martes, 22 de marzo de 2016

TERCER TRIMESTRE-PRIMAVERA


TERCER TRIMESTRE



A los niños nos daba igual la entrada de la primavera, es verdad que era el tiempo de la Semana Santa y nos alegraban las vacaciones, pero llevábamos tantos días sufriendo las amenazas del infierno entre recortes cuaresmales y ejercicios espirituales que los siete días de fiesta que nos quedaban por delante no tenían gran atractivo para nosotros, eran tiempos de penitencia tenebrosa. No faltaban las abuelas o las tías bienintencionadas que se ofrecían a llevarnos a rezar en los Oficios o al Señor de los Favores a las tres de la tarde, un horror, y ellas tan responsables  supliendo a los padres faltos de fervor religioso, sin saber que nos daba terror de ambas cosas. Por su parte, los padres cumplían con las tradiciones llevándonos a ver las procesiones, nos sentaban en las sillas que ponían en las calles del centro, nos compraban un helado y allí las veíamos pasar una detrás de otra casi todas iguales, unas nos daban miedo por los caballos, las otras porque apagaban las luces o porque llevaban una especie de fantasmas que tocaban la trompeta por la barriga y todas porque paseaban  imágenes de aquel hombre torturado sangrando y sufriendo, cosa de mucho temor para los ojos infantiles  eran aquellas procesiones. Distinto era cuando llegaban los catorce o  quince años y se nos permitía salir en pandilla por la noche, niños y niñas juntos, visitando barrios para nosotros desconocidos y enigmáticos, y veíamos  las procesiones en todo su esplendor en los lugares emblemáticos.  Y bajo  aquel cielo frío del mes de abril  entrabamos en nuestra particular primavera, iniciando la ceremonia de la vida adulta ante el “marco incomparable”  de un escenario ciudadano  privilegiado.


Después de Semana Santa se presentaba ante los niños la temporada más difícil de todo el año: el tercer y último trimestre del curso escolar. La primavera era mala amiga para los escolares, estornudos, picores y exámenes se sucedían inevitablemente y había que convivir con ellos como fuera. A estas dificultades se unían las ceremonias primaverales de los  colegios de monjas (no había otros en las ciudades) que ignorantes de cualquier corriente pedagógica históricamente  desarrollada, seguían su particular método de domesticar niños  por el sistema de la comunión con ruedas de molino, el temor al infierno,el perdón de los pecados, la vida eterna y amén.  El mes de mayo era el peor, a esas alturas del curso debían de estar hartas las monjas de las clases y sabían la manera de librarse,  además de ensayar las primeras comuniones propias y ajenas, solían  inventar Novenas, Triduos y Flores a María, a ellas les quitaban un rato de la molesta docencia, mientras que a las alumnas no les servían para otra cosa que para perder el tiempo, exceptuando el rezo de Las Flores, ceremonia que organizaban en el patio a pleno sol para no ensuciar la capilla, que servía para desarrollar las dotes escénicas del alumnado, había niñas que llegaron a dominar el arte del mareo y posterior desmayo a la perfección, cayendo al suelo  las chiquillas con verdadero arte  para librarse de aquel sol de macetilla y de los monótonos cantos.


Con ese balance de inconvenientes llegaban los exámenes finales y con ellos el fin de curso, indpendientemente del resultado eran días gozosos que daban paso a las vacaciones y al verano, estación del año favorita para los niños  por encima de todas, de la que habrá que escribir cuando llegue su fecha.

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