Cuentos de la Perra Gorda


martes, 19 de junio de 2012


CUENTOS DE LA PERRA GORDA





        En primer lugar debo explicar el título de  estos cuentos, en los que quiero contar sucesos vividos por mí o por algunos compañeros, en el desarrollo de nuestro oficio de funcionarios de la Seguridad Social española.
        La sede provincial de Granada del organismo encargado de la gestión de la Seguridad Social, está en un soberbio edificio modernista, en pleno centro de la capital de la provincia, que ya desde su inauguración a final de los años 20 del siglo pasado, se ha conocido como la Casa  de la Perra Gorda, nombre que deriva de la denominación que la gente dio a los primitivos sistemas de protección social obligatorios, en los que  por medio del abono de una perra gorda diaria (10 céntimos de peseta) por parte del empresario, se garantizaba una pensión de vejez a los trabajadores al cumplir los sesenta y cinco años, que ascendía a la cantidad de 365 pesetas mensuales que, aunque modesta, en aquellos tiempos inseguros, era un escudo contra el hambre nada desdeñable.
        A pesar de que  algún directivo despistado, procedente de otras regiones  de carácter más serio y formal, pretendió borrar esa denominación por considerarla anticuada e indigna, con resultado de fracaso absoluto en el intento, la Casa de la Perra Gorda no ha perdido su glorioso nombre, así se la conoce y así se conocerá mientras siga en pie y cumpliendo sus objetivos, si se le permite, que esa es otra cuestión.
        Es la Perra Gorda el lugar donde hemos trabajado los funcionarios de la Seguridad Social y donde han ocurrido estos hechos que voy a contar a los que, en consecuencia, he llamado "Cuentos de la Perra Gorda".






LOS PEREJILOS



        En el patio de operaciones no cabía ni una persona. Desde primera hora de la mañana habían ido llegando con su carta en la mano, ellos suelen acudir temprano a arreglar sus asuntos, les sobra tiempo y una carta de la Seguridad Social, invitándolos a presentarse personalmente, es motivo de zozobra y preocupación, así es que cuanto antes se cumpla, mejor.
        La idea de perder la pensión les ronda por la cabeza y algunos ni duermen esa noche, de nada sirve que el plazo sea de treinta días, y de nada sirve que la carta esté escrita en términos amables y sin amenazas de ningún tipo, más bien como una súplica “Rogamos que se presente provisto de su documento de identidad, a efectos de realizar un control de vivencia”, palabras extrañas que para la mayoría de ellos suenan a peligro inminente.  Por eso a media mañana el patio se quedó chico y la cola salía a la calle y daba la vuelta a la esquina. 
        Los funcionarios que atendían al público aceleraban el trámite, comprobaban el documento y señalaban con una “P”, de presentado, el nombre que aparecía en el listado, trabajo fácil y rápido, que apenas duraba un par de minutos. No obstante,la gente se agolpaba en la cola con su carta en la mano y haciendo comentarios entre ellos: que qué querrán ahora, qué nos irán a decir, a ver si es para quitarnos la paga. El murmullo no cesaba, pero era solo eso: un murmullo, un ruido de fondo conocido e inofensivo muy habitual en aquel lugar.
        De repente el murmullo se convirtió en gritos y ruido de golpes. Se formó un remolino cerca de la puerta que separa el patio de la entrada del edificio, en el centro de la trifulca y repartiendo guantazos a derecha e izquierda estaban Los Perejilos, con sus cuerpos grandotes y pesados, insultando, gritando y pegando a todo el que se les acercaba.
        Esta singular pareja la formaban una madre y un hijo. No tendría el muchacho, por aquel tiempo, más de dieciocho años, la madre ni se sabe. Quizás, si se hubiera criado en un entorno fácil, el hijo se habría convertido en hombre normal, al menos, tan normal como otros muchos, que han vivido vidas insignificantes, pero al fin y al cabo,  vidas normales. Pero El Perejilo, no tuvo esa suerte, la normalidad nunca se hizo hueco en su casa, ni para él, ni para su familia, que se reducía a su madre, su madre y nada más que su madre. El origen de todos sus males, la autora de su vida había sido también la autora de su destrucción.
        No se conoce cuáles fueron los principios de aquella mujer; ni de dónde venía, ni qué camino había recorrido. Había aparecido por las calles de la ciudad sucia y harapienta, con su cuerpo inflamado por la enfermedad y el alcohol, arrastrando a su hijo, tan harapiento y tan alcoholizado como ella, desde los inocentes tiempos de la primera infancia. No era gente tranquila, no. Cualquier cosa les irritaba, daban gritos y empujones a todo el que se les cruzaba, organizaban trifulcas sin razón alguna, por donde pasaban había escándalos, no pasaban desapercibidos nunca. Conforme el hijo se hacía mayor, la cosa se agravaba, porque a los insultos y los gritos de la madre se unían los guantazos del hijo, que luchaba hasta con su propia madre, con la que de vez en cuando, a falta de contrincantes válidos, formaba espectaculares peleas, en las que recibían y propinaban los guantazos, a partes iguales, el uno y la otra.
        Una vez que se ha hecho un retrato aproximado de los dos protagonistas de esta historia, se va haciendo necesario acudir al patio de operaciones de la Casa de la Perra Gorda, donde los hemos dejado repartiendo leña, no vaya a ser que las cosas pasen a mayores.
        Tratando de apaciguar los ánimos, los funcionarios consiguieron separar a la pareja, dejando al hijo en la cola y convenciendo, con mucho tacto, a la madre  para que se sentara en una silla aparte, así se le haría más fácil la espera, finalizando de esa manera la algarabía que se había formado. Fue necesario pedir perdón  al resto del público que, lógicamente, estaba alborotado porque se habían colado, la verdad es que fueron comprensivos, porque ya habían comprobado que ninguno de los dos  tenía sus facultades en condiciones, y lo verdaderamente conveniente era que se fueran cuanto antes.
        Durante un rato la dinámica de la cola siguió su curso natural, con eficacia el funcionario comprobaba en su listado el nombre del pensionista, miraba la documentación que lo identificaba y le ponía la correspondiente señal y pasaba el siguiente, todo transcurría en paz;  el muchacho avanzaba, paso a paso, con la carta de la madre en la mano, mientras la mujer, sentada en su silla,  se había tranquilizado tanto que parecía que estaba dormida, cosa natural después de tanto jaleo y tanto aguardiente.
        Cuando llegó su turno se dirigió desafiante al funcionario con la carta en la mano diciendo:

-¿Qué quiere decir esto?

El hombre contestó como pudo:

-Se ha citado a su madre para comprobar si está aún viva.

        Y en aquel momento se volvió hacia donde estaba su madre y  se produjo un diálogo a voces tan disparatado, que se quedó para siempre en la memoria de los presentes.


-¡Maaama!

-¡Quéee!

-¿Qué si estás viva o qué si estás muerta?

-¡Estoy viva! ¿No te cagas?

-¡Yo me meo!

        Y sin esperar más explicaciones tiró la carta sobre el mostrador, miró al público como si hubiera ganado la batalla de la inteligencia, se giró hacia donde estaba su madre y con un gesto de la mano le indicó la dirección a la puerta y por ella salieron los dos, riéndose a carcajadas,  rumbo a la calle donde continuaría su rutina de peleas y alcohol, mientras sus cuerpos aguantaran.
        Y aguantaron, pero no mucho tiempo más, algún día se empezó a ver al hijo solo, merodeando por los sitios habituales y con la misma borrachera, pero solo. Durante un tiempo paseó tranquilo por la ciudad, aunque  poco a poco fue recobrando su talante y aún anda por ahí detrás de cualquier follón que se monte, ya sea  procesión, manifestación o lo que sea. Pero ahora está mucho más pacífico, sin duda la influencia materna nunca  le hizo mucho  bien. 


jueves, 11 de febrero de 2010


LOS SIMBOLOS




A mi hermano Juan.








A los que alguna vez los vieron pasar por las calles del centro, en los alrededores del mercado de San Agustín, no les costará mucho recordarlos aunque hayan pasado más de treinta años, será suficiente con que yo les facilite un detalle de su indumentaria y por muy mala memoria que tengan se acordaran de ellos. Pero vamos a ir despacio; ellos hubieran merecido que un buen pintor los inmortalizara colocándoles en el centro de su obra maestra. Como no hay constancia de que eso sucediera y antes de que la memoria se canse de traer sucesos y personajes de otro tiempo, quiero reproducir su imagen para ilustrar de la mejor forma posible esta historia que, aunque aderezada con elementos peligrosos, nunca pasó de ser una sucesión de anécdotas divertidas.
Como ya no eran jóvenes andaban despacio, él siempre iba unos pasos por delante y en la mano llevaba un bastón que no necesitaba para andar: era un símbolo. Ella llevaba un cesto colgado de su brazo que llenaba de hortalizas y frutas que adornaban su figura como si fueran flores, también su cesto era un símbolo. El hombre todavíaconservaba los rasgos que le adornaron en la juventud, piel morena, nariz aguileña pero fina, cejas definidas en triangulo, la barbilla partida y los labios bien dibujados y delgados; aún tenia el pelo negro, excepto el de las patillas que lo tenía gris y rizado, conservaba una figura elegante, la belleza de su raza se había conjugado en su persona. Ella no era guapa, tuvo que ser atractiva en sus años jóvenes, pero no conservaba ningún rasgo destacable, ellas con su pelo rizado y sus ojos negros y grandes suelen ser vistosas en la juventud pero la vejez no las trata bien, pronto se destrozan pariendo niños y llevándolos de un lado para otro en brazos. Aunque el hábito no hace al monje si sirve para definirlo, eso es lo que ocurríacon el atuendo de esta pareja: los definía.
Llevaba el protagonista de nuestra historia un pantalón de pana de color pana, chaqueta de paño negro igual que el chaleco, de cuyo primer ojal salía una cadena de oro que sujetaba un reloj que guardaba en un bolsillo pequeño, en el mismo en que solía meter dos dedos de la mano izquierda cuando caminaba, como si colgara la mano para descansar, calzaba botas con tacón cubano y un sombrero cordobés de ala ancha también de color negro con una cinta marrón que sujetaba una enorme pluma de gallo de tonos vistosos, sin duda la pluma de la cola del gallo más bonito de los que cantaban al amanecer en los alrededores. Aquella pluma le otorgaba una singularidad que no hubiera conseguido por mucho que llevara bastón, tacón y reloj de oro de bolsillo; y es el elemento fundamental que lo sitúa en la memoria de los que alguna vez se cruzaron en su camino.
No estaría completo el retrato sin ella, y con toda seguridad podemos decir que él no estaba completo sin ella, daban la impresión de ser una pareja de verdad, lo que no tenía el uno lo tenía el otro, si él derrochaba autoridad y presencia, ella humildad y prudencia; si él miraba con seriedad, ella sonreía a todo el mundo, si él llevaba en la cabeza sombrero y pluma, ella llevaba un clavel tieso pinchado en el moño y una peineta clavada en el pelo tirante. Porque esto no es una competición de señas de identidad, pero si lo fuera ella podía ganar en tipismo, aunque él se llevaría el premio a la originalidad por lo de la pluma. A la mujer no le faltaba ni un solo detalle: Falda de volantes, delantal, cesta, pendientes largos, moño, mantón, clavel y peineta. Y andaba siempre unos pasos por detrás de él, eso que no se nos olvide.
Pero a pesar de todo lo explicado cabe una duda: ¿Quién mandaba? a todas luces se veía que él era el patriarca, el que velaba por el cumplimiento de las normas ancestrales, a quién tenían que rendir cuentas todos los miembros del grupo y el que impartía justicia. Pero en su casa: ¿Sabemos a ciencia cierta quien mandaba en su casa? Pues no. No lo sabemos y vamos a tener que analizar algunos hechos que ocurrieron para averiguarlo.
Aunque casi todos los habíamos visto por la calle nunca hubiéramos imaginado tenerlos allí en la oficina, por eso cuando entraron aquella mañana las miradas de los que allí nos encontrábamos no pudieron apartarse de ellos ni un momento, no les hacía falta un nombre ni un carnet de identidad, eran únicos, ya estaban totalmente definidos, calificados e identificados. Venían a solicitar el subsidio por invalidez provisional para el hombre, los atendió la compañera que llevaba esa prestación y cuando salieron por la puerta todos nos arremolinamos a su alrededor y ella nos informó cumplidamente saciando nuestra curiosidad: El hombre era tratante de ganado y había sufrido un infarto, había terminado el tiempo previsto para la baja y los médicos le aconsejaban no trabajar más y venía a ver que tenía que hacer, ella le había rellenado la solicitud y había iniciado el trámite, lo único que le había resultado extraño es que cuando le preguntó a él que por donde quería cobrar, la que había contestado había sido ella: “Por la Cajade Ahorros”, había dicho la señora.
El expediente se resolvió sin incidencias y se ordenó el pago en pocos días. Pasados un par de meses se presentó un día el hombre solo, nos resultó raro verlo sin la compañía de su mujer, se dirigió a la funcionaria que lo atendió la otra vez y muy respetuoso le dijo que no quería cobrar más por la Caja de Ahorros que si se lo podían cambiar a la Caja Rural, ella le facilitó un impreso de cambio de entidad pagadora que él firmó y se fue tan contento. Se cambió la orden y a fin de mes ya estaba el pago donde él quería.
En los primeros días del mes siguiente aparecieron los dos por la oficina, nos extrañó verlos otra vez, pero allí estaban: ella con las acelgas saliendo del cesto por un lado y él con sus dos dedos en el bolsillo del chaleco, ¿A que venia tanta visita? ¿Se habría convertido en costumbre, o es que creían que era obligatorio venir para poder cobrar?, la compañera inocentemente les dijo que no hacía falta que vinieran, que la paga iba a ir todos los meses sin problemas. Esta vez fue la mujer la que se adelantó diciendo: “Señorita como no vamos a venir si no nos quieren pagar en la Caja de Ahorros”. Al oír eso el hombre se puso muy serio, debió de recordar que había sido él mismo el que lo había cambiado y se le había olvidado completamente. Con la punta del bastón le dio un golpecito en el hombro a la mujer y sin hablar, con un simple movimiento de cabeza, le indicó la salida, mientras se dirigía hacia la puerta. Él no quería seguir allí, sin duda no deseaba que la mujer supiera porqué se había producido el cambio, pero la funcionaria diligente se apresuró a explicarle: “Es que vino su marido y nos dijo que quería cobrar en la Caja Rural”. La señora lo comprendió todo y aprovechando que él no la oía dijo muy bajo: “Para ir a cobrar solo y no darme nada para la casa, para eso lo hizo, pero como estaría borracho cuando vino, se le ha olvidado”. No contenta con la explicación, conforme se iba, volvía la cara mirando al tendido y hacía un gesto con la cabeza levantando las cejas mientras se señalaba la boca con el dedo pulgar moviendo la mano de atrás hacia adelante con mucho ritmo, simulando beber de una bota.
Y no se acabó la historia, aún habría másvisitas. Pasó aquel mes y en los primeros días del siguiente volvió el hombre solo, más serio, si cabe, que las veces anteriores, se acercó a la funcionaria y le dijo: “Quiero que me pongan la paga en la Caja Postal”. Ella cansada ya de tanto cambio le dijo que no podía ser, que ya se le habían hecho dos cambios y que no se podía estar todos los meses cambiando de un banco a otro. No le gustó al hombre nada aquello y echando el cuerpo hacia atrás y balanceándose de un lado a otro se abrió la chaqueta para mostrarnos lo que llevaba enganchado en el cinturón, que no era otra cosa que una pistola negra y grande que nos dejó a todos estupefactos, a la vez que comprendimos que el lenguaje de las armas es realmente eficaz; como nos demostró la compañera que, después de respirar hondo sacó los impresos,los rellenó, le pidió que los firmara y se despidió de él amablemente mientras le decía que al mes siguiente cobraría enla Caja Postal o donde él quisiera ¡faltaría más!
La visita siguiente le tocaba venir con la mujer y así lo hizo, tenían que enterarse donde estaba el dinero, pero esta fue la última vez, de alguna manera aquella señora le hizo entrar en razón, o quizás él comprendió que era inútil tratar de despistarla porque al final, como se le olvidaba lo que hacía, se veía obligado a ir a cobrar con ella y con todo su golpe de autoridad rodando por los suelos.

martes, 12 de enero de 2010


Las luces



    Entre el público que venía a resolver asuntos a la Seguridad Social en los años setenta, era frecuente encontrar mujeres que no sabían leer y escribir. No ocurría lo mismo con los hombres, no porque hubieran ido a la escuela, que tampoco habían ido, sino porque en la "Mili" enseñaban a los que no sabían, seguramente era lo único bueno que sacaban del Servicio Militar. Normalmente, si había alguno que era analfabeto no lo declaraba, solían ser las mujeres las que se acercaban a nosotros para resolver los problemas, ellos, simplemente, se quedaban atrás.

        No por ser frecuente, dejaba de ser doloroso ver a una mujer humillada ponerse en tus manos diciendo: "Señorita me da mucha vergüenza decirlo, pero es que yo no sé leer", eso lo decían cuando no había más remedio porque tenían que firmar o rellenar algún papel en nuestra presencia, antes habían recurrido a parientes y vecinos que le hacían el favor de cumplimentar los documentos, eso si tenían suerte, porque también había desaprensivos que les cobraban un dineral por hacerlo y que aprovechaban la coyuntura para complicar las cosas y conseguir más correspondencia y por tanto más negocio. A pesar de haber desarrollado suficientes habilidades para conducir situaciones difíciles a fuerza de atender a tanta gente con tantos problemas, nunca pude acostumbrarme a semejante injusticia: ¡qué tuviera que avergonzarse la víctima de ser víctima!, el mero hecho de que la mujer pidiera perdón por no saber firmar me producía un desasosiego que hasta me hacía tartamudear, a base de oficio encontré la frase exacta que expresaba lo que sentía y siempre les decía lo mismo: "No, señora, a usted no tiene que darle vergüenza , a los que nos tiene que dar vergüenza de haberlo permitido es a todos los demás", no sé si entendían lo que yo quería expresar, pero sentía que las tranquilizaba, y sobre todo agradecían que les escribiera lo que ellas no sabían, aunque para firmar no tuviera más remedio que sacar el tampón de tinta azul e invitarlas a firmar con el dedo, eso sí, procuraba que pasaran a mi mesa para que lo hicieran sin que las viera el resto del público que por allí rondaba. He de decir que la mayoría de mis compañeros actuaba de la misma forrma. 

        Afortunadamente, a partir de la creación del Instituto Nacional de Servicios Sociales, se pusieron en marcha múltiples planes de atención a los más desfavorecidos, entre los que estaban las personas mayores, se fundaron Hogares del Pensionista en todos los pueblos y en los barrios de las ciudades y en colaboración con los servicios sociales de los ayuntamientos, se impulsaron campañas de educación de adultos, creando Escuelas de Mayores donde muchas personas han podido cumplir su sueño de aprender, dejando atrás un complejo que les venía pesando toda la vida. Yo he conocido a muchas de ellas y me consta que eso les ha cambiado la vida. Entre todas, hay una que merece que yo escriba lo que ocurrió para que a partir de una confusión de términos y de unas risas consiguiera lo que quería, demostrando de paso ser una persona agradecida.

    Se presentó la mujer para solicitar una prestación y traía su formulario cumplimentado y la documentación necesaria en regla, alguna persona le había preparado los documentos y le había rellenado los cuestionarios, me dí cuenta que lo había hecho con letra redonda y clara propia de una persona joven. Pero faltaba una certificación que tenían que expedir en otra entidad, como traía todo tan bien preparado pensé que se podría resolver el expediente con rapidez, la oficina no estaba lejos y le recomendé que se acercara a por el papel que faltaba. Pero en contra de lo esperado la mujer empezó a dar excusas para no ir: "que era de un pueblo”,"que no le daba tiempo", "que podía perder el autobús".... A veces, las personas le dan a una cosa sencilla una dimensión exagerada y, generalmente, la reacción obedece a algo que les preocupa, porque para ellas es irresoluble. Como la vi tan nerviosa, quise ayudarla y llamé a la otra entidad para intentar que mandaran el documento por correo, me dijeron que no había inconveniente, pero que había que enviar un escrito de solicitud firmado por ella. Le conté el resultado de mi gestión muy satisfecha, pensando que se pondría contenta, pero apareció el verdadero problema, el de siempre, el que yo más odiaba: "Señorita es que yo no se escribir". No me dio tiempo a decir nada, con cara de súplica me cogió las manos y me dijo: "¡Señorita a ver si usted con sus “cortas luces” me lo puede hacer!". Mientras le hacía el papel que necesitaba, no podía contener la risa pensando en que la pobre mujer me hacía la pelota al revés. Me preguntó que si me reía de ella y le dije que no, que había dicho una frase que me había hecho gracia pero nada más. Me contó la mujer que lo pasaba mal por no saber leer, que el resto de la documentación se la había escrito su vecina que era joven. Aproveché la ocasión para decirle que en su pueblo había una escuela para enseñar a leer a las personas mayores, que se informara en el Hogar del Pensionista si le interesaba.

    Bastante tiempo después, vino por la oficina la Asistenta Social del pueblo de aquella mujer. Me buscó y me dio un sobre que mandaba la señora para mi, contenía una tarjeta de esas que se venden para los cumpleaños en la que había escrito con letra de principiante una misiva que decía: "Para que sepa que he aprendido y para darle las gracias”, y firmaba con su nombre y sus dos apellidos.

sábado, 12 de diciembre de 2009


El Apache


EL APACHE
Desde que entró por la puerta nos llamó la atención su aspecto, pero me equivoqué al otorgarle el calificativo de "Apache", no lo era y, sin embargo, siempre que nos hemos referido a él, lo hemos hecho con ese nombre. Tratando de subsanar el error, escribo este relato para poder nombrar en adelante a nuestro protagonista con la propiedad que se merece, al mismo tiempo que comparto una historia singular con las personas que amablemente dediquen un poco de tiempo a leerlo.
Era un hombre de pequeña estatura y muy delgado, con el pelo negro,brillante, peinado con la raya al lado y un pequeño "tupé" muy trabajado en la frente. En su cara muy blanca destacaban unas patillas finas y largas que hacían un dibujo tan elaborado como el símbolo de la Libra Esterlina, y no eran los únicos adornos capilares que tenía en la cara, estaban acompañadas por un bigote a lo Clark Gable y unas cejas arqueadas y bien perfiladas.
Muy limpio y con olor a perfume, su extravaganteindumentaria lo trasladaba a otra época que en aquel momento no supimos definir. Su pantalón estrecho y negro le llegaba justo al filo de unos botines de punta fina que se cerraban en el tobillo con una hebilla plateada, no es necesario decir que brillaban como espejos. Se abrigaba con un gabán entallado y corto con dibujo de pata de gallo en blanco y negro, cada pata de gallo era de tamaño natural, es decir, eran tan grandes como las huellas que un pollo deja en el barro del corral. Culminaba su atuendo con un gracioso pañuelitorojo atado al cuello. Más adelante llegamos a la conclusión de que parecía escapado de un cartel de Toulouse Lautrec, asignándole con ello un lugar en el tiempo, pero no era ese tiempo el suyo y seguía sin ser un "Apache", aunque nosotros lo llamáramos así.
La confusión surgía de nuestra propia ignorancia. Él era atípico, y nosotros conocíamos algo de aquellos golfos de los arrabales parisinos que a principios del siglo XX habían hecho famosos los periodistas al publicar sus fechorías en los periódicos, adornando los artículos con dibujos o fotografías en los que aparecían unos jóvenes con un pañuelo rojo al cuello y con los zapatos muy limpios, apostados en las esquinas esperando a los transeúntes para robarles, o formando tumultuosas peleas entre ellos. Esos eran los Apaches y no nuestro hombre: injustamente lo habíamos etiquetado en función de su atuendo y eso es algo que normalmente induce a errores.
El hombre, educado y respetuoso, se dirigió a mi con un "Señoguita pog favog", por lo que deduje que era francés, demasiadas coincidencias para no equivocarse. Pero cuando comenzó a contarnos su problema se fueron aclarando las cosas, en su pasaporte estaba escrito que había nacido en Tarragona, pero había viajado mucho, se podía comprobar por la cantidad de sellos que tenía el documento. Se daba la circunstancia de que tenia frenillo y una mezcla de acentos que imposibilitaba laidentificación de su procedencia a través del lenguaje.
También mostró un carné de identidad más que caducado, en el que figuraba la palabra “Artista” en el lugar reservado para la profesión del titular. Para calmar mi curiosidad no tuve más remedio que preguntarle que en que consistía su actividad artística, a lo que me respondió con mucha seriedad que era “tanguero”. De ahí venía todo, del oficio. Lo habíamos relacionado con las portadas de los discos de tangos de la Voz de su Amo y con los carteles que aparecían en las colecciones encuadernadas de la antigua revista “Blanco y Negro” que había en nuestras casas en las que aparecían imágenes de los cantantes ataviados con el mismo estilo que nuestro cliente.
Era cantante y bailarín de tangos. En los primeros años de la década de 1910 habían vuelto a Argentina y Uruguay, procedentes de París, los emigrantes que no habían tenido suerte en Europa y con ellos llegaba también una tropa de golfos y hampones que trajeron el estilo apache a los barrios bajos de Buenos Aires yMontevídeo, y rápidamente igual que había pasado en Francia los periódicos comenzaron a contar sus aventuras. Pronto se puso de moda lo que se llamó el Tango Apache, y grupos de cantantes como los “Apaches Uruguayos” o los “Apaches Argentinos”, llegaron a las más altas cotas de popularidad. Cincuenta años después nuestro amigo cultivaba precisamente ese estilo musical, algo que imprime carácter, por lo que no es de extrañar que eligiera su atuendo en concordancia.
De haber sido objetivos podíamos haberle llamado elTanguero o el Artista, o podíamos habernos referido a él por su nombre y apellidos que hubiera sido lo correcto, pero eso es lo que hacíamos con todo el mundo y él era tan peculiar que fue imposible, se quedó con el “Apache” hasta el día de hoy. Y mucho me temo que así se va a seguir llamando, porque analizadas las características del personaje y habiendo estudiado a fondo las connotaciones del apelativo, llegamos a la conclusión de que es exactamente el nombre que define y califica a nuestro protagonista, no por ser delincuente, sino como nombre artístico.
Me dijo que vivía en Paris desde hacía veinte años, y que el último sitio donde trabajó en España, en Granada, donde tuvo un accidente por el que le reconocieron una pensión de incapacidad. La cobró durante un tiempo, pero se fue a Francia y ya no volvió a percibir nada. Aquello era extraño y ante mis preguntas sobre el motivo por el cual no había solicitado que se le enviara la paga al país de residencia, me explicó que había tomado la decisión de partir un poco precipitadamente y no le había dado tiempo. Había venido de vacaciones y quería aprovechar el viaje para tratar de averiguar si estaba perdida para siempre.Le pedimos que nos diera tiempo para localizar su expediente, no era una tarea fácil debido al tiempo que había transcurrido pero no era imposible, y le invitamos a que renovara el Carné de Identidad. Era la forma de rehabilitar la pensión con suficientes garantías de que se trataba de la misma persona, ya se encargarían en la Comisaría de verificar supersonalidad con sus propios métodos.
Cómo es lógico, hay documentos fundamentales que no pueden ser objeto de expurgo y por mucho tiempo que haya pasado se encuentran siempre los antecedentes: en aquellos años se abría una ficha a nombre de los usuarios que solicitaban cualquier prestación y en ella se indicaba la clase de prestación y el número de expediente, anotando en la misma ficha todas las solicitudes que se presentaran a lo largo de su vida. Esos ficheros se informatizaron totalmente y hoy día se trabaja con más comodidad, pero entonces tardé un buen rato en localizar la ficha de mi “Apache”. Cuando la encontré sentí verdadera alegría al comprobar que efectivamente existía un expediente de incapacidad de aquel hombre. Ya podía bajar al sótano a buscarlo y rehabilitar su pensión, satisface resolver estos casos que se salen de la rutina y es agradable solucionar problemas, aunque no se conozca de nada a la persona.
Bolígrafo y papel en mano me dispuse a tomar nota del número de expediente, y observé algo que me perturbó: había dos expedientes anotados, uno era el de incapacidad y el otro ¡era de viudedad! ¿Quién había solicitado aquello?, según la anotación lo había hecho “su viuda”, y sin duda el fallecido era él. Tenía por delante un autentico problema, cuando menos el “Apache” era un estafador, era la primera vez que me encontraba ante un caso así, aquello me alteraba, lo comenté con mi compañero y decidimos bajar al archivo a buscar los expedientes para tratar de ver algo de luz en aquella trama, pensando que tendríamos que dar cuenta a la Asesoría Jurídica para que se actuara en consecuencia.
Fuimos al archivo como dos policías, tensos y con la determinación de descubrir el hilo del que íbamos a tirar para aclarar el embrollo. Un hombre que se presenta para reclamar su dinero y que en nuestros papeles figura como fallecido y causante de una pensión de viudedad, un asunto tan emocionante despierta el interés y aviva la imaginación, tanto que en nuestras cabezas alborotadas el pobre “Apache” solo tenía dos destinos posibles: o estaba muerto o iba a la cárcel por impostor.
Pero, por el momento, ninguno de los dos destinos era el suyo, la cosa era más rara todavía. En primer lugar el hombre no estaba muerto, aunque es posible que si se hubiera ido de “parranda”. Y en segundo lugar tampoco era un delincuente, no por este asunto, quedó demostrado que él era él y que estaba vivo.
El estrés de los investigadores pronto se disolvió, en el estudio del expediente descubrimos que la prestación de viudedad nunca se resolvió, simplemente se decretó el archivo de la solicitud por no haber aportado documentos imprescindibles. ¿Cómo se le va a reconocer una pensión de viudedad a una señora que no trae la partida de defunción del marido?
Contenía aquel expediente documentos muy interesantes. A partir de una denuncia por desaparición la señora había iniciado ante el juzgado un expediente de declaración de ausencia con la intención de obtener una sentencia judicial que lo declarase fallecido. Por causas que no supimos el juez nunca había dictado la sentencia esperada, puede ser que no estuviese claro el asunto. En la demanda la mujer explicaba que tenían graves problemas de convivencia y que un día el hombre salió y no volvió más.
Nuestra curiosidad había quedado satisfecha, a partir de ahí la resolución del asunto era fácil, solo quedaban algunascomprobaciones y pronto estaría todo solucionado. No obstante esperábamos el momento en que el hombre se presentara con preocupación, a ver como se lo tomaba. Nunca se sabe como va a reaccionar una persona al enterarse que lo han intentado dar por muerto para disponer de sus bienes.
No se lo tomó demasiado mal, algo debía de saber aunque se hizo de nuevas, nos dijo que era incomprensible, que él se había ido pero que nunca había ocultado su paradero, que eso había sido un intento de estafa por parte de su mujer y que por eso no había prosperado.
Exageramos al contarle lo que ella había alegado en la denuncia, adornamos el asunto con algún dato de nuestra cosecha, le contamos lo de la relación tormentosa y que después de una pelea había salido a comprar tabaco y no había vuelto jamás, al oír esto puso cara de asombro y abriendo mucho los ojos dijo:
-“¿Relación tormentosa?”, ¡Eso es falso!, tuvimos undisgustillo sin importancia nada más.
¡Disgustillo sin importancia y se había quitado de en medio durante más de veinte años!
A partir de ahí todo fue muy fácil, renovada su documentacióncomo procedía, se rehabilitó la pensión actualizándola al valor del momento, lo que causó gran alegría al hombre que no se lo esperaba y la seguridad que le daba una pensión digna para toda la vida le hizo olvidar la actuación de la que fue su esposa que, aunque de forma indolora, había intentado “enterrarlo” en vida.
Su relación con nosotros se volvió más amistosa, el hombre estirado de las primeras visitas dio paso a una persona jovial que con simpatía insistió en que nos tomáramos un café con él y en la cafetería de al lado tuvimos un desayuno de anécdotas, mujeres y tangos, que nos proporcionaron una placentera digestión de cultura tanguista que nos ha sido muy útil en la vida.
Unos días después vino a despedirse porque volvía a París, nos dio una caja con envoltura elegante a cada uno, que en principio aceptamos creyendo que eran bombones, pero cuando las abrimos vimos que eran dos colecciones de monedas conmemorativas del bicentenario de la Revolución Francesa, eso no podíamos aceptarlo porque eran demasiado valiosas. Después de explicarle que no podíamos aceptar ese regalo de todas las formas posibles, conseguimos que cogiera las cajas y se las llevara, nos dijo que no lo comprendía y que se iba muy “disgustado”. Sin poder contenerme le dije:
- ¡Pues entonces no lo vemos por aquí en veinte años!
No fue así, volvió al año siguiente. Tenía un aspecto inmejorable y nos dijo que estaba muy tranquilo y feliz, seguía con sus agradecimientos, dijo que nadie se había preocupado por él como nosotros en su vida, que mientras pudiera volvería a saludarnos en sus vacaciones y que todavía se acordaba del mal rato que se llevó cuando no le aceptamos el regalo el año anterior. Me preguntó que si le aceptaría un bote de colonia, le dije que si, que eso no tenía importancia, tenía que haberlo pensado mejor conociendo su tendencia a la exageración, porque sacó de su bolsa un bote de litro de “Chanel nº 5”, ¡de litro!, veinte años me ha durado el perfume.

martes, 17 de noviembre de 2009


El collar


EL COLLAR




Solo tenían en común su afición a las barras de los bares y lo que en ellas se consume, por eso, demasiadas veces, cuando salían de la oficina al mediodía, se metían en el primer bar que  encontraban, y conforme pasaban las horas, había días que olvidaban hasta el camino a sus casas. Los otros compañeros se excusaban y no porque fueran abstemios, sino porque el ritmo que ellos llevaban no lo puede aguantar un cuerpo humano normal que madruga y trabaja ocho horas diarias. Pero ellos sí aguantaban, tenían habilidad para economizar fuerzas a base de trabajar poquito, esa era una “virtud” que también compartían.

No eran buenos amigos, solo compañeros, de hecho, ninguno de los dos estaba adornado por las cualidades necesarias para llevar adelante una amistad, bien es verdad que los motivos de dicha incapacidad eran diferentes. Uno, el mayor, no podía ser amigo de nadie, simplemente porque no era muy bueno, había tenido la mala suerte de nacer con el defecto de la envidia y eso entraña serias dificultades para generar amor al prójimo. El otro, el más joven, por decirlo finamente, era poco inteligente y además era una de esas personas cuyo egoísmo las deja fuera de juego para cumplir lo que la práctica de una amistad requiere para su conservación. En pocas palabras: ambos eran seres oscuros, uno más malo que el otro, y, a su vez, el otro más tonto que el uno.

A punto de finalizar la primavera, uno de esos días en los que ya el calor se empieza a notar con fuerza y la ropa estorba, cuando lo que apetece es refrescarse por dentro y por fuera, la mala fortuna no quiso, o no pudo, evitar el encuentro en la puerta de la oficina al acabar la jornada, y después de los comentarios de rigor sobre el buen tiempo, acordaron que lo que les vendría mejor en aquel momento sería tomarse una cerveza fresquita en el bar de al lado.

Y allí estaban los dos en la barra del bar con su vaso en la mano hablando de unas cosas y otras, pasando de la cerveza a los vinos y de los vinos a las copas y de las copas a más copas. La conversación del mas viejo siempre era igual, con copas o sin copas sus temas siempre eran los mismos: cotilleos sobre la gente de la oficina y difusión de rumores diversos; lo que no sabía se lo inventaba, eso sí, adornando siempre la plática con chascarrillos ingeniosos y oportunos que lo convertían en un buen tertuliano a pesar de lo malicioso que era, eso es lo que tiene estar siempre en los bares, que se aprende mucho y se desarrollan las habilidades necesarias para mantener la atención de los presentes. El más joven no tenía apenas conversación, se limitaba a asentir y reír las gracias de su compañero, y si en algún momento hablaba, lo hacía sobre sí mismo, como todos los simples: lo mal que se portaba con él el resto del mundo y la mala suerte que tenía; hasta que el alcohol empezaba a hacer sus efectos, entonces ya sí hablaba y contaba intimidades que el otro archivaba para difundirlas a las primeras de cambio. Aquel día la borrachera fue traicionera, se tornó llorona y estuvo toda la tarde lamentándose por los malos ratos que le hacía pasar determinada compañera de la que andaba enamorado y no le hacía caso. La verdad es que ella coqueteaba con él con el fin de que le hiciera el trabajo, y si el trabajo se lo hacía otro más guapo pues coqueteaba con el guapo. Y el pobre sufría como un quinceañero cuando ya andaba por los cuarenta. Una pena.

Cuando quisieron acordar, eran las seis de la tarde. Con ayuda de los vapores del alcohol y de las lágrimas se les habían pasado las horas sin darse cuenta y con toda la prisa que sus entorpecidas piernas les permitían enfilaron la calle principal con dirección a sus casas.

Pero el peligro de aquel día aún estaba por llegar. Al pasar por la joyería de un conocido de ambos, el mayor, con toda la mala idea que lo caracterizaba, le sugirió que comprara un regalo a la compañera para demostrarle su amor, asegurándole que regalar una joya a una mujer era garantía de éxito. Entraron y el infeliz compró un discreto collar de perlas, que por ser quien era se lo dejaron a buen precio, quedando en pasar al día siguiente a pagarlo.

Siguieron calle abajo, contentos con la idea que habían tenido y haciendo acopio de su imaginación para inventar las excusas que presentarían a sus esposas por la tardanza. De repente vieron precisamente a una de ellas. Era la mujer del enamorado que se acercaba a ellos subiendo por la calle con pasos ligeros y con cara de pocos amigos. Como por encanto se disipó la borrachera, reaccionaron y con precipitación y disimulo metieron el paquete del collar en el bolsillo de la chaqueta del mayor. Por un momento la sangre les dio una tregua y, una vez liberada de la congelación que acababa de sufrir, volvió a circular por el cuerpo.

Tras los saludos de cortesía se separaron y uno dando explicaciones y el otro preparando las suyas se fueron a sus casas a descansar. Lo que pasó entre los dos matrimonios aquella tarde solo ellos lo conocen, pertenece al sagrado ámbito de la intimidad familiar, lo que sí es conocido es que las chaquetas que llevaban se colgaron cada una en su armario dispuestas a descansar durante una temporada. El calor de aquella tarde marcaba el principio del verano y ya no se las iba a necesitar.

No volvieron a recordar nada de aquella tarde ninguno de los dos. Una vez inmersos en el verano las rutinas se cambian, no es apetecible tomar copas a las tres de la tarde del mes de julio , lo que gusta es ir a casa a la hora de comer para poder dormir la siesta, hacer oscura la tarde y salir al anochecer para disfrutar del aire fresco que durante el día se ha añorado tanto, procurando así hacer más llevadera la espera de las vacaciones, en las que todo nuestro universo cambia y cada uno disfruta de sus días como puede, olvidando por una temporada la rutina del resto del año.

El prudente joyero no dio señales de vida hasta bien entrado el mes de octubre; una tarde esperó a Romeo y le recordó que le debía el collar, él no se acordaba de nada y negó tal deuda. El hombre le explicó que una tarde del mes de junio pasó por allí con su amigo y que le compraron un collar de perlas para hacer un regalo. Haciendo un esfuerzo mental empezó a recomponer la historia de aquel día y cuando llegó a la escena de la joyería se le cortó la respiración. Aquel hombre tenía razón, le pidió disculpas y le dio unas cuantas explicaciones como pudo, prometiéndole que al día siguiente lo devolvería, que no había hecho el regalo y lo conservaba empaquetado tal y como se lo llevó, que lo dejó olvidado en el bolsillo de la chaqueta, que era fácil comprobar que nadie había lucido la joya y que, por favor, aceptara la propuesta porque no podía pagarlo. Ha quedado dicho anteriormente que el joyero era prudente, por lo que es fácil advertir que una vez analizada la situación aceptó la propuesta por aquello de que más vale pájaro en mano que ciento volando. Si se han puesto el collar mejor para ellos, mejor eso que perderlo.

Llegó más temprano que de costumbre a la oficina, para qué seguir en la cama si no había pegado ojo en toda la noche, y se fue rápido en busca de su amigo para contarle lo que había pasado el día anterior con el dueño de la joyería, y para decirle que le trajera el collar por la tarde, que quería devolverlo cuanto antes.

-Eso es imposible, porque se lo he regalado a mi mujer. Lo encontró en mi chaqueta de entretiempo cuando la sacó para limpiarla, y le tuve que decir que era para ella y que se me había olvidado dárselo cuando lo compré. Tuvimos una discusión y me recordó que eso me pasaba por beber tanto, pero como era un regalo muy bonito al final se lo puso y la cosa terminó bien.

-Pues ve a la joyería y lo pagas.

-¿Yo?, yo no he comprado nada en esa joyería, si quieres llamo a tu mujer y le digo que quieres que pague el collar que le compraste tú a tu novia.

El pobre no daba crédito a lo que estaba oyendo, discutió hasta el cansancio y el otro sinvergüenza no paraba de reírse, provocando cada vez más su desesperación; al final comprendió que había perdido la batalla y se fue a su despacho jurándole que no le hablaría más en la vida, que le iba a dar una paliza, y que se iba a acordar de él porque más tarde o más temprano se vengaría.

Como sabía que tenía que pagar el collar, pasó la jornada tratando de inventar la forma de hacerlo sin que se notara mucho el recorte en el sueldo. Y tuvo una idea que por lo menos a él le pareció luminosa. Pidiéndole la máxima discreción al joyero le contó lo que le había pasado con su amigo, negoció un buen precio para otro collar, firmó letras como para escribir esta historia y se fue a su casa con un regalo sorpresa para su esposa, que lo recibió emocionada.

¿Por dónde llegó la venganza? Eso no lo sabemos; seguramente por parte del joven nunca la hubo, su falta de carácter, su miedo y la desconfianza de sí mismo, unidos a la ausencia total de imaginación y creatividad se lo impidieron, pero con sus ganas se quedó. Es más, no tardaron mucho tiempo en volver a las andadas, no es tan fácil encontrar un buen compañero para las borracheras.

Lo que sí se sabe es que, transcurrido el tiempo, el episodio se hizo público, de eso doy fe porque lo estoy contando. Se desconoce cómo salió a la luz. Pudo ser el joyero. ¿Por qué no? Aunque ya hemos dejado claro que era un hombre discreto y no es conveniente perder clientes que compran collares de dos en dos. También pudo ser la pretendida novia, que al no ser beneficiaria del precioso regalo lo contara a sus amigas, y ya se sabe lo que pasa en esos casos, que no se lo digas a nadie pero sé de buena tinta….

Pero lo más probable, conociéndolos como los hemos conocido, es que en la barra de un bar, una tarde de primavera, se lo recordara el uno al otro cuando ya llevaban unas cuantas copas de más. Y una historia como ésta, un camarero gracioso o un parroquiano avispado, no tarda ni cinco minutos en lanzarla a los cuatro vientos.

Y un viento caliente hasta aquí la ha traído.


lunes, 2 de noviembre de 2009


DE LUTO RIGUROSO



 


"Tú lo que tienes que hacer es escribir", eso me sugieren los que me conocen y saben que estoy perdida sin trabajar. “¿Sobre qué escribo?”, suelo contestar, y más de uno me ha pedido que cuente anécdotas que me han pasado en el que fue mi trabajo, o sobre las historias que he conocido a través de él, y yo he pensado que voy a empezar por transmitir las impresiones que me han causado algunas personas con las que me he cruzado en el desarrollo de mi vida laboral y que, de alguna forma, se han quedado en mi memoria por unos motivos o por otros. Esta es una.


DE LUTO RIGUROSO”


Trascurrían los primeros años de la década de los ochenta del siglo pasado. Los medios que teníamos a nuestro alcance para desarrollar nuestra labor eran bastante avanzados comparándolos con los otros Ministerios, pero aún se resolvía de forma manual y los tramitadores atendíamos a los solicitantes de prestaciones directamente en nuestro lugar de trabajo.

Para ponernos en situación quiero explicar aquí que al principio los expedientes son papeles. Poco a poco, conforme se van recopilando los datos de la persona y se van resumiendo sus circunstancias, se transforman en una historia de vida, en una identidad, un pasado, un futuro, una trayectoria, un problema, una calificación, piezas sueltas que en las manos del tramitador, mediante un juego de análisis y cálculos, se convierten en la solución o en la decepción de toda una vida cuyas expectativas culminan en ese momento, y que depende de él y de sus conocimientos y destreza para que sus derechos sean debidamente aplicados. No es fácil la tarea, porque las normas son muy complejas y nos atañe una legislación muy viva, que sufre modificaciones continuamente en su afán por adaptarse a las circunstancias sociales a medida que se van produciendo.
El expediente que yo tenía en la mesa era de incapacidad; la titular era una empleada de hogar típica de aquella época, por la que nunca habían querido cotizar en las diferentes casas en las que había trabajado, cosa muy corriente por entonces. En los últimos años había asumido la cotización por cuenta propia para poder llegar a cobrar una pensión cuando ya no pudiera trabajar. Había conseguido reunir el periodo mínimo exigido para tener derecho, estaba enferma y no podía trabajar ya, le habían reconocido la incapacidad, todo parecía estar bien, pero surgió el problema: tenía descubiertos en la cotización, es decir, debía las cuotas de uno o dos meses, y no se pueden conceder prestaciones a los deudores. Se le escribió una vez invitándola al pago de la deuda, pasaron los días y no contestó. Se le volvió a escribir, y tampoco. Ya había transcurrido tiempo suficiente como para poder archivar el expediente, pero me resistía y le escribí otra vez más, esta vez, en lugar de mencionarle la deuda, simplemente la cité.
Apareció a los pocos días. Me impresionó su aspecto: era una mujer bajita y ancha, daba la sensación de que no había crecido más porque había tenido que llevar cargas pesadas siendo niña y sus huesos no habían alcanzado el tamaño que estaba genéticamente previsto. Su pelo era negro, se parecía a uno de “Los Borrachos” de Velázquez, el que está de pie de perfil a la derecha del cuadro, ese hombre que también pintó de frente en  “La fragua  de Vulcano”, aunque sin barba. Algo tenía en la cara que resultaba simpática, serían unos ojos negros pequeños y muy brillantes, la nariz chata, o unos mofletes colorados que daban la sensación de sonrisa permanente. Pero no era precisamente eso lo que hacía, sino que lloraba sin parar mientras me aseguraba que ella no podía pagar la deuda de ninguna manera. Iba a perder una pensión que, aunque modesta, le haría vivir un poco más tranquila y disfrutar de una seguridad que nunca había conocido por no poder pagar dos cuotas que debía. Después de trabajar durante toda su vida sirviendo fielmente a los que no habían querido cotizar por ella, después de haber tenido que responsabilizarse de sus propias cotizaciones, no tenía suficiente dinero para cancelar una mísera deuda.
Para nosotros eso no era nuevo, situaciones como esas habíamos visto muchas veces, el público que a nosotros nos visitaba no lo hacía precisamente por tener cuarenta años cotizados con bases máximas, esos no tenían que venir a vernos, se limitaban a dejar su solicitud en el Registro y todo rodaba fácil y favorablemente para ellos. Los que venían lo hacían para resolver problemas. Pero por mucha costumbre de vender escobas que se tenga, no deja uno de saber lo que se trae entre manos, y es normal estremecerse ante las injusticias de la vida, y puedo asegurar que hemos visto más de la cuenta. Eran los trabajadores de la posguerra los que se jubilaban en aquellos años.
Algo había en aquella mujer que era especialmente estremecedor, era la cara de la desgracia, de la mala suerte. Me dijo que tenía el marido incapacitado en una cama sin moverse, que su hijo estaba en la cárcel para muchos años, que su hija le había traído un nieto a la casa del que no sabía quién era el padre y que, además, esa hija estaba enganchada a la droga y que lo único que hacía era trapichear para obtener su dosis y desaparecer, para luego venir, y sin preguntar siquiera por el niño que allí había dejado, pedirle algo y marcharse otra vez.
Ante esas historias uno reacciona y trata de solidarizarse. Yo en un alarde de caridad inútil le dije: “Todo eso es muy triste señora, pero lo peor es lo de su hija, que tendría que buscar ayuda porque se va a morir como siga así”. Reaccionó rápidamente y ante los ojos atónitos de los que estábamos allí, la mujer, con una incomprensible agilidad de gacela Thompson, dio un salto y a la vez que hacía un gracioso gesto de saludo de Mosquetero, dirigió su mano a un pie y siguiendo una trayectoria rápida la subió hasta la cabeza mientras decía: “¡Pues si se muere, señorita, yo me visto de luto riguroso de los pies a la cabeza y descansamos ella y yo!”.
¡Cómo sería de difícil su día a día para que aquella mujer viera en la muerte, aunque fuera la de su hija, la liberación!

Le buscamos solución a la deuda usando los mecanismos que estaban ya previstos, de manera que adquiriendo el compromiso formal de la cancelación, por medio de pagos fraccionados en cuotas mínimas, pudiéramos aprobar el expediente y comenzar a cobrar su pensión. Tan acostumbrada estaba a que nada en su vida tuviera remedio que la pobre no se podía creer que aquello se pudiera solucionar. Se fue de allí con una sonrisa que le pillaba toda la cara.
A las pocas semanas se presentó en la oficina con un ramo de flores “Ya he cobrado, muchas gracias por todo, señorita, le traigo a usted estas flores para que tenga un recuerdo mío, por eso se las he comprado de plástico”. De eso hace veintiocho o veintinueve años y la recuerdo como si hubiera pasado ayer.

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