sábado, 5 de enero de 2013

La Noche de Reyes











LA NOCHE DE REYES

      Tendría la niña cerca de cinco años y todavía era la más pequeña de cuatro hermanos, por poco tiempo, porque unos días después nacería su hermanito pequeño, el mismo que más tarde se convertiría en pintor.

     Aquel año los alumnos del curso Preuniversitario del colegio de Los Escolapios, donde estudiaban los hermanos de la niña, habían ideado un negocio simpático con el fin de obtener dinero para financiar su viaje de estudios: no era otra cosa que una particular cabalgata de reyes que llevaría los juguetes a domicilio a los alumnos pequeños y a sus hermanitos.

     El padre, gran aficionado a este tipo de festejos y funciones para los niños, no dudó en contratar al grupo de muchachos y organizar una emocionante fiesta de Reyes en su casa. Dado lo pintoresco del evento, la casa se llenó de gente, acudiendo tíos solteros, vecinos y todo tipo de amistades, que crearon un ambiente de expectación y algarabía extraordinario, como extraordinario iba a ser el momento: ¡ni más ni menos que los Reyes Magos de Oriente iban a visitar aquella casa e iban a entregar personalmente los juguetes a los niños!

     Y allí estaba la niña escondida detrás de la cortina del pasillo, con la ilusión propia del día, pero esta vez incrementada con un sentimiento de miedo y preocupación por el valor añadido de la presencia de Sus Majestades. No en vano los mayores  se habían encargado de hacer todo tipo de cábalas sobre el daño que iban a hacer los camellos en los muebles de la entrada, o sobre la posibilidad de que no cupieran por la puerta, o incluso, que a alguno de los niños no le vieran y no le dejaran nada por no estarse quieto.

     Simultáneamente se apagaron las luces de la casa y se oyeron grandes ruidos por las escaleras, la niña comprendió que el gran momento había llegado y se enrolló aún más en la protectora cortina, dejando abierto un pliegue por el que, con un solo ojo, vio cómo entraban extraños personajes con ropas brillantes, coronas y turbantes. Incluso le pareció ver algún camello, pero lo que sí llegó a ver claramente fue la carga maravillosa de regalos que traían los pajes.

      Se hizo el silencio entre los mayores que esperaban las reacciones de los niños con interés. Siguiendo el protocolo Gaspar entregó los regalos a un hermano y Baltasar a los otros. Todo estaba saliendo según lo previsto hasta que el rey Melchor se dirigió sonriente a la pequeña con su regalo en la mano. En ese momento, en ese preciso momento, se oyó una voz infantil clara y chillona que, congelando el aire de la noche, dijo: 

      ¡¡¡Mentira, “bustero”, que tú eres Paquito Parera!!!

     Frase que ha perseguido a la niña y al fracasado Melchor el resto de sus vidas.