sábado, 4 de diciembre de 2010

LAS HERMANAS


 LAS HERMANAS

A mis hermanos Joaquín, Pepe, Julia y Juan
Pido perdón a los lectores porque esta historia me ha salido muy larga

            Muy a su pesar las dos hermanas vivían juntas, pero así es como han sido las cosas toda la vida: las hermanas solteras han de mantener el  núcleo familiar de los padres porque eso es lo que Dios manda. ¡Buenas eran ellas para hacer algo que contraviniera el orden natural de las cosas!

         Su vida estaba marcada por el hecho de no haberse casado, era un estigma insuperable, ellas no eran como las demás mujeres: no, ellas eran “solteronas”, con todas las consecuencias que esa palabra tenía en el mundo provinciano y decimonónico en el que vivían y que no tenía ninguna intención de cambiar, aunque el siglo veinte hubiera superado ya su primera mitad.

        Ninguna de las dos eligió su trayectoria. La vida les negó el beneficio de la independencia y siguieron en la casa familiar atendiendo a su madre hasta el final, para alivio de los demás hermanos.

        Totalmente diferentes, eran el ejemplo puro del antagonismo: si se pretendía hacer dos personas sin nada en común no habría podido salir mejor. No se parecían en nada ni por dentro ni por fuera y, sin embargo, tuvieron que compartir el mismo destino.

        La mayor, aunque tenía poco que agradecer a la naturaleza, tuvo su oportunidad en forma de novio terrateniente cuando ya rondaba la treintena. Era un hombre idóneo  para ella, el que la hubiera llevado de reina de la parroquia a un pueblo serrano donde, entre matanzas y dulces de Semana Santa, hubiera cumplido sus sueños cortijeros. Pero una fatal asociación de la naturaleza cruel y el destino fatal se lo llevaron de este mundo cuando faltaba una semana para la boda. Las malas leguas de la comarca afirmaron, durante mucho tiempo, que la verdadera culpable  fue la coincidencia  de una  perforación intestinal inoportuna con un cierto familiar político que pudo avisar al médico y no lo hizo. Un cuñado solterón y rico vale más muerto que vivo y casado.

        La otra hermana tuvo otra suerte, mala también, pero distinta. Era tan guapa como la más guapa de las estrellas de Hollywood: elegante, trabajadora, habilidosa, los hombres suspiraban por ella y la pretendieron los mejores partidos de la ciudad. Parecía tenerlo todo cuando una enfermedad,  que había sido maldita hasta hacía poco tiempo, la marcó para siempre. De nada sirvió que la recién inventada penicilina, que todavía se compraba de estraperlo, la curara totalmente. Superó físicamente aquel brote de tuberculosis y,  sin embargo, nunca pudo quitárselo del alma y la dejó estigmatizada. La poseyó un complejo insuperable que le hacía  negarse a sí misma la posibilidad de ser feliz, y poco a poco se fue alejando cualquier oportunidad de formar una familia propia.


        Y así fue como se fraguó el destino de las dos hermanas, que tuvieron que vivir la vida entera juntas aunque no sentían el más mínimo aprecio la una por la otra, llevándose la peor parte  la menor, a la que le tocó cuidar de la otra durante los quince años que el Alzheimer tardó en llevársela.

        Trabajando duro y sin haberse preparado para ello, mantuvieron el próspero negocio familiar sin tener derecho ni a un salario mientras vivió la madre: para qué querían un sueldo si podían comprar lo que quisieran y en la casa no les faltaba de nada, sólo tenían que pedir y se les permitiría comprar lo que necesitaran; eso sí, siguiendo el espíritu familiar había que buscar lo más barato entre lo barato, y lo que pudiera hacerse en casa ¿para qué comprarlo hecho?, con el convencimiento de que lo mejor y más bueno era lo que ellas hacían, negando así cualquier oportunidad a la calidad.


        Tan solo durante el tiempo que el negocio sobrevivió a la madre, los hermanos decidieron asignarles un sueldo. Entonces ahorraron y se compraron un pisito en el centro de la ciudad, cerca de dos o tres parroquias con solera. Nunca faltaron las voces que afirmaban que venían ahorrando desde hacía mucho tiempo, desde los años dorados de aquel negocio, cuando a cada una en su puesto le pasaban por las manos  los millones que entraban generosa y alegremente en la empresa. Ganancias que ellas administraban cumplidamente, rindiendo cuentas a diario a la madre que desde su hamaca se creía que controlaba hasta lo que no controlaba.
                                                              
        Considerando su sentido religioso del pecado y la culpa, el temor al castigo divino y el martirio de los remordimientos, es fácil concluir que no sería muy considerable, si existió, el capital distraído; en cualquier caso, nunca pudo llegar a ser muy superior al salario que no recibían, razón qué, convenientemente alegada como eximente, hubiera sido suficiente para ser declaradas inocentes, por ser de justicia la compensación.
                                                              
        Con sus hermanos tuvieron siempre un trato agradable y respetuoso, en particular con una hermana que era más cercana a ellas en edad, que se casó pronto y trajo a la familia los primeros niños. Le ayudaban desinteresadamente siempre que ella las  necesitaba, tanto con los sobrinos  como con las cosas de la casa. Ellas eran jóvenes todavía y no tenían pereza a la hora de llevar a los chiquillos a las jugueterías, arreglarles la ropa, ordenar sus cuartos o hacerles dulces.

        Pero esos sobrinos no fueron bastante para calmar el irreprimible deseo de  la maternidad; para eso eligieron a sus dos hermanas pequeñas, una a cada una de ellas, y las convirtieron en  objeto de un amor extrañamente maternal, que las llevó toda su vida a protegerlas como si estuvieran en peligro, proyectando en ellas, por medio de esa predilección  enfermiza, no solo su afecto sino también la aversión que sentían una contra la otra, haciéndola extensiva a sus familias y creando  así  dos bandos antagonistas dentro de la misma familia. Afortunadamente, los otros hermanos y sus familias quedaron fuera de esta guerra, tanto mejor para ellos.


        Una vez que hemos conocido la trayectoria vital de las desafortunadas hermanas, vamos a dar a conocer unos hechos que ocurrieron años atrás, cuando aún no eran muy viejas, pero ya empezaban los primeros olvidos a hacer sus estragos.

        Por aquellos días una catástrofe natural había asolado Centroamérica. Sin poder precisar si fue huracán, terremoto, volcán en erupción, sequía o inundación, lo cierto es que la muerte y la destrucción se habían adueñado de los vulnerables países de la zona. Como siempre que suceden estos desastres, desde todas las instituciones se estaban haciendo llamadas a la solidaridad de los ciudadanos para remediar los estragos que el fenómeno había causado en la región y, por supuesto, desde las parroquias, tratando de ayudar a la gente que lo había perdido todo, se animaba a los fieles para que hicieran un esfuerzo de generosidad y donaran toda clase de enseres. Cualquier cosa era buena para enviar, porque todo se había perdido; con lo que se recolectara se fletarían aviones y barcos que partirían hacia el otro lado del Atlántico repletos de cargamentos solidarios.

        Y con esas noticias  llegó a su casa una mañana la menor de las dos hermanas. Lamentaban las dos las desgracias ajenas con sinceridad, y comentando la petición del cura llegaron a la conclusión de que tenían más muebles de los que necesitaban y sería una buena ocasión para deshacerse de ellos, haciendo de paso una obra buena. Y prepararon un par de colchones, dos camas y varias mantas que los colaboradores del párroco se llevaron, y en pocos días fueron embarcados para cumplir su misión hospitalaria en el continente herido.

        Satisfechas de lo práctica que había sido su generosidad,  continuaron su vida, luchando contra la enfermedad, que cada vez  entorpecía más a una y hacía más difícil la convivencia entre las dos.

        La mujer enferma, que siempre fue desconfiada y muy tacaña, perdió la capacidad de disimular estos defectos y se volvió descarada, y lo que en otros tiempos fueron indirectas pasaron a ser acusaciones, unas veces por nimiedades y otras por asuntos de envergadura,  mientras la otra de forma resignada cuidaba de su hermana campeando el temporal como podía.

        Sin saber cómo llegó a ello, comenzó a acusar a su cuidadora de ladrona, y la pobre mujer no comprendía al principio qué quería decir porque aún cuando hubiera tenido la intención de apropiarse de algo suyo, hubiera sido imposible, porque tenía todo escondido en su armario y no soltaba las manos del bolsillo donde guardaba la llave, ni de noche ni de día. Esa postura fue característica en ella toda la vida, pero en los últimos tiempos se convirtió en esperpéntica por su exageración.

        Tenía la mujer altibajos y en momentos de lucidez se disculpaba a su modo, pero pronto comenzó a repetirse reclamando su dinero, el que le había robado, que ella lo tenía antes y ya no lo tenía. Tanto lo decía, que la hermana empezó a preocuparse por si se había perdido de alguna forma algún dinero de su hermana.

        -¿De qué dinero hablas y dónde lo tenías?

        -En mi cuarto y ya no está.

        Preguntaba y preguntaba, y la respuesta que obtenía era siempre la misma. Lo más extraño era que ella misma había acompañado a su hermana al banco muchas veces a gestionar sus cuentas y nunca había visto que guardara dinero en la casa. No solo tenía  la mujer curiosidad, también le preocupaba la opinión de los otros hermanos por si a alguno le asaltaba la duda. No era probable, pero era posible. Por eso comentó con los hermanos mayores lo que estaba pasando. Ellos le quitaron importancia porque conocían bien de qué pie cojeaba su hermana. Se quedó más tranquila considerando que era solamente una manía que se le había metido en la cabeza enferma.

        Hasta que una mañana se levantó más lúcida que de costumbre y cuando su hermana le puso el desayuno la miró con una expresión distinta a la habitual y le dijo:

        -¿Dónde está la otra cama que había en mi cuarto?

        Cuando la otra le dijo que se la habían llevado los muchachos de la parroquia, se puso a chillar con las manos en la cabeza como si se hubiera vuelto loca. Su asombrada hermana no entendía nada, pero fue  hilando las frases entrecortadas que la otra decía sollozando, y comprendió que de alguna forma la cama viajera y el dinero perdido estaban relacionados; hasta que lo entendió: ¡el dinero estaba guardado en los tubos de la cama!

        La pobre mujer, a la  que su tacañería no le había permitido disfrutar de su dinero y  llevaba media vida guardándolo  en  aquella cama, acababa de comprender que su mente traicionera le había jugado una mala pasada haciéndole olvidar el secreto escondido durante tantos años, y le había despertado el entendimiento solo para darse cuenta de que le había regalado al cura la cama con su tesoro oculto, y que ya no tenía remedio porque a esas horas debía de estar en un barco cruzando el Atlántico para hacer en la otra orilla su particular milagro.

        La enfermedad aceleró su proceso a partir de ese día y poco tiempo después acabó con su vida. Y cada cual de  esta historia  sacará sus  conclusiones. Para unos este suceso sería el ajuste de cuentas que el destino le reservó para que no se fuera de esta vida sin pagar sus culpas, ese momento de lucidez que la mente tiene para despedirse   sin dejar deudas pendientes. Para los que, como ella, creen en la vida después de la muerte, aunque sitúen en ese instante el inicio de su purgatorio como los otros, con toda su buena intención lo que consiguen es ponérselo más difícil todavía,  porque en esa vida eterna y postrera que para ellos existe, ella tuvo que ver cómo otras personas disfrutaban de su preciado dinero, y no solo el del tubo de la cama, que era calderilla, sino el capital que obtuvieron sus hermanos cuando lograron convertir en dinero los bienes heredados de la madre; porque tuvo que ver también cómo su parte, la que ella nunca pudo disfrutar pero tanto amaba, se la repartieron entre todos ellos a partes iguales. La suerte que tuvo fue que le pilló ya muerta, porque si no se hubiera muerto del disgusto y a saber de qué manera.  

        Llegado a este punto no sería justo que nos olvidáramos  de su hermana, que la cuidó con esmero sola, sin ayuda de nadie hasta el final, y eso que ella era también muy mayor y la dependencia era absoluta y cada vez más ingrata. Pocos meses después de su fallecimiento la cuidadora enfermó de cáncer. Aunque superó la enfermedad en esa primera embestida, nunca volvió a ser la que era,  vivió con la familia de su hermana favorita donde fue atendida inmejorablemente hasta que el cáncer se la llevó, aunque muchos años después.