sábado, 20 de febrero de 2016

LOS AÑOS SIN LETRAS

En aquella difícil edad  en que las madres simultaneábamos  la crianza de los hijos con la responsabilidad laboral,  fuimos madurando a base de renuncias para cumplir el  nuevo papel que la dignidad y el siglo demandaban; incluso, en el mejor de los casos, contando con la  colaboración de compañeros comprometidos con la causa, se pasaron algunos años de sequía intelectual en los que lo  último que podíamos pensar era sacar tiempo para atender nuestras aficiones culturales, relegando la actividad lúdico- intelectual propia en favor del mero entretenimiento que entraba sin esfuerzo a través de los medios audiovisuales de que se disponía.
Afortunadamente no fueron muchos años, cuatro o cinco en algunos casos, los justos para que los hijos empezaran su propia andadura con cierta independencia de la madre, pero suficientes para caer en la trampa del abandono de las buenas costumbres, y la dificultad de volver a  la senda si se requería el más mínimo esfuerzo. No fue fácil recuperar el hábito de la lectura, ningún libro despertaba el interés necesario, las recomendaciones de los lectores habituales no valían, ellos estaban entrenados.Así se dejaron pasar de largo los Lawrence Durrell, Boris Vian, Mujica Laínez y otros muchos a los que humildemente se les ha resarcido de la ofensa leyendo sus libros muchos años después, unos con más gusto que otros, hay que decirlo. Hasta que por fin apareció en aquel cuarto de estar un libro  titulado El Nombre de la Rosa, para esta madre de los años ochenta una auténtica tabla de salvación.

Aquel libro reunía todo lo que podía ser interesante para mí en aquel tiempo: magistralmente escrito ,asesinatos  mucha intriga,fin de la Edad media, la vida en una Abadía, personajes interesantes, órdenes religiosas ¿se podía pedir más?. Así fue como recobré una afición que había perdido y que tantas satisfacciones antes y después me ha proporcionado.
Que esta reflexión sobre la propia vida que, sin duda, se puede hacer extensiva a muchas otras, sirva de homenaje al profesor Umberto Eco, que desgraciadamente ha fallecido a los 84 años, dejando una herencia que lo hará inmortal.

Gracias y que descanse en paz.

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