lunes, 16 de diciembre de 2013

NUNCA ES TARDE






NUNCA ES TARDE



El día 16 de diciembre se celebra en Andalucía el Día de la Lectura y la Asociación Entrelibros ha querido festejarlo a su modo, o sea, leyendo. Encabezados por Juan y Andrea, creadores y alma de la asociación, un grupo de socios, colaboradores y voluntarios se han repartido esta mañana por el Parque de las Ciencias y con sus bolsas llenas de libros y sus mejores sonrisas,  han asaltado a chicos y grandes, para robarles unos minutos de su tiempo y regalarles un poema o un cuento, para que las palabras sembradas en sus corazones florezcan en amor por la literatura.

Formando pareja con Andrea, he pasado una mañana deliciosa: A la satisfacción de ver las caras de felicidad de los niños y mayores que atentos escuchaban, se une la emoción de oír a mi compañera declamar y, más que leer, interpretar los textos.

Tengo que confesar,  que yo no había estado nunca en el Parque de las Ciencias, o sea, que mi debut en las actividades de Entrelibros ha salido que ni planeado. He disfrutado de lo lindo cuando, con atención infantil,  hemos hecho un pequeño descanso ante el Péndulo de Foucault, para esperar que en su eterno vaivén hiciera caer el palito de las doce.

La visita ha concluido con  dos firmes propósitos: Uno, que tengo que aprender a leer como Andrea y el otro, mucho más asequible para mi, voy a realizar una visita inmediata  a la totalidad del  Parque de las Ciencias.

Ha sido una experiencia extraordinaria, un domingo para recordar, de pronto, cuando todo lo que era, ya no es, una mañana de diciembre de la mano de un libro aparece un nuevo reto, y vuelta a empezar. Nunca es tarde.http://asociacionentrelibros.blogspot.com.es/

martes, 10 de diciembre de 2013

10 DE DICIEMBRE







10 DE DICIEMBRE



El 10 de diciembre de 1998 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a José Saramago.

Tuve el honor de asistir en directo a la ceremonia de entrega de dicho premio gracias a mis amigos Pilar y José que, con su invitación, me hicieron vivir unos de los momentos más memorables de mi vida.

Reproduzco las palabras que dijo el escritor en el brindis de la cena, aprovechando la ocasión para conmemorar el Cincuenta Aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, que se celebraba ese mismo día Diez de Diciembre.

Hoy, después de quince años, podemos decir que las palabras de buena voluntad del escritor se perdieron en el aire, que sus peores premoniciones se han cumplido y, que en sesenta y cinco años, la Declaración de Derechos Humanos firmada por los representantes de los Gobiernos a bombo y platillo, aparte de para lucimiento de aquellos, no ha servido para nada. Estamos peor todavía.



BRINDIS
(Estocolmo, 10 de diciembre de 1998)

Se cumplen exactamente 50 años de la firma de la Declaración de los Derechos Humanos. No han faltado conmemoraciones de esta efeméride. Sabiéndose, sin embargo, cómo la atención se cansa cuando las circunstancias le piden que se ocupe de asuntos serios, no es arriesgado prever que el interés público por este asunto comience a disminuir a partir de mañana mismo. Nada tengo contra estos actos conmemorativos, yo mismo he contribuido a ellos, modestamente, con algunas palabras. Y puesto que la fecha lo pide y la ocasión no lo desaconseja, permítaseme que diga aquí unas cuantas más. Este medio siglo no parece que los gobiernos hayan hecho por los derechos humanos todo aquello a lo que moralmente estaban obligados. Las injusticias se multiplican, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquizofrénica Humanidad, capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Marte que a nuestro propio semejante. 

Alguien no está cumpliendo con su deber. No lo están cumpliendo los gobiernos, porque no saben, porque no pueden, o porque no quieren. O porque no se lo permiten aquéllos que efectivamente gobiernan el mundo, las multinacionales y plurinacionales cuyo poder, absolutamente no democrático, ha reducido a casi nada lo que todavía quedaba del ideal de la democracia. Pero tampoco estamos cumpliendo con nuestro deber los ciudadanos que somos. Pensemos que ninguno de los derechos humanos podría subsistir sin la simetría de los deberes que les corresponden, y no es de esperar que los gobiernos realicen en los próximos 50 años lo que no hicieron en éstos que conmemoramos. Tomemos entonces, nosotros, ciudadanos comunes, la palabra. Con la misma vehemencia con que reivindicamos los derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes. Tal vez así el mundo pueda ser un poco mejor. 


No olvido los agradecimientos. En Francfort, el día 8 de octubre, las primeras palabras que pronuncié fueron para agradecer a la Academia Sueca la concesión del Premio Nobel de Literatura. Di las gracias también a mis editores, a mis traductores y a mis lectores. A todos les vuelvo a dar las gracias. Y ahora también a los escritores portugueses y de lengua portuguesa, a los del pasado y a los de hoy; por ellos nuestras literaturas existen, yo soy sólo uno más que se les vino a unir. Dije aquel día que no nací para esto, pero esto me fue dado. Gracias, por tanto.

domingo, 1 de diciembre de 2013

VERGÜENZA








Vergüenza

Vergüenza  debiera de darnos que vuelvan los tiempos de la “caridad”, vergüenza para todos y por todo.  Vergüenza es que la Justicia Social conseguida con sangre por los hombres y mujeres de los dos siglos anteriores esté siendo sustituida por la vieja caridad cristiana, tan manida y tan injusta. Ahora, bien instalado ya el siglo XXI, cuando la ciencia ha puesto al alcance de la mano de los seres humanos el mundo entero, volvemos a  las campañas de ayuda al pobre, a la  miseria de los programas  de la lástima y la humillación de los necesitados,  como aquellos  de la posguerra  de títulos grandilocuentes: “Ustedes son Formidables” o   “Ponga un Pobre en su mesa”, que solo de recordarlos se estremece el corazón.

Desgraciadamente la generosidad de la gente sencilla es fácil de estimular y con buena voluntad dan lo que pueden para ayudar a los que no tienen, noble gesto sin duda, pero inútil y  que surte los mismos efectos que   el recurso barato para callar conciencias de la gente ruin y egoísta, que con tal de seguir en su vida cómoda, no quiere ver que esa no es la solución.


Vergüenza debiera de darnos, a los que sabemos que esta crisis es una guerra desigual del poder financiero contra los derechos sociales consolidados. Una guerra en la que uno de los bandos ha sido abandonado por sus propios generales, que, como viles traidores, no han dudado en pasarse al bando del enemigo.

Vergüenza, como la de este hombre de la fotografía de los años cuarenta del siglo pasado, que tapa la cara de su hija adolescente mientras pide  limosna en la puerta del lujoso restaurante   Lhardy de la Carrera de San Jerónimo de Madrid. Escena que nunca más debería repetirse.

Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial de Comercio, son solo algunos de los poderes financieros internacionales que encabezan esta diabólica cruzada, no olvidemos que detrás de ellos hay hombres con nombres y apellidos, ¿No nos da vergüenza de dejarlos vivir en paz?

¡Malditos sean! ¡Malditos ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos, por siempre jamás!