jueves, 17 de marzo de 2016

EL CAFE DEL VIEJO MERCADO




EL CAFÉ DEL VIEJO MERCADO

Entre las desamortizaciones del siglo XIX y la remodelación y saneamiento de la ciudad por la construcción de la Gran Vía a principios del siglo XX, fueron muchos los conventos que cayeron dejando grandes espacios públicos libres, dando origen a  muchas de las plazas que hoy forman parte del paisaje urbano: La Trinidad,  San Agustín o Capuchinas fueron en un tiempo los solares de otros tantos conventos que venían habitando la zona desde la repoblación cristiana, Trinitarios, Capuchinas, Agustinos. Por su ubicación en el centro de la ciudad en aquellas plazas se fue estableciendo la actividad comercial que dio lugar a lo que  había de mercado central en Granada, aquello  que durante muchos años la gente llamaba Las Plazas fueron tres construcciones sucesivas: La Pescadería, La Romanilla y el Mercado de San Agustín, a cual más feo, frío y destartalado. Una vez entrada la década de los años setenta aquellos edificios fueron derribados, las plazas volvieron a ser plazas y se hizo un nuevo Mercado de San Agustín, y otra vez lo hicieron feo, frío y destartalado. Granada tiene mala pata con los mercados, no le salen bien,  se le van los humos al cielo con tanta belleza heredada y no tiene gracia ninguna para adornar los rincones de lo cotidiano. Ciudades sencillas, sin palacios ni paisajes, presumen de mercados vistosos cuyos colores y olores guardan los viajeros en la memoria como si fueran  bonitas postales de la vida.

A pesar de todo el Mercado de San Agustín tenía su encanto y  una vida que bullía en su interior al menos unas horas al día,  empezando por una cafetería en la que desde antes de amanecer latía el pulso vital del mercado y sus entornos. Ocupaba esta cafetería el lugar central de la planta baja del edificio y era como una isla de luz en aquel recinto umbrío. Allí encontraban el primer alivio del día los estómagos de toda clase de personas: trabajadores y comerciantes, borrachos habituales y juerguistas casuales, empleados y funcionarios de las oficinas de los alrededores, gente de todos los estilos que, como en una ceremonia común, se sacudían el sueño que aún les quedaba o que todavía no habían resuelto, para empezar o terminar  su jornada.

Entre los clientes habituales destacaban  las encargadas de una de las pescaderías con más fama de toda la ciudad por la calidad y frescura de los pescados de Motril que vendían y por estas dos dependientas que lucían como actrices de Hollywood. Aunque no eran ya niñas por ese nombre se las conocía, como a su puesto del mercado, “Pescadería las Niñas.”  Si no eran guapas, al menos lo parecían, perfectamente maquilladas, los labios muy rojos y el pelo de peinado inalterable de color rubio platino,  cuyos rizos eran esculpidos regularmente por alguna peluquera con vocación artística, se adornaban con un capital en joyas y con delantales  blancos en lucha permanente contra las tintas de calamar y el aguachirri de los mejillones. No habrá un solo cliente de San Agustín que no las recuerde.

Inolvidables también aquellos dos hermanos carniceros, uno grande y otro guapo, coleccionistas de belenes barrocos y destacados cofrades, que en su puesto de la esquina soportaban a las compañeras de su hermano funcionario, tan recordado y querido, que los atormentaban a diario con sus guárdame esto o prepárame lo otro, que a las tres vengo a recogerlo, encargos que cumplían a la perfección y con la mejor de las sonrisas siempre.



Puntual a su cita se presentaba el ciego vendedor de cupones todas las mañanas, con su cantinela repetitiva anunciaba los millones que iban a tocar como si los estuviera ya repartiendo. De él era difícil escaparse, reconocía a todos a simple “vista”, según los mal pensados, o por  un sexto sentido desarrollado para detectar clientes o vaya usted a saber cómo, la cuestión es que se dirigía a cada uno por su nombre y le vendía el cupón por mucho que se escondiera en el último rincón.

La cafetería también servía de mirador o palco para observar la vida del mercado: pasaban los repartidores empujando carros repletos o cargando cajas enormes, trajinaba la gente de los puestos colocando  las mercancías mientras hablaban entre ellos, bromeando o comentando los sucesos del momento. Por lo general había buen ambiente, los borrachos trasnochados que tocaron en suerte en aquel lugar y aquel tiempo no eran demasiado impertinentes y se limitaban a dormitar donde pillaban sin molestar a nadie. Escenas cotidianas de un motor básico de la ciudad que vive sin sospechar que un monstruo ha ido creciendo en su interior y está dispuesto a dar su primer zarpazo.   

Por el mercado se movía el peor personaje que toda aquella gente pacífica  iba a conocer en su vida: un muchacho joven que repartía el pescado,  fuerte como para cargar a hombros los peces espada que los transportistas dejaban tirados en la acera, imagen terrible la del hombre con el pez a cuestas atravesado con la cabeza mutilada por la amputación de la aguja característica. Se abría paso entre unos y otros sin levantar sospechas, aunque aquella mirada torva causaba inquietud a las clientas jóvenes de la cafetería que no podían imaginar, como el resto de los habituales del mercado, que iba a ser el responsable de uno de los sucesos más luctuosos que han ocurrido en la ciudad. No se va a describir mucho más en este relato al personaje, porque en su novela “Plenilunio”, de la que fue  protagonista involuntario,  lo dejó bien definido Antonio Muñoz Molina y sería una osadía por parte de quien esto cuenta, pero sí es cierto que, aún ahora, alguna de las funcionarias que se cruzaban con él aquellos días todavía tiembla al pensar que en alguna de aquellas mañanas frías, mientras ella entraba al bar del mercado a tomarse un cafelillo antes de empezar a trabajar, aquel ser repugnante venía de asfixiar a una chiquilla y dejarla tirada con las bragas en la boca junto a las Torres Bermejas en el bosque de la Alhambra.



Fotografía obtenida del Archivo Histórico Municipal








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