viernes, 20 de marzo de 2015

QUÉ SE NOS VAN...

¡QUÉ SE NOS VAN!


Los rayos de sol pasaban entre las hojas del nogal y formaban pequeños lunares de luz. Un gato pequeño jugaba a pillar las luces que se movían por la placeta de piedra cuando la brisa de la mañana mecía las ramas. La gata dormía con un ojo mientras que con el otro vigilaba a su cachorro, cuando se cansó de verlo  perder el tiempo persiguiendo la nada se levantó despacio, se estiró y desapareció entre los arbustos del jardín. Volvió con una lagartija en la boca que depositó en el suelo mientras la sujetaba con una de sus patas delanteras, con la otra, de un zarpazo,  le arrancó la cola.

 El gatito se acercó a mirar con curiosidad y cuando estuvo suficientemente cerca la madre soltó a la lagartija para que su hijo la cazara él solo. Misión fallida, la lagartija intentó huir, sin cola y conmocionada fue fácil para la gata madre impedir que escapara, y mientras la sujetaba de nuevo con su garra, con la otra pegaba un suave manotazo al gatito, a modo de maternal regañera. Esta misma escena se repitió algunas veces más,  y cada vez que el pequeño fallaba, la madre le daba su tortazo. Muerte cruel para la lagartija, pero eficaz método de educación para el gatito.

Una buena madre la gata de tres colores, cumpliendo el papel que le ha tocado enseña a su hijo a buscarse el sustento necesario para vivir, ella se busca el suyo y no piensa en nada más, no se preocupa demasiado porque no sabe que un día será vieja y perderá la agilidad y la fuerza que le sirven para cazar y morirá sola.

Los hombres, como los animales,  han enseñado a sus hijos a buscarse la vida desde que el tiempo es tiempo, pero a diferencia de estos, han organizado a su vez la convivencia futura utilizando diversas fórmulas,  según los tiempos y lugares, pero siempre aplicando la inteligencia que poseen para obtener el amparo necesario en la vejez y la protección en  los tiempos de infortunio.

Hoy nos sirve este relato amable de gatos y lagartijas para reflexionar sobre el rumbo que ha tomado este país, al que sus propios gobernantes han declarado la guerra, traicionando la confianza que les dieron en las urnas, y que no han tenido reparos en pasarse al bando enemigo, sacrificando bienes y derechos de sus paisanos  para saciar la avaricia cruel de unos pocos, que a sí mismos se han hecho llamar Mercados Financieros.

A partir de finales del siglo XIX, según se iba modificando la estructura de la sociedad, se fue creando paso a paso , el sistema de protección social que en este país hemos conocido, con el que se han sentido seguras varias generaciones, las mismas que con su esfuerzo lo han mantenido.

Así ha sido hasta que un torbellino de ambiciones desorbitadas, un vendaval de avaricia y sin razón ha dominado a los gobernantes, que han decidido abolir los derechos sociales conseguidos, sin cortarse en poner al servicio  de los poderes financieros internacionales el dinero, la seguridad y el futuro de la gente, sometiendo a su beneficio, la dignidad y la vida de las personas de este país.

Las consecuencias ya están aquí, prácticamente a dos generaciones de españoles se les está privando del derecho a un trabajo digno, la juventud mejor educada de la historia se ve obligada a emigrar, la ceguera suicida de los gobernantes  no les permite darse cuenta que esos jóvenes que se van , ya no van a volver a un país empobrecido o competitivo, como a ellos les gusta llamarlo, y que con los sueldos que ellos han rebajado para contentar a la patronal, ni se va a poder comprar nada, ni se va a poder mantener los servicios esenciales ni, por supuesto, se va a poder proteger a los ancianos y curar a los  enfermos.

Las maldiciones desahogan,  pero no remedian, relaja  desearles males tremendos, pero desgraciadamente eso no es de utilidad ninguna, esperemos que, por muy aletargada que esté la sociedad, más tarde o más temprano reaccione, pero entonces va a ser tarde, nos  faltará mucha gente buena en este pueblo para salir adelante.

Seguramente, no se nos van a presentar tantas oportunidades de ponerlos en su sitio como las que tenemos en este año electoral; es el momento, votemos en conciencia, pero sin olvidar a donde se nos ha llevado. Y  por nuestros hijos, hermanos, amigos, y  por todos aquellos que han sido condenados a la desesperanza del paro, la emigración y la pobreza, no olvidemos quienes han sido los culpables.



Hoy Góngora tendría que cambiar los términos de su advertencia:

¡Qué se nos van los mozos, España!
¡Qué se nos van los mozos!

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