajaba, cualquier muchacha como ella no pisaría ni el autobús en el que ella se subía todos los días. No se avergonzaba en absoluto de vivir en aquel barrio, allí se sentía segura, pero si alguna vez se hacía tarde y la jefa se ofrecía para llevarla  a su casa se negaba en redondo:
-¡Ni se te ocurra! ¡Como que te crees tú que vas a salir de allí con el coche entero! A mí me respetan, pero yo no puedo garantizarte que tú puedas salir como has entrado.
        La jefa, como ella la llamaba, escuchaba esas historias y, entre preguntas y risas, iba conociendo a una de las personas con más valor que se había de encontrar en la vida. Hasta entonces no había tenido la oportunidad de aprender de primera mano la crueldad con que la vida trata a algunas personas, y cómo la determinación y el coraje sirven para salir de las peores agonías y dar la vuelta al destino.
Se apreciaba fácilmente que entre el mundo en el que había nacido y en el que vivía había un abismo. Por alguna razón, ella había escapado de una vida, que sin saber si era peor o mejor, se intuía diferente. Unos días hablaba con entusiasmo de su infancia en la estación del tren de un pueblo grande del otro extremo de Andalucía, donde su padre como jefe  tenía  adjudicada una vivienda con jardín; otros días decía que no quería ni acordarse de esa casa, y sin  embargo, explicaba hasta las fechas de fabricación de las locomotoras que dormían en las vías muertas, de las que sabía marcas y modelos. Con toda seguridad, lo que quiera que fuera que le cambió la vida,  ocurrió en aquel escenario.
Pasando los días con sus limpiezas, sus cigarrillos y sus cafés del final de la jornada, se habían hecho amigas y con la confianza había ido dejando al descubierto la historia de su vida, una de esas historias que sólo nos llegan a través de los telediarios y que nunca pensamos que puedan pasar en la puerta de al lado.
El primer dato relevante que conoció la jefa, fue que la madre había muerto cuando ella estaba a punto de cumplir quince años, y que su muerte no había sido natural: la mujer se había suicidado. Por lo visto no había podido superar una depresión que arrastraba desde hacía algún tiempo, y había decidido acabar con su vida una noche, bajo las ruedas chirriantes del Expreso de Barcelona.
A partir de ahí  fue contando experiencias cada vez más traumáticas, tanto que la jefa se desvelaba por la noche pensando en ella, impresionada por la magnitud de los hechos y por  la valentía con que, pese a su juventud, la otra los había afrontado.
-Nos hicimos cargo de la casa mi hermana y yo, ella dejó el Instituto, pero yo seguí porque a mí me gustaba mucho estudiar, y mis profesores decían que era una lástima que lo dejara porque mi futuro era hacer una carrera y como yo quería hacer medicina, me quedaba  por las noches estudiando y no salía con las amigas para aprobar los exámenes, pero me quedaba dormida en las clases. Al final lo dejé todo, pero eso fue por otro motivo.

-¿Y qué motivo era ese?
-No te va a gustar, pero si quieres yo te lo cuento, luego no me digas que te quitan el sueño mis historias.

Y aquella tarde tomándose un café y con su hijo durmiendo plácidamente en sus brazos, escuchó una fea historia, de esas que desgraciadamente ocurren en el mundo más veces de las que habría que desear, y que ella, hasta el momento, solo las conocía por las crónicas de tribunales de la prensa.
Muchas cosas se aclararon para la jefa, por fin comprendió el porqué de aquel proteccionismo maternal hacia su hermana y su sobrino. En todas las conversaciones que han tenido a lo largo de la vida, siempre ha hablado de ellos como una madre cuenta las cosas de sus hijos. Conocía la trayectoria del muchacho a través de los comentarios que con orgullo ella le hacía en cada encuentro: “¡Estaba de guapo vestido de  primera comunión!” “¡Está altísimo y es muy buen estudiante!” “¡Ya es médico!”  “¡Se ha echado una novia estupenda! Lo adoptó antes de nacer, fue un propósito que se hizo desde que su hermana descubrió que lo llevaba dentro y que el novio no daría la cara.
Esa decisión adquirió carácter de compromiso vital cuando aquella horrible  noche la encontró tumbada en el suelo, casi sin conocimiento, con la cara ensangrentada y llena de moratones, y no le hizo falta  preguntar por el autor de la paliza, le bastó con  ver la cara de verdugo de su padre que, todavía con la correa en la mano, se dirigió a ella y le dijo:

-¡Tú!, si no quieres que te dé a ti otra, ve a la cocina y prepara la cena para mí y para tus hermanos.

Hizo la cena como le habían ordenado y se acostó junto a su hermana para no dormir. Aquella noche tan larga dio para toda una vida. La hermana le contó todo lo que la madre y ella habían ocultado por miedo y vergüenza. Conoció el origen de la depresión de la madre, que no fue otro que la impresión que sintió cuando descubrió que el marido había violado a su hija mayor. La mujer abrumada por el peso de una culpa que no era suya, se fue hundiendo en  el silencio, hasta que un día, el valor que no había tenido para enfrentarse a la crueldad del padre desnaturalizado, le sirvió para quitarse la vida.
Cuando reaccionó, después de procesar en su cabeza toda la información que le había dado su hermana, le costó poco tomar la determinación de no resignarse con la vida que le esperaba, y decidió que había que cambiar el destino antes de que el padre acabara con ellas, como había hecho con la madre. Ella tenía dieciséis años y su hermana dieciocho.
El resto de la noche lo pasó rebuscando los ahorros que tenían y preparando una bolsa con ropa de las dos. Con mucho tacto escribió una nota para sus hermanos en la que les decía que recurrieran a su abuela paterna, que apechugara con su hijo y con sus nietos; que las perdonaran, pero que alguna vez las comprenderían. Le costó convencer a su hermana, paralizada por el miedo, pero al final consiguió meterla en el primer tren que salió para cruzarse con el sol en su camino hacia la otra punta de la región, y juntas viajaron hacia el este como podían haber viajado hacia el norte, porque lo único que querían era huir de aquella estación, de aquella familia, de aquella vida.
En el tren viajaban jornaleros que iban a la recogida de la aceituna, familias enteras como era costumbre, y no les costó mucho trabajo enrolarse con ellos, aterrizando en un cortijo donde empezaron a ganarse la vida por ellas mismas; con las manos desolladas y muertas de frío, lejos de su instituto y de sus sueños de estudiar medicina, la una, y con un embarazo de dos meses, la otra; pero ambas convencidas de que, por muy mal que les fuera en adelante, siempre sería mejor que aquello que dejaron atrás, en la casa del jefe de la estación del ferrocarril del pueblo grande de la campiña, al que ninguna de las dos pensaba volver jamás.
La rueda de los días continuó girando, el temor y la incertidumbre dieron paso a las ilusiones y la confianza. Ganarse la vida con las manos no fue tan difícil; dos personas jóvenes, fuertes y trabajadoras, sin miedo ni reparos ante cualquier tarea, salen adelante  ¡vaya que si salen! Recogieron aceitunas, cosecharon judías verdes, espárragos y cerezas, cuidaron las ovejas, después limpiaron la casa de los cortijeros, y con ellos se fueron a la capital de la provincia de empleadas del hogar. Haciendo los trabajos que nadie quería hacer, y haciéndolos bien, se abrieron paso en una ciudad desconocida las dos niñas, sin más titulo que su voluntad y su determinación por cambiar las cosas que tan torcidas se le habían presentado.
Ahora, que han pasado más de treinta años desde aquellas tardes de limpieza y confidencias, las dos mujeres se ven con frecuencia en las consultas de los médicos que   es lo que toca. En el último encuentro la que fue la jefa recordando la historia de su amiga sintió curiosidad y le preguntó por su padre. Ella respondió dando un respingo y abriendo mucho los ojos,  con una expresión desconcertante, como si quisiera demostrar que se alegraba de que le hicieran esa pregunta dijo:

-¡Se murió el “hijoputa”!

Cuando le avisaron sus hermanos que estaba en las últimas y que pedía que llamaran a sus hijas, decidió ir a verlo y se puso en camino con una  urgencia por volver al pueblo solo comparable a la que sintió hace cuarenta años por salir de él. La hermana no quiso acompañarla, no quería darle la oportunidad de pedir perdón, sin embargo ella se lanzó a la carretera como loca, deseaba que los kilómetros fueran metros, porque no quería llegar tarde, quería pillarlo vivo a toda costa. Y vivo estaba cuando llegó, gracias   a los cables y a los tubos que lo conectaban a las máquinas retrasadoras de la muerte. 
Al entrar en la habitación y comprobar que la piltrafa humana que había en aquella cama era lo que quedaba de aquel hombre fuerte y potente, que sometía a su servicio a todo y a todos, estuvo a punto de sentir lástima; con la boca sin dientes abierta buscando un aire que ya no era para él, respirando gracias a que unos tubitos que le salían de la nariz afilada le metían oxígeno comprado en el cuerpo y escapándosele la vida por unos ojos que suplicaban perdón. Verlo así, derrotado y decrépito,  casi le hizo claudicar y ceder en su determinación, pero la sensatez que la caracterizaba y el recuerdo de tantos años de lucha por la vida, la devolvieron al mundo real, y el resentimiento y el desprecio pusieron orden a la situación. Salió al pasillo e invitó a sus hermanos y al cura, que había venido a confesarlo, a que entraran con ella y se acercó a la cama, el hombre extendió la mano para coger la de su hija, pero ella hizo un movimiento de desprecio y con esa misma mano le cogió la oreja, como hacían los maestros antiguos, tirando hacia afuera para que oyera mejor, se acercó y le dijo:
- ¡Que te enteres que no voy a permitir que te mueras sin ponerte en tu sitio! Supongo que le habrás confesado al cura todo lo que has hecho en la vida ¿no?
-Espero que le hayas dicho que maltratabas a tu mujer y a tus hijos y le habrás contado que fuiste la causa de que perdiera la razón hasta llegar al suicidio ¿verdad? O quizás no le has confesado, al cura y a mis hermanos, que además de darle palizas bestiales también violabas a tu hija mayor y que amenazabas a tu mujer con matarla si te denunciaba. Por si no lo has confesado, que sepas que yo he venido solo para decirte, porque se lo debo a mi madre, que nosotras no te hemos perdonado ni lo vamos a hacer, que no te vayas tranquilo, que no se nos ha olvidado lo que hiciste y que mientras vivamos te vamos a recordar como el verdugo indecente que has sido.
Le soltó la oreja con desprecio, y al salir de la habitación le dijo al cura:

-¡Perdónelo usted si quiere!

El pobre cura, sin saber donde se metía, le recordó que era su deber perdonar y que había que cumplir con el Cuarto Mandamiento, a lo que ella respondió sin cortarse:

-¿A que le parto la cara?

Una vez más, y esperemos que no sea la última, la jefa recibió la correspondiente lección de vida y coraje de parte de la que fue su empleada.  Y con todo el cuidado y el respeto posible, ha tratado de contar aquí su singular historia que, sin duda, es digna de ser divulgada para admiración de propios y extraños.

martes 10 de mayo de 2011

Bola: mi perrita




Hoy se ha terminado la vida de mi perrita Bola, no ha llegado a cumplir los siete años de edad, ha muerto en la mesa de operaciones donde, Manolo y Jorge sus veterinarios, trataban de extirparle un tumor, que ha resultado ser múltiples tumores que habían invadido su cuerpo pequeño. Se ha hecho todo lo que se ha podido. Lo siento Coquete y Nono, me hubiera gustado que se hubiera detectado a tiempo, pero no ha tenido síntomas y por silencioso ha sido más asesino.
Ya no podremos reír con sus juegos locos y su simpatía, no queda nada más que agradecer la suerte que hemos tenido de que su corta vida la haya pasado con nosotros. La echaremos mucho de menos todos

martes 8 de febrero de 2011

domingo 30 de enero de 2011

sábado 4 de diciembre de 2010

LAS HERMANAS


 LAS DOS HERMANAS

 

A mis hermanos Joaquín, Pepe, Julia y Juan
Pido perdón a los lectores porque esta historia me ha salido muy larga


Muy a su pesar las dos hermanas vivían juntas, pero así es como han sido las cosas toda la vida: las hermanas solteras han de mantener el  núcleo familiar de los padres porque eso es lo que Dios manda. ¡Buenas eran ellas para hacer algo que contraviniera el orden natural de las cosas!

Su vida estaba marcada por el hecho de no haberse casado, este era un estigma insuperable, ellas no eran como las demás mujeres: no, ellas eran “solteronas”, con todas las consecuencias que esa palabra tenía en el mundo provinciano y decimonónico en el que vivían y que no tenía ninguna intención de cambiar, aunque el siglo veinte hubiera superado ya su primera mitad.

Ninguna de las dos eligió su trayectoria. La vida les negó el beneficio de la independencia y siguieron en la casa familiar atendiendo a su madre hasta el final, para alivio de los demás hermanos

Totalmente diferentes, eran el ejemplo puro del antagonismo, si se pretendía hacer dos personas sin nada en común no pudo salir mejor. No se parecían en nada ni por dentro ni por fuera y, sin embargo, tuvieron que compartir el mismo destino.

La mayor, aunque tenía poco que agradecer a la naturaleza, tuvo su oportunidad en forma de novio terrateniente cuando ya rondaba la treintena. Era un hombre idóneo  para ella, el que la hubiera llevado de reina de la parroquia a un pueblo serrano donde, entre matanzas y dulces de Semana Santa, hubiera cumplido sus sueños cortijeros. Pero una fatal asociación de la naturaleza cruel y el destino fatal se lo llevaron de este mundo cuando faltaba una semana para la boda. Las malas leguas de la comarca afirmaron, durante mucho tiempo, que la verdadera culpable  fue la coincidencia  de una  perforación intestinal inoportuna con un cierto familiar político que pudo avisar al médico y no lo hizo. Un cuñado solterón y rico vale más muerto que vivo y casado.

La otra hermana tuvo otra suerte, mala también, pero distinta. Era tan guapa como la más guapa de las estrellas de Hollywood; elegante, trabajadora, habilidosa, los hombres suspiraban por ella y la pretendieron los mejores partidos de la ciudad. Parecía tenerlo todo cuando una enfermedad,  que había sido maldita hasta hacía poco tiempo, la marcó para siempre. De nada sirvió que la recién inventada penicilina, que todavía se compraba de estraperlo, la curara totalmente. Superó físicamente aquel brote de tuberculosis y,  sin embargo, nunca pudo  quitárselo del alma y la dejó estigmatizada para siempre. La poseyó un complejo insuperable que le hacía  negarse a si misma la posibilidad de ser feliz, y poco a poco se fue alejando cualquier oportunidad de formar una familia propia.

Y así fue como se fraguó el destino de las dos hermanas, que tuvieron que vivir la vida entera juntas aunque no sentían el mínimo aprecio la una por la otra; llevándose la peor parte  la menor, que le tocó cuidar de la otra durante los quince años que el Alzheimer tardó en llevársela.

Trabajando duro y sin haberse preparado para ello mantuvieron el próspero negocio familiar sin tener derecho ni a un sueldo mientras vivió la madre, según ella para que querían un sueldo si podían comprar lo que quisieran y en la casa no les faltaba de nada, sólo tenían que pedir y se les permitiría comprar lo que necesitaran; eso sí, siguiendo el espíritu familiar había que buscar lo más barato entre lo barato, y lo que pudiera hacerse en casa ¿para qué comprarlo hecho?, con el convencimiento de que lo mejor y más bueno era lo que ellas hacían, negando así cualquier oportunidad a la calidad.

Tan solo durante el tiempo que el negocio sobrevivió a la madre, los hermanos decidieron asignarles un sueldo, entonces ahorraron y se compraron un pisito en el centro de la ciudad cerca de dos o tres parroquias con solera. Nunca faltaron las voces que afirmaban que venían ahorrando desde hacía mucho tiempo, desde los años dorados de aquel negocio, cuando a cada una en su puesto le pasaban por las manos  los millones que entraban generosa y alegremente en la empresa. Ganancias que ellas administraban cumplidamente rindiendo cuentas a diario a la madre que desde su hamaca se creía que controlaba hasta lo que no controlaba.
                                                              
Considerando su sentido religioso del pecado y la culpa, el temor al castigo divino y el martirio de los remordimientos, es fácil concluir de que no sería muy considerable, si existió, el capital distraído; en cualquier caso nunca pudo llegar a ser muy superior al salario que no recibían, razón qué convenientemente alegada como eximente hubiera sido suficiente para ser declaradas inocentes, por ser de justicia la compensación.

Con sus hermanos tuvieron siempre un trato agradable y respetuoso, en particular con una hermana que era más cercana a ellas en edad, que se casó pronto y trajo a la familia los primeros niños, le ayudaban desinteresadamente siempre que ella las  necesitaba, tanto con los sobrinos  como con las cosas de la casa. Ellas eran jóvenes todavía y no tenían pereza de llevar a los chiquillos a las jugueterías, arreglarles la ropa, ordenar sus cuartos o hacerles dulces.

Pero esos sobrinos no fueron bastante para calmar el irreprimible deseo de  la maternidad; para eso eligieron a sus dos hermanas pequeñas, una a cada una de ellas, y las convirtieron en  objeto de un amor extrañamente maternal, que las llevó toda su vida a protegerlas como si estuvieran en peligro, proyectando en ellas, por medio de esa predilección  enfermiza, no solo su afecto sino también la aversión que sentían una contra la otra, haciéndola extensiva a sus familias y creando  así  dos bandos antagonistas dentro de la misma familia. Afortunadamente los otros hermanos y sus familias quedaron fuera de esta guerra, tanto mejor para ellos.

Una vez que hemos conocido la trayectoria vital de las desafortunadas hermanas, vemos a dar a conocer unos hechos que ocurrieron años atrás cuando aún no eran muy viejas, pero ya empezaban los primeros olvidos a hacer sus estragos.

Por aquellos días una catástrofe natural había asolado Centroamérica. Sin poder precisar si fue huracán, terremoto, volcán en erupción, sequía o inundación, lo cierto es que la muerte y la destrucción se habían adueñado de los vulnerables países de la zona. Como siempre que suceden estos desastres, desde todas las instituciones se estaban haciendo llamadas a la solidaridad de los ciudadanos para remediar los estragos que el fenómeno había causado en la región y, por supuesto, desde las parroquias tratando de ayudar a la gente que lo había perdido todo se animaba a los fieles para que hicieran un esfuerzo de generosidad y donaran toda clase de enseres. Cualquier cosa era buena para enviar, porque todo se había perdido; con lo que se recolectara se fletarían aviones y barcos que partirían hacia el otro lado del Atlántico repletos de cargamentos solidarios.

Y con esas noticias  llegó a su casa una mañana la menor de las dos hermanas, lamentaban las dos las desgracias ajenas con sinceridad, y comentando la petición del cura llegaron a la conclusión de que tenían más muebles de los que necesitaban y sería una buena ocasión para deshacerse de ellos, haciendo de paso una obra buena. Y prepararon un par de colchones, dos camas y varias mantas, que los colaboradores del párroco se llevaron y en pocos días fueron embarcados para cumplir su misión hospitalaria en el continente herido.

Satisfechas de lo práctica que había sido su generosidad,  continuaron su vida, luchando contra la enfermedad, que cada vez la entorpecía más y hacía más difícil la convivencia.

La mujer enferma que siempre fue desconfiada y muy tacaña, perdió la capacidad de disimular estos defectos y se volvió descarada y lo que en otros tiempos fueron indirectas, pasaron a ser acusaciones, unas veces por nimiedades y otras por asuntos de envergadura,  mientras la otra de forma resignada cuidaba de su hermana campeando el temporal como podía.

Sin saber como llegó a ello, comenzó a acusar a su cuidadora de ladrona, la pobre mujer no comprendía al principio qué quería decir, porque aún cuando hubiera tenido la intención de apropiarse de algo suyo, hubiera sido imposible, porque tenía todo escondido en su armario y no soltaba las manos del bolsillo donde guardaba la llave, ni de noche ni de día. Esa postura fue característica en ella toda la vida, pero en los últimos tiempos se convirtió en esperpéntica por su exageración.

Tenía la mujer altibajos y en momentos de lucidez se disculpaba a su modo, pero pronto comenzó a repetirse reclamando su dinero, el que le había robado, que ella lo tenía antes y ya no lo tenía. Tanto lo decía, que la hermana empezó a preocuparse por si se había perdido de alguna forma algún dinero de su hermana.

-¿De que dinero hablas y dónde lo tenías?

-En mi cuarto y ya no está.

Preguntaba y preguntaba, y la respuesta que obtenía era siempre la misma. Lo más extraño era que ella misma había acompañado a su hermana al banco muchas veces a gestionar sus cuentas y nunca había visto que guardara dinero en la casa, no solo tenía  la mujer curiosidad, también le preocupaba la opinión de los otros hermanos por si a alguno le asaltaba la duda. No era probable, pero era posible. Por eso comentó con los hermanos mayores lo que estaba pasando. Ellos le quitaron importancia porque conocían bien de que pie cojeaba su hermana. Se quedó más tranquila considerando que era solamente una manía que se le había metido en la cabeza enferma.

Hasta que una mañana se levantó más lúcida que de costumbre y cuando su hermana le puso el desayuno la miró con una expresión distinta a la habitual y le dijo:

-¿Dónde está la otra cama que había en mi cuarto?

Cuando la otra le dijo que se la habían llevado los muchachos de la parroquia, se puso a chillar con las manos en la cabeza como si se hubiera vuelto loca. Su asombrada hermana no entendía nada, pero fue  hilando las frases entrecortadas que la otra decía sollozando, y comprendió que de alguna forma la cama viajera y el dinero perdido estaban relacionados; hasta que lo entendió: ¡el dinero estaba guardado en los tubos de la cama!

La pobre mujer, que su tacañería no le había permitido disfrutar de su dinero y  llevaba media vida guardándolo  en  aquella cama, acababa de comprender que su mente traicionera le había jugado una mala pasada haciéndole olvidar el secreto escondido durante tantos años y le había despertado el entendimiento solo para darse cuenta de que le había regalado al cura la cama con su tesoro oculto y que ya no tenía remedio, porque a esas horas debía de estar en un barco cruzando el Atlántico para hacer en la otra orilla su particular milagro.

La enfermedad aceleró su proceso a partir de ese día y poco tiempo después acabó con su vida. Y cada cual de  esta historia  sacará sus  conclusiones. Para unos este suceso sería el ajuste de cuentas que el destino le reservó para que no se fuera de esta vida sin pagar sus culpas, ese momento de lucidez que la mente tiene para despedirse   sin dejar deudas pendientes. Para los que, como ella, creen en la vida después de la muerte, aunque sitúen en ese instante el inicio de su purgatorio como los otros, con toda su buena intención lo que consiguen es ponérselo mas difícil todavía,  porque en esa vida eterna y postrera que para ellos existe, ella tuvo que ver como otras personas han disfrutado de su preciado dinero, y no solo el del tubo de la cama, que era calderilla, sino el capital que obtuvieron sus hermanos cuando lograron convertir en dinero los bienes heredados de la madre; porque tuvo que ver también como su parte, la que ella nunca pudo disfrutar pero tanto amaba, se la repartieron entre todos ellos a partes iguales. La suerte que tuvo fue que le pilló ya muerta, porque si no se hubiera muerto del disgusto y a saber de qué manera.  

Llegado a este punto no sería justo que nos olvidáramos  de su hermana, que la cuidó con esmero sola, sin ayuda de nadie hasta el final, y eso que ella era también muy mayor y la dependencia era absoluta y cada vez más ingrata. Pocos meses después de su fallecimiento la cuidadora enfermó de cáncer, aunque superó la enfermedad en esa primera embestida, nunca volvió a ser la que era,  vivió con la familia de su hermana favorita donde fue atendida inmejorablemente hasta que el cáncer se la llevó, aunque muchos años después. 

sábado 6 de noviembre de 2010

De la mar....

De la mar el delfín…


Las dos amigas habían ido a pasar el domingo a la playa. Eran  años de hijos pequeños y mucho trabajo en la oficina y, de vez en cuando, convenía que la madre se proporcionara un respiro. Así es como lo llaman ahora precisamente: “Respiro Familiar”, y por eso aquel domingo las dos amigas decidieron pasar un día de chiringuito y sol, con la tranquilidad de que los niños y los padres pasarían también un estupendo día de excursión por las montañas.

A pesar de lo avanzado del mes de octubre la playa  brillaba como un día de verano: el sol calentaba, el mar estaba en calma, la brisa suave apenas si movía las hojas de las buganvillas que aún lucían sus colores cálidos y luminosos. La única diferencia con el periodo de vacaciones era que en la arena había poca gente: algunos grupos de jóvenes distribuidos en corros que reían y jugaban sin dejar de mirar al mar,  en el que cuatro o cinco amigos navegaban  sobre  tablas de bonitas velas; también quedaban en la playa, a modo de reliquias del pasado verano, unas cuantas mujeres que no se habían dado por enteradas del cambio de estación y que, tumbadas como lagartos, trataban de perpetuar un bronceado que cada vez les sentaba peor, tanto física como estéticamente. Por su parte, la mayoría de  las personas mayores se habían instalado cómodamente en los chiringuitos, cuyas terrazas estaban tan cercanas al agua que si subía un poco la marea habría  que retirar las mesas de la primera fila para que no se las llevara el mar; y allí entre conversaciones, cervezas y vinos, esperaban la hora del desfile de las ensaladas, las crujientes frituras de pescado fresco, las almejas a la marinera  y el exquisito plato de pulpo con pisto;  sin prescindir de  helados, cafés y los refrescos combinados con ron de la tierra. Elementos idóneos, todos ellos, para pasar un día memorable.

Y en ese amable escenario  iba transcurriendo una jornada feliz , que cada cual  aprovecharía para acumular fuerzas con las que afrontar la rutina invernal con sus tareas, sus fiestas y sus días cortos, oscuros y  fríos; aunque, lo que ilusionaba a muchas de aquellas personas era que apareciera por fin lo que habían esperado todo el verano, es más, el motivo del viaje de aquel domingo hasta la costa era  la última oportunidad que se estaban dando para ver si aparecía  por levante, como había sucedido en otros pueblos del este de la provincia desde principios de verano.

Sobre las doce del mediodía los muchachos del grupo de la playa dieron la voz de alarma, al principio se referían a uno de sus amigos que estaba navegando: 

¡Se ha caído, se ha caído y no se levanta!

Toda la gente miró hacía el muchacho y efectivamente, vieron como la vela estaba en el agua y él braceaba sobre la tabla a toda velocidad, los de la playa seguían gritando:


-¡Algo lo ha asustado!
-¿Qué le pasa?

Y el joven seguía moviendo los brazos como si  fueran remos, pronto las otras velas también cayeron y siguieron a la primera en su camino hacía tierra.

Conforme se acercaban  los muchachos gritaban a sus compañeros:

-¡El delfín, el delfín,  me ha tirado el delfín!

La playa se llenó de gente, se quedaron los chiringuitos vacíos, salieron niños de todas partes, todo el mundo miraba hacia el mar; pero se hizo esperar, todavía no tenía intención de presentarse. Los muchachos de las tablas llegaron a tierra y contaron que un delfín había estado nadando junto a ellos durante un buen rato, saliendo y entrando a su alrededor, hasta  que no habían podido aguantar el equilibrio y habían caído al agua.

Era el delfín que apareció por los pueblos del levante provincial en el mes de julio y llevaba visitando las playas cada semana, pueblo a pueblo, siempre en dirección a poniente; por algún motivo se había perdido de su manada y el instinto lo estaba dirigiendo al Océano donde debía de andar su familia. Había sido la noticia del verano en los periódicos, que en sus páginas de vacaciones contaban que se trataba de una cría y que tenía una especial relación con los niños. Éste era el último pueblo de la provincia en el camino del sol, el que se quedó esperando, con la consiguiente desilusión de los veraneantes  por no haber sido elegidos por tan simpático visitante. Hubo en los últimos días de las vacaciones muchos comentarios relativos a la actitud discriminatoria del delfín con el pueblo; por eso aquel domingo de octubre, tanto los mayores como los pequeños, se sintieron tan felices cuando supieron que también ellos iban a conocerlo.

A una distancia suficiente para ser visto desde todos los puntos de la bahía, moviendo el mar con su cuerpo hizo todas las piruetas que sabía, era su forma de comunicarse y lo hacía de maravilla, su lenguaje particular tan vivo y alegre dejó enamorada a la concurrencia. El espectáculo era maravilloso, danzaba como si su cuerpo de más de dos metros no pesara nada, se elevaba hacia el cielo para caer en picado y volver a subir una y otra vez; lo hacía tanto  con la cabeza para abajo mostrando su lomo oscuro, como con la cabeza hacia atrás enseñando su barriga clara, y cuando caía el agua azul se convertía en espuma blanca y saltarina.

 Cuando se había lucido a base de bien, se dirigió a la playa y con su panza en la arena empezó a jugar con los niños que se habían metido en el agua, dejaba que lo acariciaran, besaran y tocaran por todas partes, hasta dejó que los chiquillos se subieran encima y agarrados a la aleta los fue paseando  por el rompeolas. Las  madres de los más pequeños acudieron a recogerlos, preocupadas por si les hacía daño. Y los muchachos mayores se lanzaron al agua con mucho alboroto, el delfín se divertía con unos y con otros.

Las dos amigas se habían sentado en la arena disfrutando del espectáculo, estaban tan emocionadas que, sin darse cuenta, se tiraron al agua y se vieron nadando detrás del grupo de jóvenes que rodeaba al delfín, eran valientes y buenas nadadoras  y también ellas querían jugar con él. Todo iba bien al principio, era divertido encontrarse entre aquellos jóvenes gritones que se empujaban unos a otros para estar más cerca del nuevo amigo, pero cuando por fin ellas también consiguieron acercarse la impresión fue mayúscula, una de ellas más prudente se limitó a volver a tierra y la otra, imprudente, dio un par de brazadas más, incluso llegó a rozarse con su piel de papel de lija, cuando quiso y como quiso el delfín de un coletazo la arrastró hacia el fondo con una fuerza como jamás ella hubiera imaginado, tuvo la sensación de que era succionada desde algún agujero submarino, sus dotes de nadadora de nada servían ante la fuerza con la que el agua que movía el animal tiraba de  todo lo que tenía cerca; a los chicos eso no les importaba y salían a flote riéndose, pero a la mujer le sobraba madurez y le faltaba la inconsciencia que tiene la juventud, pero todavía era tiempo de aprender y aprendió lo más importante: el delfín se movía en su medio natural y ella era una torpe intrusa. Con la fuerza del miedo empujándole los pies nadó hasta la orilla y volvió al lugar que le correspondía que no era otro que el  de feliz espectadora.

Siguió el delfín en la playa con los niños hasta que el sol se coló por detrás del monte gordo que cierra la bahía por la derecha, y cuando la noche se llevó  la luz y el agua se volvió negra, él se fue hacía poniente y los niños volvieron a sus casas y extenuados soñarían con su amigo-pez esa noche y muchas otras más.

Las dos amigas volvieron a la ciudad hablando del día tan extraordinario que habían pasado, por un momento la que tocó al delfín sintió no haber llevado a sus hijos aquel día , sin duda, se habrían divertido mucho, pero luego con el paso del tiempo comprendió que para ellos hubiera sido una diversión como otra cualquiera, para los niños todo es nuevo y lo extraordinario es común, mientras que una aventura contada por su madre unas veces tal y como sucedió y otras como debiera de haber sucedido, según conveniencia, ha pasado a formar parte de la herencia folclórico-familiar y es algo que ellos también pueden asumir como propio, porque lo han oído muchas veces y porque les pudo pasar a ellos como le pasó a su madre.

Unas semanas después  el periódico traía una triste noticia: en las playas del primer pueblo de la provincia vecina en dirección a poniente, había aparecido el cadáver de una cría de delfín que, al parecer, había muerto por heridas probablemente hechas por un remo. Está claro que la simpatía que inspiraba el animal a la gente de la playa no coincidía con los intereses de los pescadores que habían denunciado que el cetáceo espantaba su pesca diaria. Esta noticia, como tantas otras, nunca se les contó a los niños.

viernes 11 de junio de 2010

EL PATIO


EL PATIO



Mirando a través de los cristales de la ventana del cuarto de estar se ve el patio verde, fresco y limpio; ha sido un invierno particularmente lluvioso y frío, pero la yedra que tapa las paredes y trepa por las columnas de la pérgola, hasta cubrirla por completo, ha sobrevivido al mal tiempo y con los primeros rayos del sol de la primavera ha surgido mas brillante y lustrosa que nunca.
Es un patio pequeño, pero en él caben los elementos suficientes para que cada uno pueda desarrollar su vida: los perros reinan en el suelo; los gatos hacen equilibrios para pasar por el filo de la tapia que delimita el patio, mientras se ríen de los perros que se vuelven locos, porque saben que jamás podrán pillarlos; a su vez el ratoncillo que vive encima de la pérgola se divierte provocando a los gatos que jamás lo podrán pillar a él, porque se esconde entre las plantas que cubren la pérgola y tendrían que pasar por encima de la parra, y si lo hicieran se caerían al suelo y los pillarían los perros, los pámpanos verdes no tienen fuerza para soportar el peso de un gato. Se cierra así el círculo del mundo de los perros, los gatos y el ratón. Pero quedan muchos círculos de vida todavía en el patio: las avispas que revolotean alrededor de la alberca y cuando se acercan a beber se quedan atrapadas en el agua y se ahogan , aunque algunas, con mucha suerte, se encuentran una hoja o una flor y se suben hasta que se le secan las alas y vuelven a volar; las salamanquesas que se pasan la vida debajo del farol de la pared de la pila, que es la única que no tiene plantas, esperando a los mosquitos, que no se resisten a la atracción de la luz del farol, sin darse cuenta de que lo único que consiguen es que se los coman las salamanquesas, pero que nadie se alarme, que no hay peligro de extinción de la especie, porque ellas son muy pocas y ellos son una legión.
Esta mañana hay una actividad nueva en el patio: una pareja de mirlos está haciendo su nido. Han elegido un lugar entre la yedra en la pared del fondo. Es un error y alguien debería advertirles de que no se tomaran el trabajo, que el jardinero cuando lo vea se lo va a quitar, que alguien les diga que no traigan las ramitas y las hierbas, que no las tejan con forma de cesto, que luego no rellenen el cesto con tierra húmeda, que no esperen a que se seque para venir a ocuparlo, porque cuando una tarde venga la mirla parda a poner sus huevos no va a encontrar su nido perfecto y se va a volver loca y va a ir a buscar al mirlo negro y guapo con su pico amarillo, y los dos se van a golpear una y otra vez contra el lugar donde estaba , sin comprender lo que ha pasado con su nido que tanto esfuerzo les ha costado, y la mirla terminará por poner los huevos en cualquier parte y quién sabe si podrán nacer los polluelos. Por eso, para impedir ese drama, sería necesario que alguien les dijera que buscaran otro sitio, pero quién se lo va a decir si en el patio nadie se fía de nadie.
Mañana, la salamanquesa le dirá a una avispa, que le ha contado el ratón, que un mosquito le ha dicho que sabe de buena tinta que los perros, que son los únicos que entran en la casa, vieron llorar a la mujer del jardinero por la tragedia ocurrida el día anterior a la familia de los mirlos.

lunes 24 de mayo de 2010

Las Medidas

Con conocimiento de causa puedo decir que es sumamente grave el hecho de que el Gobierno actual haya pensado en reducir el gasto partiendo de la reducción de los sueldos de los funcionarios y congelando las pensiones. Y no solo es grave por la pérdida de poder adquisitivo que supone a ambos colectivos, sino porque se crea así un peligroso precedente de desprecio a los derechos adquiridos que nos deja a todos desprotegidos, digo todos porque, más tarde o más temprano, pensionistas podemos ser todos.

En los últimos treinta y cinco años todos los gobiernos han ahorrado en los sueldos de los funcionarios, unas veces por unos motivos y otras por otros, han congelando sus sueldos los gobiernos de la UCD, del PSOE y los del PP. Para igualar categorías o para unificar colectivos, o por cualquier excusa, siempre se ha recurrido al mismo bolsillo. Los sindicatos han hecho sus esfuerzos para tratar de impedirlo, pero nunca han tenido mucho éxito .Así se ha llegado a la realidad actual en la que el funcionario, aunque tiene el privilegio de tener un trabajo estable, es uno de los trabajadores peor pagados del panorama laboral. Una cosa por otra.

Pero, a pesar de todo esto, nunca se ha llegado a la tropelía de rebajar el sueldo base y la antigüedad de un trabajador de la función pública, esto es un ataque frontal a la garantía de los derechos de las personas, y los sindicatos tienen su ocasión de oro para demostrar para quien trabajan, si no lo han hecho antes, ya pueden hacerlo ahora.

La gravedad de la medida llega a términos peligrosos en el caso de la congelación de las pensiones, que desde el año 1956 se han venido revalorizando regularmente, alcanzando nivel de obligatoriedad a partir de la Ley General de la Seguridad Social ( Real Decreto Legislativo 1/1994 de 20 junio), que en su articulo 48 establece la revalorización anual de las pensiones según el Índice de Precios al Consumo acumulado en cada ejercicio anual, para garantizar la conservación del poder adquisitivo de los pensionistas.

Es lamentable que un gobierno socialista haya propuesto una medida como esa, que destruye el principio de garantía otorgado por la norma legal mencionada. Confiemos en que los sindicatos y demás fuerzas sociales se organicen bien para impedirlo, recurriendo a los tribunales, a la calle o a lo que haga falta, porque se corre un riesgo impensable hasta ahora legitimando una medida que nos deja desprotegidos a los ciudadanos ante todos los gobiernos futuros.

Se van a ir, porque después de esto se van a ir, dejándonos a los pies de los caballos y con el culo al aire. Peor imposible.

jueves 6 de mayo de 2010

SE VAN LOS MONTAÑEROS,, SE VAN, SE VAN



A través de su blog (http://elperfilgriego.blogspot.com/) me invita mi amigo Fernando a que participe en su tertulia literaria, aunque yo tengo que hacerlo On-line porque ellos se reúnen en el Café Comercial de la Glorieta de Quevedo de Madrid y yo estoy en Granada. Se citan todos los miércoles y comentan sus relatos, disponen el tema sobre el que escribir para la siguiente reunión y esta semana debe ser sobre Tertulias de Café.
No hay en los pueblos cafés de tertulianos como en las ciudades, pero se reúnen las personas en donde pueden, y en muchos casos en el bar del Hostal como el que yo he retratado en el relato que les mandé y que pongo a continuación:

SE VAN LOS MONTAÑEROS, SE VAN, SE VAN


En los días previos a las grandes travesías, se iban reuniendo poco a poco los asistentes en la fonda de ese pueblo, serrano y pintoresco, en el que termina la carretera más alta de la península y se elabora el jamón con denominación de origen que da fama a su nombre. Se juntaban los montañeros para cenar y hablar del plan a seguir en la excursión, antes de acometer la aventura de atravesar la cordillera coronando los “Tresmiles”, que es como llaman a los picos de más de tres mil metros de altura. Para hacer acopio de fuerzas y empezar con energía, se sentaban en el comedor donde el posadero les servía bocadillos de jamón de un tamaño que no voy a explicar para no caer en exageraciones, el que haya cenado o desayunado allí alguna vez sabrá de lo que hablo, sin olvidar las buenas jarras de vino de los cortijos del valle con que los acompañaba. Para fomentar las tertulias les servía de postre grandes tazones de chocolate caliente, invitándoles previamente a sentarse en el salón frente a la chimenea, tenía la costumbre de dejar como única fuente de luz la de las llamas, con lo que conseguía crear el ambiente apropiado para la velada.
Eran tertulias mágicas, como corresponde a semejante escenario, en las que participaban todos hasta la hora de dormir, incluida la familia del posadero. Se sucedían las aventuras de montaña, las leyendas de reyes moros enterrados en los ventisqueros debajo de las nieves perpetuas, las historias de acequias y horas de riego por costumbres mantenidas desde hacía más de cinco siglos, y también, ¡cómo no!, se hablaba de aparecidos y de ánimas vagabundas que erraban por los campos en espera de que alguien se acordara de rezar por ellas para ser liberadas de su castigo y descansar eternamente. Siempre había algún aficionado a asustar que inventaba cuentos de cortijos abandonados y malditos o casas del camino por las que había que tener mucho cuidado al pasar porque estaban ocupadas por perros rabiosos.
Tras la buena cena y la entretenida velada, unos dormían con miedo y otros sin él, pero en general dormían bien gracias al jamón, al vino y al chocolate, y volvían antes de amanecer al bar, para partir a sus aventuras después de un gran desayuno con aguardiente incluido.
La hija de los posaderos, con apenas doce años, solía levantarse un par de horas antes, se reía mientras se desayunaba un vaso de orujo procurando que no la viera nadie y todavía de noche salía con sigilo en dirección a la casa vieja del camino, donde conseguía meter a todos los perros y gatos que podía atraer con restos de comida, los encerraba en el cuarto de abajo y al acercarse los excursionistas tiraba cuatro petardos y, cuando más alterados estaban los animales, les abría la puerta y salían como la yesca ladrando, maullando y tropezando con todo el que encontraban en su huida, asustando a base de bien a los montañeros que iniciaban su excursión. Así tenían algo que contar en la tertulia siguiente.
Otras veces se subía al piso alto de la casa abandonada, colocaba unas cuantas velas encendidas estratégicamente y se ponía un abrigo en la cabeza, cruzaba por las mangas el palo de la fregona, semejando un hombre sin cabeza con los brazos abiertos, y daba grandes alaridos mientras pasaban los excursionistas: terror matutino para empezar la aventura.
Como pasaba el día ensimismada preparando sus próximas gamberradas, se había creado fama de niña ejemplar que nunca daba un ruido. Pero a su madre no la engañaba: la había pillado muchas veces, aunque comprendía que en aquel pueblo se aburría la chiquilla y, salvo por algunas advertencias sobre los posibles peligros de sus travesuras, había hecho la vista gorda. Al fin y al cabo las tertulias de las noches de verano en la posada se estaban haciendo famosas y el negocio cada día iba mejor.